El mejor final
Miguel García Marbán
El otro me soñó, pero no me soñó rigurosamente
Soñó, ahora lo entiendo,
la imposible fecha en el dólar.
Jorge Luis Borges
ERA UNA NOCHE cualquiera en la ciudad. Las aceras estaban vacías. Algunos coches
iban y venían. Las luces de los escaparates poco a poco se fueron apagando y en la
calle sólo la luz temblorosa de algunas farolas y el neón de algún bar de copas vencían
la oscuridad reinante.
Como todas las noches la gente comenzaba a llegar al SAPMOC a partir de las once.
Era una costumbre que entraba dentro de la monotonía diaria de la ciudad. Hasta esa
hora el bar permanecía vacío y sólo la música de Police, alguna revista de cine y un
whisky con mucho hielo hacían más llevadera la espera de Luis Cortázar.
Tenía la mirada clavada en la pared del fondo y sus ojos recorrían las fotografías
enmarcadas. Allí estaban Humphrey Bogart con su peculiar gabardina, John Ford con
su parche en el ojo, John Wayne con su sombrero en la cabeza y la pistola en la mano.
Desvió la vista al reloj, todavía eran las diez.
Luis Cortázar era un hombre bajo, rechoncho, algo calvo y de unos 45 años. Siempre
le había gustado que le dijeran que se parecía a Edward G. Robinson. Llevaba
sirviendo copas en aquel bar desde los 18 años y siempre había tenido turno de noche,
quizás porque en su juventud pensara que era el mejor turno para poder estudiar. No
había logrado pasar de tercero de Filología Inglesa y nunca supo a ciencia cierta
porqué había elegido esos estudios, tal vez porque soñara que de esa forma hubiera
podido oír a Bogart sin doblar.
El cine era su gran amor. Hacía ya varios años que el jefe le había dejado decorar una
de las paredes de bar con fotografías de sus ídolos de la gran pantalla.
El bar seguía vacío. Con la cabeza apoyada en las manos y los codos en la barra, sus
ilusiones se posaban ahora en la inquietante mirada de Rita Hayworth, cuando oyó que
la puerta de la calle se abría. Rápidamente giró la cabeza y vio cómo dos hombres
entraban y se sentaban junto a la barra.
- ¡Eh, chico!, ponnos dos bourbons. - dijo el hombre que tenía algo de barba. - Mi
amigo y yo tenemos mucha sed.
Luis Cortázar atravesó la barra rápidamente, agarró dos vasos, la botella de Jack
Daniel's y se colocó frente a los dos clientes. Cuando comenzaba a llenar los vasos,
alzó la vista para saludar a los dos hombres. Por poco no tiró la botella sobre los vasos
al darse cuenta que tenía ante sí nada más y nada menos, que a John Houston y a
Humphrey Bogart.
- ¿Te pasa algo, hijo?. - dijo H. Bogart, mientras se llevaba su vaso a la boca.
- No, nada. - respondió Luis intentando que su voz no delatara el nerviosismo
que verdaderamente tenía.
H. Bogart después de preguntarle su nombre le dijo que se sirviera él también una
copa y les acompañara.
- Nos esperan unos meses duros en África. - dijo John Houston.
- Sí, pero espero que valga la pena y la película sea un éxito. - respondió H.
Bogart a la vez que sacaba un paquete de tabaco de su americana y ofrecía a
los otros dos.
Luis no pasaba de su asombro. Tenía delante a su director y actor favoritos, había
leído páginas y páginas sobre ellos. Reconocía la película de la que estaban hablando,
no podía ser otra que la "Reina de África". La había visto más de quince veces. Una
película memorable. Por su cabeza pasó la fecha actual, 1998, y la de la película, 1952,
pero prefirió no pensar en ello, era una locura.
Los tres hombres hablaban de cine. Bogart y Houston discutían sobre algunos detalles
del argumento de la película. Luis intervenía de vez en cuando y ellos aceptaban sus
sugerencias como si de un director de prestigio se tratase. El no sabía cómo, pero
hablaba un inglés fluido. Parecían tres amigos que no se hubiesen visto en mucho
tiempo.
