ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Dos Butacas, V Certamen literario Café Compás

           

En el Hotel del Teatro

Arturo González Escribano

 

HE LLEGADO ESTA MAÑANA a la ciudad. Me gusta llegar pronto y dejar la bolsa de viaje en la taquilla de la estación. Entonces me siento libre para pasear por las calles, ver cómo se van llenado de gente y van cobrando vida. Cómo va tomando forma la ciudad y adquiriendo ese carácter único que le dan sus personajes. He estado deambulando de aquí para allá hasta bien pasado el mediodía. Es enero, hace frío. Me gusta seguir sin prisas la constante nubecilla de vapor que se escapa de mis labios. Me guía sin rumbo fijo hasta entrar en los escondidos rincones de la ciudad. El río lleno, casi desbordado, me ha retenido a su lado durante bastante tiempo. Sus leves rizos de niebla irguiéndose en un movimiento pausado que acaricia la vista, que ayuda la lobreguez debajo de sus puentes a formar un misterio que se extiende por todo mi alrededor. Las ciudades tienen vida propia. Las que tienen tíos como éste son especialmente crueles. Siempre como tarde. En cafés pequeños y a veces abarrotados, para rodearme del clamor de la gente. Sus ruidos, sus voces, el tintineo de las cucharillas en las tazas, su manera de golpear las mesas cuando pierden el juego con las cartas y el fragor del aguardiente cuando quema suavemente las gargantas. Me gusta impregnarme del olor a tabaco hasta que casi me da asco.

Luego salgo otra vez al fresco y después de recoger la bolsa busco mi hotel. Esta vez he tenido que preguntar un par de veces. No es fácil encontrar la puerta porque, como en todos los hoteles de mis sueños, ésta se esconde en una calle estrecha, inesperada y nada transitada. El "Hotel del Teatro". Entro repitiendo para mis adentros las palabras. Siempre reservo los hoteles con antelación y los escojo por su situación, no por sus comodidades. Las anchas escaleras me llevan directamente al segundo piso rozando paredes forradas de una imitación de terciopelo verde. La recepción es pequeña y sencilla. La campanilla, de sonido apagado, termina el murmullo de una conversación al final de un pasillo y convoca unas pisadas ligeras. Mientras espero me fijo en las mesas y sillas de la sala. Curvas suaves de hierro pintadas de blanco que imitan el lejano eco de art-decó que aún respira el edificio. El recepcionista es un joven de rostro animado, con perilla y jersey de lana que aleja la opresión de tranquilidad y antiguo reposo. Tras unos instantes en los que intentó utilizar su idioma renuncio y descubro que su inglés es inesperadamente fluido y casi sin acento. Mientras firmo el registro el muchacho me comenta que el desayuno es de nueve a una de la tarde y que puedo tomarlo en la sala o me lo pueden subir a la habitación. Ante mi cara de comedido estupor él sonríe y me explica en voz queda que en este hotel pernoctan artistas que vuelven muy tarde después de terminar los espectáculos. Un escalofrío de anticipación recorre unos centímetros de mi espalda. El recepcionista me indica una estrecha escalera. Aún hay que subir otros dos pisos y recorrer un tramo de pasillo para llegar a mi habitación. El suelo de tablas apenas anuncia mi paso con un quejido amortiguado por las espesas moquetas de tonos ocres claros. Las luces del pasillo se encienden solas y se apagan en la lejanía detrás de mí. Las células que las controlan aparecen sobre el rodapié a intervalos regulares. El anacronismo entre el espíritu del edificio y su añadida funcionalidad es un extraño aliciente para mis sentidos. Toda la habitación está pintada de blanco. Es de techo alto y muy estrecha. Un tabique moderno y endeble ha partido el espacio demasiado amplio de una antigua dependencia. Aunque el gotelé una falsa chimenea decimonónica de rejilla dorada quieren minimizar las diferencias, el tabique es como una mirada distinta en el rostro de una persona conocida. Desde la albura de las sábanas de algodón se esparce un olor a ropa limpia y una esquina ligeramente deshilachada habla de muchos días de lavado automático. Pero a pesar de que el lugar está dejando una profunda y deseable huella en mí ánimo es la vista lo que más me cautiva. Esto es lo que he venido buscando. La ventana domina la calle y el edificio del teatro. Desde mi altura y en un extraño escorzo contemplo el gran frontón neoclásico, las estatuas barrocas que adornan las esquinas y la enorme bóveda achaparrada. Veo una y otra vez de la visión de este templo de la ilusión, donde la fascinación de espectáculos inenarrables puede llegar a dominar las almas de los hombres. No puedo evitar quedarme pegado a los cristales viendo cómo la escasa luz del atardecer se desliza por las paredes del teatro hasta dejar paso a unos modernos focos halógenos que apenas logran espantar el encanto misterioso de la escena. Desde luego no me he equivocado con el sitio. EL "Hotel del Teatro" respira en la frontera entre mito y realidad.

