ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


III Certamen literario Café Compás

           

Sin título

Fernando Terreiro Pasos

 

BIEN, TODO COMENZO cuando mi relación con ella ya había superado aquella fase, no por conocida menos hermosa, de las complicidades intelectuales, de las identificaciones imaginarias. Era hora de pasar a los hechos, los inevitables hechos. De repente, como un extraordinario fogonazo que se hubiese encendido dentro de nuestros cuerpos, necesitábamos pasar al resbaladizo terreno de los cuerpos, de lo real de nuestras materias. Pero nunca pensé que lo real no estuviese hecho para ser vivido. Si lo hubiese sabido nunca habría dejado de imaginar pero el imaginar sirve para muy poco cuando tu cuerpo te reclama.

Recuerdo esa tarde, una gélida y oscura tarde invierno en que ella, viendo lo encendido de mi pasión, me dijo que era una oveja. Sí, sí, una oveja. Yo ya había notado un indefinible arrastrar de la "e", al que no había concedido mayor importancia y que atribuía a su origen vagamente centroeuropeo. También me había dado cuenta de que cuando mis manos se perdían por su hermoso y abundante cabello, éste proporcionaba un generoso calor que era desconocido hasta entonces para mí en otras mujeres, pero eran pocas mujeres a las que yo había acariciado el cabello. Sin embargo, su mirada desmesurada y un tanto, podríamos decir, extraviada siempre me había llenado de admiración.

Es verdad; intenté vencer todos mis escrúpulos, pero era imposible. El amor puede salvar todas la barreras del género y del número, pensaba con inocencia, pero nunca podrá salvar las barreras de la especie. Sin embargo, ella que se conocía bien me dijo que esperase.

Y esperé. Y descubrí maravillado que su cuerpo era una caja de sorpresas donde no había fondo alguno donde poder anclarse. Tras varias semanas que mi madre aprovechó para hacerme un hermoso jersey y en las que me sentía pastor de un rebaño invisible de desasosiegos, ella me sorprendió de nuevo. Me dijo que era una silla.

¡Dios santo! Los fríos y aburridos días de trashumancia habían terminado, y de animal ella había pasado a ser objeto. Pero ¿podía una silla llegar a ser objeto de deseo? Mi cerebro, por segunda vez, tuvo que someterse a una revolución que pudiese dar un significado a la eterna cuestión del ser; sobre todo cuando su significante era una sencilla y humilde silla con respaldo, de las que tanto aprecian en los cafés. Mi pensamiento no pudo encontrar la teoría necesaria. Nunca pude averiguar cuál podía ser la forma exacta y precisa en la que poseer, en el más tremendo sentido de la palabra posesión, ese pequeño y cotidiano mueble. Entre maravillado y temeroso la cogía y la observaba por todos los lados, la daba la vuelta y lo único que encontraba en el reverso del asiento era una sorprendente inscripción que decía "Made in Tzcecoslovakia". Era una situación tan irreal como el país del que provenía. Y, efectivamente, ella, de repente, pasó a dominar perfectamente el alemán y otro indescifrable idioma que supuse que sería el checo o el eslovaco. ¿Quién podría saberlo?

Recuerdo de aquel tiempo cuando paseábamos por la calle, acompañados siempre del tremendo estrépito de sus cuatro patas arrastrándose por la acera, mientras todas las miradas se volvían hacia mí con un cierto aire de censura, hasta el punto de que decidí llevarla siempre en mis brazos. Toda aquella situación, un tanto pesada y enojosa, me llevó a tomar la decisión de instalarla en mi cuarto. Fue esa una decisión sobre la que mucho tuve que reflexionar y en la que siempre tuve la total oposición de mis padres que opinaban que no hacía juego con el resto del mobiliario de mi habitación. Yo ni siquiera era consciente de que éste era el más extraño de los amancebamientos. Reconozco que aunque mis pulsiones nunca fueron satisfechas, esta etapa se convirtió en una de las más tranquilas y la vez fructíferas de mi vida. Me pasaba todo el día allí, sentado cómodamente, dedicando todo el día al estudio, a la escritura, a la filosofía que trata del otro y del objeto. De aquellos días viene la afición que ahora fructifica en estas líneas desesperadas.

