Los juguetes de Aseret
Miguel Angel Galguera Fernández
TAL VEZ FUERA UN ATARDECER a finales de verano cuando la niña, abismada
en sus pensamientos juega apaciblemente con sus cacharritos, la cocinita que le han
traído los Reyes Magos aquel año. Está frente a su casa, al lado de la vieja
Castañarona, sin molestar, casi no se nota su presencia. Colma de arena, húmeda de
la llovizna del día anterior, los pequeños moldes, las diminutas cacerolas, simulando
tortillas para los siete enanitos. Distribuye ordenadamente los platos en la minúscula
mesa y sirve a los inexistentes invitados. No falta ningún detalle: ollas, sartenes,
platos, cucharas y hasta una cocina como las de verdad. Más pequeñas y de mentira,
pero tan reales como aquellas que miden unos centímetros más, y en las cuáles su
madre, en ese mismo instante, está guisando la cena de toda la familia.
Están en su punto, aprueban los invitados, muy jugosas, bien de aceite, es un
placer cenar en esta casa, gracias, señora. La niña se esponja de satisfacción por el
cumplido y no responde porque no habla. En cambio, asiente con la cabeza y sus
pupilas brillan ilusionadas. Da dos cachetes cariñosos a un hipotético Juanito que no se
está quieto ni para comer. Parece que tiene hormiguillo este hijo mío, piensa.
La niña juega y sueña, embebida y sosegada, silenciosa y solitaria, qué soledad más
dichosa. Siempre tan callada y sumisa. Un modelo de niña, suelen decir las visitas. Los
juguetes son toda su felicidad. Nada más necesita en el mundo. Tan tranquila y
abstraída se halla, que como toda persona feliz, cree entablar diálogos imaginarios e
imposibles. Gesticula sin ruido ni sobresaltos. Designa, en su ensoñación, las tareas a
las demás mujeres de la casa. Pone orden y coloca a los niños el babero, en especial a
Juanito que tiene tendencia a mancharse la ropa. El niño, bien mandado, dice, no me
mancharé, mamá. Cuánto trabajo da el mantener limpia una cocina como ésta. La niña
se afana en su labor. ¿Cuándo podrá descansar un rato y sentarse a la mesa con los
demás?
Distraída con los sueños, no siente pasar las horas. El atardecer va declinando en el
momento que su madre la llama y le pide que la acompañe a la tienda del pueblo.
Obediente, recoge sus cacerolas y las cobija bajo la vieja Castañarona, como quien
dice a dos paso del portal de su casa. Con la mirada indica a los invitados y a su
numerosa familia que no se muevan, que vuelve enseguida, sólo va a hacer unos
encargos.
Acompañar a su madre a la compra es como la prolongación de sus juegos
infantiles. El padre les dice adiós desde el portal. Contenta, la niña marcha cogida de la
mano que la protege de los peligros existentes en el camino: los perros mordedores de
Telesforo, los charcos en los que, si te descuidas, te metes hasta las rodillas, el indiano
que pega con su cachaba a los niños, los niños que dan tirones de pelo a las niñas
pequeñas. En fin, lo normal de cualquier aldea. Pero, aferrada a su madre, se siente
segura. Si se detiene a hablar con alguna vecina, ella se esconde entre las faldas
maternas, avergonzada y prudente. Mientras su madre se encarga de los asuntos
cotidianos, la niña observa desde abajo el mundo de las persona mayores. Qué bien
educada está la niña, dice la tendera y le da un dulce. La madre lo admite con orgullo,
da las gracias y añade que ya está aprendiendo a leer y escribir. Al salir de la tienda
tropiezan al tío Quico Carreño que las saluda obsequioso. Siguen haciendo los recados,
cambian de barrio, van a visitar a los abuelo, tan viejecitos. Tardan dos horas en
regresar, la tarde ha mudado en noche, la luna se deja ver encima de los montes de
Moreda y la niña no protesta por el retraso.
Alegre y deseosa de seguir con sus juegos, se acerca al lugar donde la espera su
diversión preferida, aquella que no necesita de más niños y niñas, como la comba o el
escondite: la cocinita, con todos sus elementos, que le han traído los Reyes Magos
ahora que ya tiene seis años.
Donde deben estar recogidos sus cacharritos, en el suelo, cerca de la vieja
Castañarona, sólo hay arena pisoteada y huellas de una sombra culpable y furtiva.
Alguien se ha llevado todos sus juguetes, toda su fantasía, los regalos de los Reyes
Magos de aquel año de la niña que nunca molesta. Se diría que han desaparecido
como por ensalmo. Dirige una mirada de súplica hacia su madre. Quiere gritar pero no
lo consigue. La madre nada puede hacer por ella, tan sólo mesarse los cabellos y
llamar al padre, que ya acude con los puños apretados y la mirada puesta en el cielo.
Entre las hojas del castaño trina inquieto un mirlo que ha sido testigo presencial. A la
niña le ha sustraído la frágil parcela de ilusión que poseía. Ante aquel expolio tan
injusto como inexplicable, de los ojos de Aseret, la niña muda de San Roque, resbalan
dos lágrimas paralelas que se detienen al llegar la comisura de los labios y allí se
quedan, desconsoladas.
©2001 Asociación Literaria y Cultural Café Compás