Aún es pronto. Esta noche será mi gran noche y debo estar descansado. Me visto el pijama y dejo a mi cuerpo sumergirse en un mundo de falsa lavanda que adormece agradablemente mis sentidos. Con las imágenes de la ciudad y de las nuevas experiencias aún frescas en mi mente me dejo llevar por el sueño.

Despierto en la oscuridad. Mi cabeza es como un reloj enorme cuyas agujas se desplazan arañando con un chirrido tenue las paredes interiores de mi cráneo. Nunca me falla, siempre despierta mi conciencia cuando es necesario. Me visto el traje negro que, nunca sé cómo, jamás sale arrugado de la bolsa de viaje. Desciendo los cuatro pisos y salgo del hotel. Me dirijo hacia la parte de atrás del teatro y me abro paso entre los mozos hasta la entrada de actores. Todo el mundo está nervioso y el productor sale a mi encuentro rezongando sobre mi tardanza. Todos me están esperando. Ellos no los saben, pero esta noche va a ser mi gran noche; más mía que de nadie. Es el estreno y la clausura. Una sola representación. Un solo MacBeth para la ciudad que tiene vida propia y cuyo río ríe sus malicias en la oscuridad. Y un solo noble McDuff. El verdadero gran personaje. El eclipse de todos los otros, cuyo brillo hace a escena más allá de la ficción hasta que la historia de esta Escocia imaginaria se convierta en parte de la historia de la ciudad. Viviéndola haciéndonos parte de ella. Quiero saborear cada minuto de estos momentos porque sé que no se van a repetir. Lo que voy a hacer esta noche será único.

Me visto y me dejo maquillar mientras oigo cómo se levanta el telón. Las primeras escenas son sobrecogedoras y las brujas murmuran sus blasfemias sobre el caldero para predecir el futuro engañoso de MacBeth. Desde mi camerino casi puedo oír cómo el público se deja atrapar por las visiones que les muestran. Me dirijo al escenario. Entre bastidores veo la tensión que aumenta en los rostros de operarios y actores mientras se van dejando capturar por la fuerza de las interpretaciones. Acto II, escena III; el portero acude a abrir la puerta del castillo con la palabra "infierno" bailando en sus labios. Dejo pasar unos segundos de incertidumbre y hago mi entrada en escena. Con la intensidad de mi presencia hago girar todas las miradas hacia esa encarnación ficticia del noble MacDuff. Apuesto, gentil y señor de los hombres. Un vástago del cielo en la tierra. La obra sigue avanzando poco a poco. Cada vez que salgo a escena intento vislumbrar al público que se me oculta tras la luz de las candilejas. Pero aunque sólo veo un pozo de profunda negrura noto su presencia. Mis sufrimientos son los suyos. Mis tristezas sus pesares. Su sangre arde con la mía con la noticia del asesinato de mi familia. Les descorazona mi abatimiento. Siento cómo con cada una de mis palabras se conmueven. Todos forman un solo ser que acompasa las subidas y bajadas de su pecho con mi respiración pausada. Cuando me pierdo entre bastidores su aliento permanece contenido y advierto cómo quedan pendientes hasta mi vuelta. Se ahogan lentamente, morirán asfixiados por sus emociones retenidas si no reaparezco. Soy consciente de tener sus vidas en mis manos y ese sentimiento reconforta y calienta mi alma.

Acto V, se acerca el desenlace. Mientras el bosque asciende la colina y MacBeth ve acercarse la señal de su destino terminan de vestirme para la batalla. Para esta noche única he traído mi propia espada. Mientras la ciño a mi cintura acaricio el pesado pomo y dejo que su queda canción de sangre y anticipado triunfo acaricie mis oídos. La batalla ha comenzado y MacBeth se encamina hacia su perdición por encima del cuerpo del joven Siward. Ese ente tan real en que se ha convertido el público reacciona y escruta con dos ojos gigantescos y oscuros la escena en mi busca. Ahí estoy yo, en medio de la batalla que se descalabra en huesos rotos y gritos de dolor. El público se revuelve incómodo y la tensión crece. Me acerco a MacBeth. La escena se disuelve y sólo quedamos tres: el público, MacBeth y yo. Los tres tenemos que actuar en este juego de muerte. El gran momento se acerca, la coraza tintinea y mi espada se desnuda de su funda. Todos estamos expectantes. Oigo mi pie y comienzo el diálogo.

-"Vuélvete, perro del infierno. ¡vuélvete!"