Ella insistía en que debía seguir esperando, en que mi hora llegaría. Yo confiaba en ella. ¿Quién no iba a confiar en tal maravilla, cuando la situación se había tornado tan cómoda de sobrellevar?

Esperé, y al cabo de varias semanas encontré al volver a mi cuarto una hermosa y delicada mata de jazmín que llenaba toda la habitación con su fragancia. Era ella. Si, es verdad, podía olerla, acariciar con cuidado sus delicadas flores blancas, pero debéis entender que yo quería más, quería conocer sus entrañas de mujer si es que alguna vez alcanzaba ese estado, quería un goce más extremo que el que todo este juego floral me proporcionaba. Porque yo seguía amándola, pero puedo jurar que es muy duro querer a una mata de jazmín. Sólo podía agarrarme a la demostración de amor que suponía el despliegue de belleza que hacía para mis sentidos. Pero, señores, yo tengo el alma de un poeta pero el cuerpo de un hombre. La planté en un jardín cercano, y la visitaba todos los días, lleno de deseo ante lo que ya intuía su inminente transformación.

Pasé meses así, contemplando sus distintas mutaciones (qué palabra más horrible, debería haber empleado metamorfosis que era como ella llamaba a estos cambio radicales), pero ninguna de ellas se correspondía con la figura de mujer que yo deseaba ver en ese ser al que amaba. Hubo algunas materializaciones sobresalientes, recuerdo, por ejemplo, que cuando fue ordenador mejoró mucho nuestra comunicación. Pero comprobé que la comprensión absoluta de los mensajes y las órdenes nada tienen que ver, en absoluto, con el deseo, y que cuanto más se comprende menos se ama.. En otra ocasión se transformó en espejo y ello me hizo replantearme seriamente toda la idea que tenía del amor, pues fueron, con toda seguridad los días que más enamorado estuve de ella, pero a la vez cuando más lejos estuve de cualquier forma de poder poseerla.

Mientras, ella me seguía demandando una espera que yo ya empezaba a creer inútil. Controlaba de tal modo su propio cuero, que se adaptaba con toda facilidad a cualquier cambio, sin dolores, ni molestias, y hasta podía adivinar cuáles iban a ser sus próximas materializaciones.

Eso fue precisamente lo que nos perdió. El día que me dijo que lo próximo en que se transformaría sería en un insecto, y yo la imaginé convertida en escarabajo, o aún peor, en una cucaracha ya no pude soportar más. Pues esos seres me repugnan de manera especial. Sé que quizás sea una cuestión cultural, incluso conozco gente que siente un cierto cariño por los ortópteros, pero yo no puedo, no puedo, no puedo. Y como no puedo la abandoné, le dije con las peores palabras que conozco para ello, que lo nuestro había acabado, sin saber ni por asomo qué podía ser exactamente "lo nuestro". Desde entonces no he querido volver a verla.

Quizás, aunque siempre guardaba un intraducible parecido a sí misma, la he visto transformada en cualquier otra cosa y no la he reconocido, quizás fue después de mi abandono cuando pasó por su fase de mujer y perdía, por tanto, mi oportunidad para siempre y tendré que soportar la vida con la ya irresoluble pregunta de cómo era, y sobre todo con la dolorosa ignorancia sobre su belleza, sobre su juventud. Quizás es aquella sonrosada mirada que me observa desde la mesa situada al otro lado del bar, pero también podría ser el vaso del que estoy bebiendo o el hielo que se va deshaciendo con la lentitud que le marca mi mano caliente. Recuerdo que me dijo que si alguna vez se transformaba en hombre sería en un escritor y así podría relatar, sobre lo que pasaba en su cuerpo, sería un relato fabricado desde la sorpresa que resulta de su propia incomprensión, desde la locura de no saberse. Si lo ha hecho ese terrible relato estará escrito en el idioma que mejor domina: el alemán, por supuesto. Si lo llegáis a leer, sabed que yo estuve enamorado de ella.

¿Ella?

 

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