ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Ensueños, IV Certamen literario Café Compás

           

Los ojos de Julia

Javier García García

 

AQUELLA RESULTÓ ser una tarde extraña. Era el primer días de las cortas vacaciones de Semana Santa, pero estaba decidido a tomarme tranquilamente ese paréntesis en mi apretada vida de estudiante, antes de volver al instituto. Salí de casa con esa vitalidad que inyecta el comienzo de la primavera, pero poco después de salir del portal me di cuenta de que en la calle había una calma anormal, como una bruma invisible y empecé a preocuparme. El sol brillaba de forma agradable esa tarde pero no había nadie paseando por las calles, ni siquiera el ruido de un coche se atrevía a romper ese pesado silencio.

Caminaba junto a la tapia del colegio, mirando a mi alrededor con la esperanza de encontrar algo que algo o alguien interrumpiera esa agobiante quietud, cuando me percaté que la parte final de la tapia, donde se junta con el edificio de las clases, estaba derrumbada. Me quedé mirando absorto los cascotes en la acera buscando alguna explicación por la que cuatro metros de tapia se hubieran desmoronado. Algo me hizo levantar la vista. Tras la esquina de la calle surgió un toro bravo. Pensé que no era un buen comienzo para mis tranquilas vacaciones. El toro me miró fijamente y empezó a caminar lentamente hacia mí, con la intención de no dejarme acabar el segundo curso de BUP. Intenté subir por la parte medio derruida de la tapia, pero mis piernas se habían petrificado, tenía la sensación de que estaban hechas de ladrillo y cemento, incluso estaban a punto de derrumbarse igual que la tapia. Y el toro seguía acercándose, lentamente, saboreando el momento, consciente de que yo no me movería. De pronto, una sombra surgida de mi espalda me agarró por el brazo y me ayudó a subir por la tapia en ruinas. Evidentemente mis piernas funcionaron perfectamente, simplemente estaba agarrotado por el miedo. La sombra salvadora resultó ser una mujer: -¡No te muevas! -gritó- mientras corrió cruzándose delante de un toro que estaba sorprendido como yo, pero que reaccionó inmediatamente saliendo enfurecido detrás de mi salvadora. Los dos se perdieron por la esquina.

Yo empecé a recobrar la serenidad: -esto no es normal -me dije- mientras la idea, cada vez más razonable, de que esto era un sueño se fraguaba en mi mente. Tras unos minutos la mujer apareció nuevamente, sin toro. No había podido darme cuenta antes, pero mientras se acercaba me fijé en su atractiva figura. Enfundada en un pantalón negro y una camiseta azul marino, calculé que no tendría más de 30 años. Cuando llegó hasta la tapia me tendió la mano para ayudarme a bajar. Ya en el suelo comprobé que era ligeramente más alta que yo. Cuando observé su rostro, me pareció algo mayor, quizá por las arrugas que comenzaban a afianzarse en su rostro, pero también por los rasgos duros de sus facciones. Pero lo que más me llamó la atención fue su mirada. Sus ojos negros me exploraban con profundidad. Me dio la sensación de que podía leer en mi interior cosas que ni yo mismo conocía. Mientras me observaba el alma, exclamó con una sonrisa: -Me llamo Julia, vamos a tomar algo para que se nos pase el susto. Nos fuimos a un bar cercano y por el camino, casi sin darme cuenta, la calle recobró su actividad cotidiana, coches y personas circulaban con normalidad; nadie parecía haberse dado cuenta de que un toro bravo andaba suelto y de que la tapia de un colegio se había caído.