- El problema mayor que tengo es con el final. No sé cómo acabar. - resaltó
Houston en el momento en que cogía la botella de Jack Daniel's y llenaba los
tres vasos. - No me gustaría que los dos protagonistas, Rose y Charlie,
murieran ahogados en el lago. Tiene que ser un final feliz. - sentenció
moviendo la cabeza en un gesto de afirmación.
Entonces, sin saber cómo, Luis Cortázar, con toda naturalidad, comenzó a contar el
final de "La Reina de África", ante el asombro de los otros dos. No perdía detalle,
movimiento de cámara, planos, secuencias, incluso diálogos.
- Es increíble, si no fuera porque todavía no hemos empezado a rodar diría que
has visto la película. - resaltó J. Houston que había cogido una servilleta de
papel y anotaba algunas palabras. - Me imagino que hayas leído la novela de
C.S. Forester, en la que estaba basada la película, y sobre la marcha hayas
ideado ese final.
- Es magnífico. - dijo Bogart mirando a Luis de cuya boca se escapaba una
sonrisa irónica.
Los tres siguieron bebiendo y dialogando hasta largas horas de la noche. Hablaron de
cine y de mujeres. Para Luis "Cayo Largo" y "El Halcón Maltés" eran buenas películas,
pero "La Jungla de Asfalto" estaba por encima de ellas, a pesar de no intervenir en ella
Bogart. Houston era partidario de que la mejor película de Bogart era "El último
refugio", y señaló cómo él había intervenido en el guión junto a W.R. Barnett. En
cambio, Bogart apostaba por "El sueño eterno"; quizás porque en ella trabajara con
Lauren Bacall. Los tres coincidieron que era una mujer de gran calibre.
Cuando los dos cliente decidieron que se tenían que ir, ya era bastante tarde. Mientras
salían, Luis les miró tarareando una melodía. Houston se volvió y le miró con ojos
incrédulos. Desde la calle Bogart le llamó y al pasar por la ventana hicieron un ademán
con el brazo para saludar a Luis. La figura de los dos hombres se perdió en la negrura
de la noche.
Luis Cortázar se sorprendió de que no hubiera entrado nadie en el bar. Una y otra vez
se preguntaba sobre lo que acababa de suceder.
El sonido de la puerta del bar le devolvió a la realidad. Algunos hombres y mujeres se
acercaban a la barra. Todos eran amigos suyos y le saludaron con alguna que otra
broma.
Luis servía lo que le pidieron y estaba a punto de contar a sus amigos su maravilloso
suceso, cuando, por breves segundo, desvió la vista a la esfera del reloj. De nuevo
estuvo a punto de que la botella se le fuera de las manos. Eran sólo las diez y cinco
minutos. No dijo nada. Siguió sirviendo las copas.
Una mujer joven del grupo recogió del suelo un encendedor y lo puso sobre la mesa.
- Luis, ¿es tuyo este encendedor? - dijo la mujer.
- Sí, respondió Luis, que se dio cuenta que era el de Bogart.
- ¿Qué significa The Big Sleep? - Preguntó la mujer que se dio cuenta de la
inscripción.
- Significa "El sueño eterno". - Contestó Luis. - Para mí es la mejor película de
Howard Hawks.
- Tú siempre con las cosas del cine. ¿Y de qué está hecho? - volvió a preguntar
la mujer.
- De la materia de la que se hacen los sueños. - dijo Luis mientras su mirada se
perdía en la oscuridad por la que se habían esfumado sus dos amigos.
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1952. África. En algún lugar de la selva del Congo. El termómetro sobrepasa los 35
grados. En una gran tienda de campaña J. Houston escribía el final de su película "La
Reina de África". Lo tenía claro. Se lo había contado un camarero de no se acordaba
de qué bar, de no sabía de qué calle, en aquel día de borrachera.
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Nota: La frase "de la materia de la que se hacen los sueños" está sacada de la película
"El Halcón Maltés", de J. Houston.
©1998 Asociación Cultural y Literaria Café Compás.