-"De todos los hombres es a ti a quien más he estado evitando. Vete por donde has venido, mi alma está ya demasiado cargada con tu sangre". –Su tono imperioso hace dudar al público un instante.

-"No tengo nada que hablar. Mi voz está en mi espada, villano sanguinario, sobran las palabras".

El rechinar de mis dientes hace temblar la escena como una visión forzada más allá de lo natural. Somos como dos cuerpos atraídos fatalmente entre sí por una fuerza desconocida. Las espadas cantan cuando se muerden una a la otra. El público está con nosotros, entre nosotros herido por nuestras miradas de fuego. La lucha continúa y las palabras se cruzan, pero yo ya casi no atiendo.

-"Pierdes el tiempo... estoy bajo un encantamiento y mi vida no puede ser tomada por hombre nacido de mujer". Siento la presión del público, que es como una fuerza que guía mi mano, que dirige mi espada en busca del corazón del odiado enemigo.

-"Desespera de encantamiento y deja que el ángel al que serviste te diga que MacDuff no nació, sino que fue arrancado antes del vientre de su madre".

Se han entregado por completo y yo me entrego también a ellos. Entre todos formamos un ser poderoso ante el cual sólo cabe arrodillarse embargado de terror y entrar la vida. Nuestra mano se alza como la mano del destino y la espada cae sobre MacBeth, desamparado, incapaz de aceptar el engaño a que ha sido sometido. Me sorprende la facilidad con la que el filo del arma, especialmente pensada para este día, atraviesa la cota y desgarra los tejidos. Con qué poco esfuerzo parte los huesos y busca dentro de su pecho hasta encontrar y comerse la vida. El grito de MacBeth es terrorífico. Más que nunca, porque es real. El público se estremece, quién sabe si de horror o del mismo exultante triunfo que me domina y me hace temblar de placer. Al extraer la espada con un crujido el cuerpo de MacBeth cae como un muñeco roto que mancha de grana cuanto toca. Todo el teatro está paralizado, detenido en un instante que he roto que he hecho mío. Mi noche, mi momento, mi gran triunfo. Ahora estoy en un éxtasis alejado de todo. No hay más tiempo que mi tiempo. Apenas noto cómo el público, en un estallido de pasión, prorrumpe en un furioso aplauso que quiere atraerme de nuevo con él. Quieren bajarme de mi cielo particular, pero a mí no me importa si han sido ellos los que me han traído hasta aquí o he sido yo mismo. Los he abandonado y ya no me importan. Me acerco a ellos con una mirada desdeñosa, dirigida desde la distancia infinita de mi mundo particular donde mi ego es el único dueño. El telón cae precipitadamente y detrás de mí oigo los agitados pasos, los nerviosos gritos de los operarios, los balbuceos estupefactos de la actriz principal y los gemidos histéricos del productor que asisten a los estertores convulsos de alguien a quien ya he olvidado. Mi público está entregado. He convertido la ficción en realidad y delante de sus ojos me he sublimado. Sostenido por su entusiasmo el mundo enmudecido por sus aplausos, me elevo en la oscuridad por el enorme espacio de la sala. Poco a poco me dirijo flotando hacia la gran araña de cristales que cuelga en el centro de la bóveda. Se está iluminando y yo me dejo fluir entre sus resplandores de colores hacia mí mismo.

Como siempre me despierto agotado. No he cerrado bien la cortina de la habitación del hotel y un rayo de luz se filtra y cae sobre la colcha revuelta. Estoy empapado en un sudor cálido que no me resulta desagradable. Como siempre, permanezco unas horas en la cama paladeando el recuerdo intenso de mis sueños. Luego me ducho, recojo mis cosas y bajo a la sala. La mañana se está tornando algo oscura y estoy solo desayunando. El muchacho de la recepción es otro. Cuando me despido me mira de una forma extraña. Quizás será el único que perciba algo de los que se oculta detrás de mi mirada. Quizás será el único que se dé cuenta de que me he alimentado de todas las imágenes y sueños que he robado ayer. Que dentro de mí se agita aún lo que he vivido de prestado. En mañanas como ésta no veo la ciudad.. Mis ojos están velados por las grandiosas sensaciones que se mueven tras ellos. Así que siempre cruzo deprisa hasta la estación y tomo el primer tren de regreso. Dormitaré con mis ensoñaciones mirando por la ventanilla sin ver. Las contemplaré mientras los velos del sueño se disipan y se pierden. Volveré al ritual monótono de todos los días y el único aliciente de mi vida será, como siempre, planear e ir reservando nuevos sueños. La propaganda que he recogido en el "Hotel del Teatro" es muy interesante. No sabía que en Lyon hubiera un hostal encima de las ruinas de un circo romano. Nunca he estado en un circo romano.

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