ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Bajo las estrellas, II Certamen literario Café Compás

           

Los ojos de la noche

Begoña Eguía Gutierrez

MIENTRAS TERMINABAN de colocarle la armadura, pensaba en el asalto: sería sencillo; llegarían por sorpresa, y seguramente ni siquiera habría bajas entre los suyos. Se dirigió hacia el patio de armas, donde los hombres estaban preparados, esperándole. La greba en su pierna izquierda producía un característico sonido metálico a su paso renqueante. Era la secuela de una grave lanzada en el muslo, durante las cruzadas. El palafrenero trajo su caballo, se ajustó los guanteletes y montó con agilidad.

Partieron a su señal, atravesando el puente levadizo, fantasmales, entre los jirones de niebla que cubrían la cárcava. El mar se batía furioso contra el acantilado. Al frente, el ancho valle les esperaba.

Elevó la mirada hacia la torre, sabiendo que estaría allí, y admiró una vez más la blancura de su piel que contrastaba con el cielo lívido del amanecer. Excitado por el recuerdo de la noche anterior, espoleó con furia el caballo. Nítidas sensaciones volvían a su mente: la dorada luz del fuego de la chimenea, el sabor del vino, la suavidad de las pieles que cubrían el piso, el olor de su cuerpo de nieve que lo enloquecía, dulce y salvaje a la vez, el sonido del clavicémbalo, aquel artilugio que tanto le había costado traer para complacerla...

No había tenido valor para decirle que rea su propio hermano el traidor, el conspirador que sería despojado del territorio y la vida en aquella campaña.

Cabalgaron durante horas sin detenerse. El sol había alcanzado su cenit cuando llegaron . Apostó la mayor parte de los jinetes en el bosque cercano. La sospecha del cuñado quedaría a salvo si se presentaba en la fortaleza con un reducido grupo de hombres. Entraron sin problemas, dejando atrás el cuerpo ensangrentado del portero, al que la sorpresa no permitió reaccionar. Cuando a la confusión de criados y escuderos sucedió una desorganizada resistencia, los hombres del bosque ya estaban allí. Fue sencillo, tal y como esperaba.

Frente al cuerpo del cuñado muerto, la expresión de su rostro sombrío delataba la violencia de su espíritu; imaginaba el dolor de ella cuando al regreso se viera obligado a presentarle aquel cadáver.

Las voces de los soldados, que ya regaban con vino la victoria, se perdían en ecos a través de corredores y escaleras. Se levantó , buscando algún lugar donde descansar. Salió del castillo, la espesa vegetación se recortaba sobre las últimas luces del ocaso, cubriendo de sombras el paisaje. El silencio, tan sólo interrumpido por el canto de algún ave nocturna se oponía con intensidad al fragor de la batalla que aún resonaba en sus oídos. Se tumbó en un claro, boca arriba, los brazos cruzados detrás de la nuca. Cuando las primeras estrellas comenzaron a despuntar, se durmió...

Las lascas saltaban en todas las direcciones bajo la mano que labraba la roca volcánica con habilidad. Acabó de darle los últimos retoques y la observó con entusiasmo.

Estaba orgulloso de su obra. Gracias a la nueva piedra que había descubierto en el barranco, a dos lunas de camino, rodeando la montaña humeante que escupía fuego, había conseguido el mejor hacha de mano conocido. La simétrica era perfecta, y la variación en el talón, permitía una sujeción firme y más cómoda.

Se encaminó, con un trotecillo desigual, hacia la gran hoguera que resplandecía a orillas del lago. Su pierna muerta, a causa del zarpazo del tigre, le impedía salir a cazar, pero ello le había permitido convertirse en el mejor artesano. La tribu le respetaba casi tanto como al brujo.

Aquélla era una noche de celebración; los hombres habían arrebatado los restos de un mamut lanudo a una manada de hienas. Significaba alimento para varios días.

El animal había sido despedazado en trozos proporcionales y junto a la carne, brillaban a la luz del fuego los grandes huesos amontonados.

Reunió a los hombres y les mostró la nueva herramienta, que fue pasando de mano en mano con gestos de aprobación. Colocó ante sí un hueso, en el que descargó con el hacha un fuerte golpe en sentido longitudinal. éste se abrió limpiamente, mostrando el apreciado tuétano, y una exclamación de euforia salió al unísono de todas las gargantas. Se inclinaron ávidos, para coger alimento con las manos, algunos sorbían directamente la caña.

Saciado y feliz, estuvo mucho tiempo danzando alrededor del fuego con los demás, antes de alejarse, exhausto, para buscar un lugar donde tumbarse a descansar bajo las estrellas.

Se despertó a causa del aliento fétido de la bestia que abría sus fauces por encima de su cabeza. Contempló su cerca, aterrado, aquel carnívoro de seis metros de altura, erguido sobre las patas traseras.

Fue inútil que buscara con insistencia la espada sobre su muslo, inútil que avanzase a gatas, tropezando, desesperado, viéndose indefenso y semidesnudo, sin acertar a descifrar qué había sido del castillo, de los caballos, de sus hombres, inútil que apretara los párpados con fuerza para intentar despertar de aquella pesadilla; seguía allí, divisando confusamente aquellas figuras grotescas que corrían enloquecidas entre el humo de un gran fuego, allí, bajo los colmillos de aquel monstruo incomprensible, bajo las mismas estrellas impávidas que habían velado su sueño...

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