Al entrar en el bar, entre el humo del tabaco, distinguí a un hombre tomando café en una pequeña mesa, junto a la ventana. Vestía una chaqueta de lana gris, casi del mismo color que su pelo. Nos miró detenidamente. Julia no se dio cuenta, pero el hombre sonrió complaciente al verla. A mí también me miró, fue sólo un instante, pero había algo que me resultaba conocido en él. Continué caminando detrás de Julia y mientras dirigía una última mirada al hombre del pelo gris tratando de saber qué era lo que me resultaba tan familiar, me pareció ver cómo unas pequeñas lágrimas se escapaban de sus ojos. Julia y yo nos sentamos junto a una pequeña mesa al fondo del local, alejada del humo y del bullicio. Estuvimos charlando como dos viejos amigos, a pesar de que acabábamos de conocernos. Me contó cosas de su vida, de su infancia, de sus padres. Eran de este barrio, su madre era maestra y su padre disfrutaba de la jubilación desde hacía unos meses: -Mi padre, me contó en tono casi confidencial, es un hombre encantador, aunque a veces un poco raro; dice que conoce ciertas cosas sobre el futuro; a pesar de que lo dice muy serio, siempre terminamos riéndonos. Julia había estado fuera de la ciudad durante varios años; acababa de volver e iba a visitar a sus padres cuando me encontró. Me sentí incómodo al pensar que estaba retrasando en reencuentro con su familia por mi culpa, pero deseaba conocer más detalles sobre esa fascinante mujer y ella también parecía disfrutar de la conversación lo que hizo que nuestra charla se alargara varias horas. Realmente no sé cuanto tiempo estuvimos allí, pero cuando nos marchamos ya era de noche. En la calle, Julia se despidió con una sonrisa y un "ya nos veremos". Yo me quedé allí, reflexionando sobre todo lo que me había ocurrido esa tarde, pero sobre todo pensando en esa mujer que estaba desapareciendo tras la luz de las farolas.

Al día siguiente comprendí, como suele ocurrir a las personas normales que viven experiencias sorprendentes, que todo había sido un sueño. no había rastro del toro, la tapia del colegio estaba en su sitio y por supuesto Julia había desaparecido. A pesar de que en principio me resistí a aceptar la realidad, ese sueño se fue durmiendo lentamente, sin que notara que poco a poco se iba ocultando en el fondo de mi memoria, como aletargado por el largo invierno, esperando la primavera propicia para despertar. Pasaron los años y la evocación de esa mujer se fue desvaneciendo. Incluso llegué a olvidarme de sus facciones. Sólo recordaba sus ojos. Esa mirada intensa que parecía tener la capacidad de ver dentro de mí.

Quince años después volví a ver esos ojos, pero esta vez no era un sueño. Fue en la clínica donde había llevado a mi mujer cuando comenzaron los primeros síntomas del parto. Una hora después de dejar a la futura madre en la sala de partos, una enfermera me dijo que todo se había desarrollado con normalidad y que podía conocer a mi hija. Entré en la habitación con la expectación y la sonrisa tontorrona que ponemos todos los padres primerizos. Allí, entre un pequeño grupo de batas blancas, estaba mi esposa sonriendo. Cuando me acercaba, una mirada que creía olvidada se clavó en mis ojos. Después de muchos años, los recuerdos de aquel extraño sueño me despertaron salvajemente, como queriendo ocupar un lugar privilegiado en mi cerebro. Me quedé inmóvil, eran sus ojos negros, no había duda, pero quien me miraba era mi hija recién nacida. En la lejanía oí la voz de mi mujer "te has quedado abobado, ¿no vas a cogerla?". Mientras levantaba a mi hija, me dirigió una sonrisa cómplice. En ese momento decidí cambiar el nombre previsto para mi pequeña, sólo podía llamarse Julia.

Durante un tiempo intenté en vano discernir entre el sueño y la realidad, buscando alguna explicación lógica a lo que me habían acontecido. Todos los planteamientos racionales que se me ocurrían, quedaban desarbolados cuando mi pequeña me dirigía una de sus penetrantes miradas. Pasaron los años y me fui acostumbrando a ver transcurrir la vida con algunos de los detalles que una mujer con los mismos ojos que Julia, me adelantó charlando en un bar cuando yo era un adolescente, en lo que se suponía, era un sueño.

Todavía hoy, treinta y cuatro años después del nacimiento de mi hija, mientras hago un repaso de mi existencia, tengo dudas sobre la realidad o no de mi vida, y no me extrañaría despertarme y que todo hubiera sido un sueño. En cualquier caso ha merecido la pena. No sé si será por la emoción de los recuerdos o por el humo dl tabaco, pero no he podido evitar que unas lágrimas se deslicen por mis mejillas cuando Julia ha entrado en el bar, acompañada de un muchacho asustado.

©2001 Asociación Literaria y Cultural Café Compás

 

Patrocinadores:





 

Colaboradores:










©2004-2014 Asociación Literaria y cultural CaféCompás   (NIF: G47507181 . Nº de Orden en el Registro de Asociaciones: 0003305, Sección Primera)

diseño estudiogotti.com