ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Ensueños, IV Certamen literario Café Compás

           

Shinjuku

Eva Alvarez de Eulate González

 

TODO LE PARECIA LEJANO, irreal, casi no vivido. La única verdad en aquel momento era lo que en otro tiempo, casi toda su vida, le había parecido imposible. Ahora estaba allí, en la oscuridad de la habitación de hotel, tan lejos de todo. No podía creerlo.

Con toda la tranquilidad que le había sido negada en los meses anteriores, pensaba en los últimos acontecimientos. Se volvió hacia la radio para aumentar el volumen de la música que estaba sonando. No podía adivinar exactamente si eran valses de Strauss. Hubiera preferido escuchar otra música en ese momento, pero como la disyuntiva eran las noticias de la radio o los programas de la televisión se convención de que los valses eran idóneos para su estado de ánimo y dejó vagar su imaginación al ritmo de los compases de la cuerda.

Recordaba su agitación para la preparación del viaje, las compras, el papeleo, el diccionario de inglés que metió en el último momento en su equipaje de mano, la cena y el desayuno con su hermana en un Madrid extrañamente lluvioso. El trayecto en taxi hasta el aeropuerto y de manera algo borrosa las doce horas de viaje Madrid-París-Tokio. Podía imaginar perfectamente la sonrisa de las azafatas de Japan Airlines, su solicitud, la agradable sensación de las toallitas húmedas, calientes, después del despegue antes de cada comida y el sabor del reconfortante té verde. Recordaba la manera tan femenina de ellas de sentarse frente a él, recogiendo los dos lados de su falda suavemente bajo sus muslos al tiempo que volvían a sonreir colocando sus piernas mientras le miraban en los momentos de turbulencias durante el viaje. ¿Qué pensarían de ellas los otros hombres? ¿Cómo las verían ellos? Quizás fantaseaban imaginándolas geishas a su servicio, deleitándoles durante el trayecto con una compañía mucho más cercana. En todo caso lo disimulaban.

La mayoría de los viajeros eran de rasgos orientales. Se habían descalzado al llegar al avión. Todos tenían zapatillas distintas, menos los viajeros de primera clase que llevaban zapatillas ofrecidas por la compañía... Pero todo aquello era irrelevante. Ningún rostro le sedujo especialmente, ninguno que igualara la serena mirada de Nico, la suavidad de las líneas de su cara o el tono satinado de su piel.

Nico. No podía dejar de pensar en él. Había pasado por su vida con el silencio de las cosas verdaderas. Había podido sentir su cercanía desde el momento en que le conoció, en una de esas noches locas de la vida nocturna madrileña, cuando uno empieza cenando en un restaurante exótico y luego sigue tomando copas en los locales de moda o en los que estuvieron de moda hace años y que forman parte de uno mismo, tanto o más que su propia familia más cercana. Así recordaba el tiempo que había pasado en los cafés y en los bares de copas, escribiendo sus pensamientos, organizando su trabajo y sus proyectos, solo o charlando con Nico, tantas horas juntos imaginando el viaje a Japón...

Una ráfaga de viento le hizo volver a su habitación de hotel. Había descansado un buen rato tumbado en la cama. Miró el reloj Eran las once y cinco de la noche. COn el aturdimiento del "jet lag" pensó: "ocho hora menos... en Madrid son las tres". Había tomado un baño y llevaba largo rato tumbado en la cama. No podía olvidarse del dolr de espalda que le martirizaba desde el día anterior. Penso que un masaje shiatsu no le vendría mal. Dos mil quinientos yens era un poco caro. Daba igual. Llamó a recepción y a los cinco minutos oyó como llamaban a su puerta. Era una mujer japonesa, de estatura menuda y mediana edad, con una bolsita de tela y una pequeña toalla en la mano. Con una sonrisa le saludó y pasó a su exigua habitación de hotel de Tokyo. "Good evening" pudo él apenas decir. Ella le habló en japonés mientras le hacía señas para que se tumbase de lado.

Mientras sentía en su puel los dedos suaves y enérgicos de ella, pensaba en realidad. Aquel viaje lo había soñado desde que tenía unos seis años. Recordaba las tardes de verano hojeando los ejemplares de "National Geographic" que recibía su padre en casa. Recordaba como él y su hermana miraba ávidos de mundos lejanos y exotismo las fotos de la revista y los anuncios de "Cadillac" en los que siempre salía una chica americana de pelo corto y falda hinchada sonriendo, invitando a la aventura del viaje. Recordaba perfectamente en su memoria visual alguna foto de especial significado para él: la isla Miyajima, las geishas, tan misteriosas; la dulce expresión de las mujeres durante la ceremonia del té, el contraste de los colores de sus kimonos con la meutra suavidad del tatami... Ahora estaba allí, como en un sueño. La mujer continuaba su trabajo con movimientos suaves y firmes. Lástima que estuviera vestida a la manera occidental. Ahora le hacía señas para ponerse del oro lado. Él obedeció, dejándose llevar por ella. Cerró los ojos, entregándose al placer del abandono... Casi no podía distinguir entre realidad y ficción, pues ahora era real lo que durante tanto tiempo le había parecido un viaje de ensueño. Pensaba que cuando son así las cosas, todo cobra una dimensión distinta. Y volvió a pensar en Nico. Por un momento se imaginó que era Nico quien con sus manos suaves liberaba su espalda. Y se dejó llevar por aquella sensación de lasitud. Otra vez el abandono...

