ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Amores de Bares, I Certamen Literario Café Compás

           

Compás de espera. Versión ultratumba

Alejandro Cuevas

 

NO ME HE TRAIDO LAS GAFAS y no se si ese puntito que hay en la ventana es una mosca o una mancha del cristal. Habrá que estar alerta, por si acaso. La cuestión no es baladí: mi echadora de cartas me ha profetizado que una mosca caníbal o una estampida de elefantes acabará con mi vida una tarde de verano. Estamos en junio, y aunque sobre el libro del destino no pueden realizarse tachaduras, me resisto a acatar sumisamente una muerte así y, cuando llegue el día, no se lo pienso poner fácil a la mosca caníbal o la estampida de elefantes. Y hablando de elefantes: Berta se está retrasando más de lo que es su costumbre.

El camarero no deja de darme la tabarra; me cuenta que la sangre le da asco y que eso le crea multitud de problemas en su vida cotidiana. Se supone que escuchar las conversaciones ajenas es parte del trabajo de los camareros (y también su cruz, en algunos casos); pero éste parece que prefiere pasar al ataque. Yo no le corto, porque si escucho sus batallitas cabe la posibilidad de que no me cobre dos absentas que me llevo bebidas. A ver si llega Berta y me puedo marchar de aquí. Mientras el camarero continúa calentándome la cabeza con su perorata, a mí, para evadirme, me da por pensar en el día en que Berta y yo nos conocimos. La vi tan sola en aquel bar, tan desamparada, que me enamoré de ella de manera fulminante. Caí en el amor igual que se cae en un pozo. Berta aceptó ser mi novia. Ya habrás notado, me dijo, que estoy gordísima y que además soy una zombi. Pero yo no había notado ni lo uno ni lo otro porque aquel día también me había olvidado las gafas en casa. Berta me contó que ser zombi le acarreaba multitud de problemas: discriminación laboral, problemas para encontrar un casero que quisiera alquilarle piso, miradas prepotentes en los autobuses públicos y así un largo etcétera. Yo seré tu caballero andante, le dije a Berta un día que estábamos en mi apartamento, mi amor hacia ti será tan grande y tan progresivo como el agujero de la capa de ozono, pero, advertí con severidad, ni se te ocurra cogerme jamás alguno de los libros que hay en la estantería de mi cuarto. Ella asintió con la cabeza, y en ese movimiento de vaivén varios jirones de su piel agusanada se desprendieron de su cara y cayeron sobre la moqueta.

El camarero me ha servido otra absenta, sin que yo ya se lo hubiera pedido. No logro distinguir su cara, porque sin gafas veo fatal de lejos, de cerca y a media distancia, pero sigue hablándome como si me conociera de toda la vida. Berta se está pasando de la raya. No sé que jora es porque sin gafas tampoco llego a distinguir la esfera de mi reloj y paso de preguntarle la hora al camarero, porque entonces igual se iba se iba a pensar que me importa lo que me está contando y entonces ya no habría quien le pueda parar. Me enfrasco nuevamente en mis pensamientos, en mis recuerdos de esta misma mañana, de hace un rato, cuando Berta me ha confesado que había cogido un libro de la estantería y que se lo había dejado olvidado en un bar. Leo en los bares, argumentó, porque como tengo un sólo ojo tardo el doble de tiempo en recorrer las páginas, así que no me queda más remedio que llevar los libros a todas partes para no eternizarme en su lectura. Me puse como un basilisco y le di un puñetazo en la mejilla derecha, con tan mala fortuna que la cabeza de Berta se desprendió de los hombros y salió rodando por el pasillo. Yo, que no soporto el fútbol, le dije que la esperaba en este bar, en el que nunca antes había estado. No hay que preocuparse con Berta, ella se repondrá y volverá a encajarse la cabeza encima de los hombros, vendrá aquí y yo le pediré perdón por mi arrebato. Ella suele desmembrarse con cierta frecuencia (cuando corre para cruzar un semáforo en ámbar, al alcanzar el orgasmo, cuando estornuda fuerte y así un largo etcétera).

El camarero sigue pegando la hebra. Yo sólo tengo oídos para la puerta del bar; me giro cada vez que suenan las bisagras e intento, a pesar de no tener gafas, distinguir si la figura borrosa que acaba de entrar es o no Berta. Ahora acaba de abrirse, la puerta, quiero decir. Entorno mis párpados en un esfuerzo por distinguir la identidad de las dos figuras desencoladas que se dirigen hacia mí. Resultan ser dos zombis, primos de Berta, a los que ella ha telefoneado contándoles lo sucedido. Uno de ellos arenga a la gente que hay en el bar, les hablan de solidaridad, de venganza, de malos tratos. Yo no entiendo nada, hasta que, forzando al máximo mis deficientes globos oculares, me doy cuenta de que estoy en uno de esos bares de ambiente zombi. Quince o veinte zombis de rasgos distorsionados se dirigen hacia mí lentamente, al más puro estilo zombi, como en una película de bajo presupuesto. No puedo ver la expresión de sus caras descompuestas, pero sí escucho el rechinar de sus dientes. Me doy la vuelta para pedir ayuda al camarero, pero él, claro, también es un zombi, aunque la sangre le da asco y por eso se ha dado media vuelta para no ver cómo sus camaradas me devoran. El camarero se lava las manos en ese asunto. Mientras el dolor de las primeras dentelladas llega a mi cerebro extraigo lo que probablemente serán las dos últimas conclusiones de mi vida. Primera: mi echadora de cartas me ha estado estafando todos estos año. Y segunda: hay que tener cuidado con los amores de bar, porque en los bares se conoce gente muy rara. Si lo sabré yo.

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