ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Bajo las estrellas, II Certamen literario Café Compás

           

Las visiones de Toña

Jose Ignacio García

A Carlos, mi pequeño lucero.
La noche caía sobre ellos y las estrellas
brillaban en lo alto del cielo
como monedas de oro.
(Gustavo Martín Garzo, "La princesa manca")

— LE DIGO, MADRE, que esta noche he vuelto a ver su fantasma en el pinar —. Porfiaba Toña, mientras ciscaba con el fuelle la lumbre que ardía en el hogar y levantaba una lluvia de morceñas que iban a fundirse, como copos de nieve fúnebre, en el puchero donde hervía mansamente el cocido.

—¡Calla hija, por Dios!— Le ordenó, alarmada, la tía Caela. Qué cosas tienes. Anda, que si te oyera el amo. Pero Toña no hacía caso, y se reía. Se reía con aquella risa suya, tan limpia como el trino del jilguero. Y volvía a porfiar, insistiendo en que había visto otra vez el fantasma de la señorita Virtudes. Parecían no importarle en absoluto las reprimendas de mi tía.

En realidad, a Toña sólo parecían importarle las cosas que a nadie le importaban. Toña conocía a la perfección a las avecillas y los animalitos del campo: cuándo se apareaban, dónde se encamaban o cúando mudaban la pluma; imitaba el canto de la oropéndola y la cucurujada, y sería un reclamo excelente para la perdiz de no ser porque, a pesar de su repulsivo aspecto, era incapaz de hacerle daño a una mosca.

Su aspecto, eso era lo malo de Toña. Aunque ella tampoco se avergonzara de tener un corpachón deforme y grotesco, el rostro amoratado, y unos brazos gruesos y duros como leños, rematados por unas manos recias y nudosas como las raíces de los árboles. Era como si el busto de Toña lo hubiera tallado un imaginero perverso.

Y, en realidad, casi nadie criticaba su fealdad, y todos los la queríamos y la protegíamos cuando algún forastero se metía con ella. Porque, en el fondo, Toña era un poco de todos, y, en cierto modo, éramos nosotros los que dependíamos de ella. Nadie hacía caso de la mayoría de las cosas que decía, absurdas e incongruentes muchas de ellas; pero todos prestábamos atención cuando nos prevenía de los nublados y el pedrisco, cuando anunciaba los cambios de tiempo o cuando avsaba de que había llegado el momento de meterse en vendimias o en mondongos.

Sin duda, Toña estaba en posesión de un don milagroso, que le permitía, además adivinar la preñez de las mujeres e, incluso, anticipar el sexo de lo que venía en camino.

—La señorita Virtudes está esperando—. Nos dijo un día. Y la tía Caela, escandalizada, que se callara, que estaba loca, que qué cosas tenía, que cómo iba a estar encinta, solterina y con lo pura y niña que era, la señorita, la hija de don Casto. Con la llegada del buen tiempo, muchas tardes, cuando el pueblo quedaba entre dos luces, Toña desaparecía misteriosamente y no regresaba hasta el amanecer. En su casa no se preocupaban de sus continuas ausencias, y los demás no osaban seguirla, no fuera a estar emparentada con el demonio. Al fin y al cabo, eran muchos los que pensaban que, aunque les beneficiase, lo suyo debía ser cosa de brujería.

Casi nadie sabía que Toña amaba la soledad y el silencio, que era feliz con la intimidad que le brindaban el hontanar, la alameda y los pinares, mientras desentrañaba con sus ojos de lechuza los misterios ocultos del mundo de las sombras, o se quedaba extansiada e inmóvil durante horas, contemplando esa cúpula del firmamento que era como un océano de estrellas. Luego, cuando los primeros rayos del sol espantaban a los astros y deshilachaban la noche, Toña despertaba de su hechizo y volvía a casa rauda y agigolada tan temblorosa como esos murciélagos que sólo se sienten seguros al amparo de la oscuridad. Fue, bien entrado ya el tiempo de la siega, cuando Toña empezó a tener aquellas extrañas visiones y a decir aquellas tonterías de que la señorita Virtudes no se había ido a la ciudad en aquel cochazo negro y resplandeciente que llegó al pueblo por San Juan, con sus ruedas enormes cubiertas por unos discos tan bruñidos como los escudos medievales, con un chófer tocado con una gran gorra de plato gris marengo y un matrimonio que preguntaba por la casa de don Casto, el alcalde. Maño, el de Greco, les dio razón, y cuando todos nos fuimos a dormir, el coche aún seguía en la plaza, aparcado delante del jardín del don Casto. A la mañana siguiente, se corrió la voz de que la señorita se había ido con unos parientes a la ciudad, para recuperarse de una extraña y repentina enfermedad que requería la atención constante de los médicos del hospital.

Sin embargo, Toña decía que no, que mentían, que ella había visto el coche cuando abandonaba el pueblo y que la señorita Virtudes no iba en él; que se había muerto y su familia ocultaba la noticia, y que su fantasma se paseaba de madrugada por los pinares, dejándose llevar por el viento como un globo hinchado.

Pero nadie daba crédito a sus palabras, y la tía Caela no hacía más que morirse de miedo. Era mucho el poder de don Casto, y temía las posibles represalias del amo si las murmuraciones de Toña llegaban a sus oídos.