Miró el reloj. Le parecía imposible. Había pasado sólo una hora y media desde que la mujer había llegado y le parecía una eternidad. Un desfile de imágenes y sensaciones había pasado por su cabeza: pasado, presente y futuro al mismo tiempo. Los cafés de Madrid, la representación de kabuki, a la que asistiría al día siguiente, la masajista de shiatsu que le sonreía después de guardar en su bolsita lo acordado, la llegada al hotel, el trayecto que había realizado con su grupo de viaje desde el aeropuerto de Narita hasta el centro de Tokyo, la conferencia que tendría lugar pocas horas más tarde, la ciudad de Kyoto, Hiroshima, los desastres de la guerra... imágenes todas ellas que afluían sin cesar. No podía evitarlo. Todo era distinto. Tenía el convencimiento de que algo transcendental estaba en el aire. Hasta ahora se había guardado tantas y tantas palabras, tantas y tantas frases que no se había atrevido a pronunciar... Siempre vencido por su propia timidez. Después del masaje y unos momentos de descanso sintió la necesidad de salir a la calle a dar un paseo.

Casi la una de la mañana. Era realmente extraño salir del hotel, sentir el viento en la cara y ver en la calle el bullicio de Madrid en el barrio de Shinjuku. Comenzó a caminar hacia el edificio Times Square de los grandes almacenes Mitsukayama, cerca de la estación de Shinjuku, donde había visto por la tarde gran cantidad de cafés y algún local nocturno. El frescor del viento y la espectacular iluminación de la capital le daban una sensación de libertad que no recordaba haber experimentado nunca. Encendió un cigarro y aspiró la primera bocanada como si le llenase de vida. Se cruzaba con parejas de jóvenes que reían. Ellos llevaban trajes oscuros con corbatas, ellas faldas cortas, zapatos de tacón y bolsos de mano La mayoría de los jóvenes llevaban el cabello teñido de color caoba. Reían, se les veía felices. Nada que ver con el hormiguero que había oído decir que era Tokyo. Para él era una ciudad viva y chispeante. Atravesó varias calles. Pasó delante del Mac Donald's. No podía dejar de sentir una atracción especial por todos los letreros, los anuncios en caligrafía japonesa que no podía entender. Se insertaban así, sin significado, en el decorado que se le antojaba la calle con la gente. Grandes pantallas de televisión dejaban ver video clips de cantantes japoneses y de los Beatles. La luz era lo que más le impresionaba, pero también los gestos de los jóvenes.

Mientras caminaba quería guardar todas aquellas imágenes en su memoria, con un esfuerzo enorme. Pensaba si sería inútil aquel esfuerzo y luego todo desaparecería. La carroza se convertiría en calabaza como en el cuento de Cenicienta, y no le quedaría ni siquiera un zapato de cristal. Ah, si, el kimono que pensaba comprar en Kyoto para hacer una aparición espectacularmente divertida en una próxima cena con sus amigos después de un concierto estupendo que ya estaba programado. Decidió comprarlo como prueba fehaciente de realidad, pero no decidió el color. Lo decidiría en su momeno, ahora no era importante. Ahora lo real, era la calle, la gente, el barrio de Shinjuku. Decidió entrar en uno de los locales llenos de jóvenes. Veía sus cabezas desde el exterior. Había dos chicos juntos, uno con rastas, sonriendo. Entró. Pasó hasta el fondo del local y se sentó en una mesa. Pidió un sake caliente. Se lo sirvieron con unos aperitivos salados. Sacó su cuaderno de viaje. Encendió un cigarro, después de saborear el primer sorbo de sake y empezó a escribir: "Todo fue muy rápido El éxito de la novela de Nico, su traducción al inglés para un editor americano y luego la productora americana que le pidió un guión para una película. Nico viajó a los Estados Unidos. No pude decirle nada. Cuando estaba con él siempre me quedaba mudo para expresarle mis verdaderos sentimientos. Sólo nos vimos algunos días antes del viaje..."

Dejó el bolígrafo al lado del papel mientras pensaba: "No sé quién soy, no sé dónde voy. Casi no sé cómo me llamo. ¿Estoy dormido o despierto? No sé en qué momento de mi vida estoy". Otro sorbo de sake. Miró hacia la izquierda como sintiendo una extraña presencia. Se puso a imaginar... Alguien le puso suavemente la mano en el hombre derecho: "Hello! What are you doing?..." Nico estaba allí, de pie, junto a él, en un café del barrio de Shinjuku con una guía de Tokyo en sus manos. No podía creerlo. Hizo un gesto de asombro. Iba a empezar a hablar cuando sintió los dedos de Nico sobre sus labios.

 

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