Luces y estrella
Rosa Carranza García
NO SABÍA MUY BIEN dónde me encontraba ni cuánto tiempo había transcurrido
desde que el resplandeciente coche de empresa me había trasladado hasta ese lugar,
pero tenía la extraña sensación de que aún siendo un espacio desconocido, existía algo
que me acercaba al ambiente, que me hacía sentir como pez en el agua, seguro,
desenvuelto. Sin embargo, aquel techo de cristal dejaba percibir tan de cerca el
contacto con la atmósfera externa, que contribuía a que mi pequeñez se pronunciara
en relación con todo lo que a través de él me estaba rodeando.
Aparté de mí esta idea y abrí el cartapacio que había colocado instantes atrás sobre la
mesa, en realidad, sobre el único mueble que había en la estancia, para comprobar
que dentro se encontraban todos los documentos que constituían el brillante y
pormenorizado proyecto que me había llevado hasta allí y por el que estaba dispuesto
a luchar frente a aquellos desconocidos sujetos.
Fueron unos meses de duro trabajo y de esfuerzos a veces infructuosos, pero el
resultado final mereció la pena y contaba con la total seguridad de que la propuesta
sería inmejorable.
Sujeté con fuerza aquella gruesa carpeta y apoyándola sobre mi costado izquierdo, me
introduje en el estrecho pasillo que comenzaba al fondo de la gran sala octogonal y
que probablemente me conduciría hacia el éxito.
La intensa luz, producida por los rayos de sol al atravesar el vidrio y acentuada por el
choque de éstos contra el pulido mármol que envolvía suelo paredes, fue sustituida por
otra no menos intensa pero sí más vacía de calidez natural. Decenas de luminarias
encendiéndose a mi paso y apagándola segundo después tras mi espalda,
marcándome el camino sin pérdida de aquel recorrido.
Mi paso era firme, ligero lleno de aplomo. Era yo quien establecía un ritmo rápido de
encendidos y apagados y no pude evitar hacer un pequeño guiño al sofisticado sistema
de iluminación, dando un par de pasos hacia atrás. ¿Estarían aquellas minúsculas
bombillas atentas a todos mis movimientos o sería capaz de despistarlas?
Comprobé que, efectivamente, se activaban las de la parte posterior mientras casi
simultáneamente iban perdiendo luz las situadas delante de mí. Tuve que reconocerlo.
Me habían ganado, aunque no descartaba retarlas de nuevo. Al fin y al cabo, aquél
imaginario combate podría aportar un toque de divertimento al interminable paseo.
Repentinamente, recordé que al repasar el contenido de la carpeta, entre la
documentación no se encontraba el plano principal, el que esquematizaba punto por
punto el conjunto del proyecto.
Ese plano es imprescindible, me dije. La exposición perderá rotundidad sin él. No
puede faltar. Pero es imposible, yo mismo lo guardé anoche con el resto de los
documentos.
Achaqué mi despiste a la excitación del momento y decidí dar una corta carrerilla para
comprobar si las luces que brillaban sobre mi cabeza se adecuaban a la nueva
velocidad de mis pasos.
De nuevo la luz se apartó de mí las bombillas dejaron de encenderse
consecutivamente cuando paré en seco. En ese momento, una inmensa sensación de
II Certamen Literario Café Compás [Accésits, año 1999]
desasosiego me empezaba a invadir por dentro. Comprendí que no era mi presencia o
mi ausencia las que hacían que aparecieran o desaparecieran los haces de luz, sino
que precisamente al contrario, era el sistema eléctrico el que controlaba mis
reacciones, el que marcaba un ritmo independiente a mis deseo.
Sentí por un momento que el pasillo se estrechaba, el echo se aproximaba más a mí y
el calor de las incandescentes lamparitas era cada vez más cercano. La temperatura de
mi cuerpo había aumentado pero el sudor que me recorría era frío, helador y el
corazón se dejaba notar en mi pecho con rápidas y constantes palpitaciones. Tenía la
boca seca y por las yemas de los dedos se iniciaba un ligero hormigueo que acabaría
por recorrerme entero.
Traté de avanzar por la moqueta que cubría el pasillo me retenía, siguiendo las
órdenes de las luces que controlan mi vida en ese momento desde una posición
superior. El corredor se hacía poco a poco cada vez más largo. Interminable. Los dedos
acorchados de mi mano izquierda no pudieron seguir sujetando la carpeta, que cayó al
suelo irremediablemente, consiguiendo que los papeles se extendieran de forma
desordenada a mi alrededor. Entre ellos, un poco más alejado, puede ver el plano cuya
ausencia me intranquilizó momentos antes.
Estaba seguro de que lo había puesto aquí.
Recogí todo aquello y lo ordené con cierta facilidad ya que conocía línea por línea cada
escrito, cada esquema, cada fórmula. Quizás el imprevisto y la necesidad de actual con
rapidez me hicieron olvidar que las luces seguían ahí, impertérritas, activándose y
desactivándose en el momento exacto en que debían hacerlo. El caso es que no volví a
reparar en ellas. Fue como si hubieran dejado de existir.
Continué el recorrido y a lo largo de la ya corta distancia que me separaba de la sala
de reuniones sentí que rozaba el objetivo que me había propuesto. Debieron ser horas
las que pasé en aquella sala exponiendo los resultados del esfuerzo realizado en los
meses precedentes pero la frase final del presidente, anterior a la despedida, estampó
una sonrisa en mi rostro que me acompañó durante los pocos segundos que empleé
en esta ocasión para desandar el camino de regreso por el pasillo. Mi única
preocupación era la de distribuir todo el aire que se había instalado en mis pulmones y
que ocupaba todas y cada una de mis venas, produciéndome la sensación de que
estallarían allí mismo, como así lo hicieron, una vez atravesado el umbral de acceso a
la inmensa sala octogonal que había vivido conmigo el transcurso de aquellas horas y
que me regalaba ahora, a través de su cristalino techo, un oscuro manto salpicado de
infinitas y minúsculas lucecitas resplandecientes que me inundaron por fuera y por
dentro como si de lluvia fresca se tratase. Al instante, una de ellas se separó del resto
cayendo vertiginosamente para confirmar que mi proyecto llegarían a su fin.
©1999 Asociación Literaria y Cultural Café Compás