—Que sí madre, que le juro que he vuelto a verle—. Aseguraba una y mil veces. Y mi tía, de nuevo, que se callara, y que dejara de andar en la lumbre, que las mozas que juegan con fuego se mean en la cama. Y a Toña acababa por mustiársele la sonrisa, y me buscaba con la mirada implorante, como pidiéndome que saliera en su defensa. Y yo, acoquinada, la rehuía, me parapetaba incómoda en el escaño y volvía la vista hacia el fuego, y me dejaba poseer por el embrujo fascinante de las llamas que se alzaban caprichosas, como si construyeran estatuas efímeras, mientras devoraban con glotonería la paja y las tamujas, y se abrazaban melosas a los cándalos de leña como consuelan y abrazan las novietas a los soldados que están a punto de morir.

Esa noche, cuando hasta los gallos dormían, Toña vino a buscarme.

—Si me acompañas, te enseño un montón de estrellas—. Me prometió mientras mi somnoliente silueta se recortaba entre los barrotes que resguardan mi ventana.

Dudé apenas un instante, pero pronto me dejé vencer por mi curiosidad infantil. Quien sabe, puede ser, que si teníamos suerte, pudiéramos sorprender, incluso, al supuesto espectro de la señorita Virtudes vagando por los pinares. Me despojé rápidamente del camisón, me vestí, y enseguida estábamos corriendo por la eras y los trigales recién segados. Había llovido un poco, olía a tierra mojada, y los caminos se habían llenado de charcos que nos salpicaban al pasar y que eran como lagunas diminutas donde se espejaban las estrellas.

Una luna inacabada, de color sepia como los recuerdos, observaba nuestras correrías mientras intentaba zafarse de esa telaraña que tejían las nubes.

Toña frunció el entrecejo:

—Huyen, tienen envidia de la luna—. Murmuró, señalando con el dedo hacia ese cielo infinito donde, efectivamente, miles de estrellas, chisporroteantes como bengalas, escapaban, dejando a su paso una estela como la de los cohetes que pagaba don Casto el día de la Virgen.

Cuando llegamos a los pinares, las estrellas se habían ocultado definitivamente, como celosas de una belleza superior, y la luna lo bañaba todo con un diluvio de resplandores.

Toña gateó hasta la copa de uno de los pinos más altos con una agilidad entre sorprendente y simiesca, y luego me instó a seguirla. Mientras trepaba por el tronco, me rocé las rodillas con su corteza y no pude ahogar un leve grito de dolor. Toña me hizo un gesto inequívoco con el dedo para que no me quejase. Allí arriba, quietas, parecíamos dos cazadores a la espera del jabalí. Era como si, en la tranquilidad dormida de la noche, romper la pureza del silencio constituyera un grave sacrilegio.

Durante el tiempo, que se me hizo eterno, esperamos en vano. Aquello empezaba a fastidiarme, por culpa de la tormenta había refrescado y tenía frío y, por momentos, me atacaba un sopor que se trataba de ahuyentar, no fuera a caerme del árbol. De repente, Toña se tensó como el cordaje de una ballesta. Me apretó con fuerza por el antebrazo y me señaló la difusa figura que se dirigía hacia el pinar por la vereda del prado.

Inmediatamente, se me vino a la imaginación el fantasma de la señorita Virtudes, y sentí deseos de abrazar a Toña y de pedirle perdón por no haber creído sus palabras. Más, conforme se acercaba, descubrí que aquella doble aparición (pues dos eran las personas que se aproximaban) o eran fantasmas, sino el propio don Casto y Tasio, su hijo mayor, en carne y hueso. Venían callados, pero con prisas. Tasio traía una pala en la mano y un saco a la espalda.

Cuando llegaron cerca del pino desde el que, sin querer, los observávamos, se detuvieron. Don Casto derramó su mirada por todos los lados como si pudiera sospechar que alguien, desde los árboles, estaba observando sus subrepticias maniobras. El señorito Tasio, mientras tanto, empezó a cavar con una fortaleza inusitada, removiendo fácilmente la arena mojada. En mi vida le había visto mover un dedo, y menos con semejante empeño.

De pronto, me asaltó una sospecha estremecedora, que se convirtió en macabra certeza cuando don Casto se santiguó, besó el saco y lo depositó cuidadosamente en el fondo de la pequeña zanja.

Sentí deseos de gritar y de deternerle y de escapar corriendo de allí y de volver al pueblo y de pregonar a los cuatro vientos lo que acababa de ver.

Pero unas cadenas invisibles me inmovilizaron en mi enramado escondrijo. Y allí permanecí, tiritando, hasta el amanecer; junto a Toña, que seguía absorta y petrificada, supongo que tan impresionada como yo. Ni siquiera el suave perfume de la resina y el tomillo servía como linimento que paliara nuestros pesares.

Cuando recobramos las fuerzas y el aliento, volvimos al pueblo, tan tristes y silenciosas como regresaría la señorita Virtudes pocos días después, pleamente recuperada de su enfermedad, pero con una desoladora expresión de vacío en la mirada. Y la tía Caela volvió a respirar tranquila, y les decía a las vecinas que qué cosas tenía la Toña, que, con lo buno que era don Casto, cómo podía haber urdido semejantes insensateces.

Desde entonces, Toña no ha vuelto a ver ningún fantasma vagando por los pinares. Si acaso, en las límpidas noches de luna llena, cuando las estrellas se esconden celosas de su incomparable belleza, dice haber escuchado, desgarrando el silencio de los campo, el llanto soterrado de un niño.

Y yo, evidentemente, la creo.

 

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