Wayne y el Señor Brown
Claudio Caniggia
CREO QUE LO LEÍ EN UN LIBRO. Algunos supervivientes lo explicaban. Una vez se alcanza el punto sin retorno que activa una tragedia, se desencadena una serie de
acontecimientos en un brevísimo espacio de tiempo. Pero a mí no se me pasó la vida
entera por la cabeza, más bien, como suele ser habitual, se me activó ese judaico
sentimiento de culpa y ahogo que desde niño me ha acompañado y rebobiné en mi
cabeza todos los acontecimientos de esa noche, preguntándome en qué momento mi
pecado se había hecho merecedor del castigo que se avecinó.
Desperté empapado en sudor. no era anormal, mi constitución pícnica y el esfuerzo
físico que requiere la práctica sexual me hacían sentir ese regusto pegajoso de mi piel
contra las sábanas y un aroma dulzón que no me terminaba de desagradar. Tardé esos
infinitos segundos de retorno a la vigilia en percatarme de que ni el calor ni la luz que
se colaban por debajo de la puerta en la habitación eran normales. Esa luz, que no
debería existir iluminaba la espalda del joven que dormía a mi lado. Y un crujido, el
que hacen las maderas al quemarse, provocó que me levantara sobresaltado. El calor
que emanaba del suelo abrasó las plantas de mis pies haciéndome saltar. Por un
momento pensé que el fuego del infierno luchaba escaleras arriba por entrar en mi
habitación.
No me dió tiempo a pensar más. De repente se rompió la ventana de la habitación, y
una especie de astronauta irrumpió, haciendo añicos lo que quedaba de cristalera.
Quise creer por un momento que todo era una pesadilla, que no me había traído a
casa al universitario que me ligué en George's la noche anterior, pero sus gritos
histéricos mientras pegaba saltitos de puntillas me devolvieron a la cruda realidad.
El contraste era espectacular; el jovencito, en pelotas; el recién llegado, con un
espectacular traje de amianto, botas y casco; y yo, con mis calzoncillos de corazones.
Los tres mirándonos unos a otros alucinados.
El intruso tomó la iniciativa.
- Soy Wayne, soy bombero. Su casa está ardiendo, síganme.
Wayne nos condujo al ventanal por el que habían entrado y subimos los tres a una
pequeña plataforma, que lentamente, conducida por una grúa, nos depositó en el
jardín.
Creo que no falta ni un sólo vecino de toda la selecta zona residencial de St. Miren
Road. El universitario se cubrió los genitales con las manos hasta que Wayne volvió
con unas mantas. Yo ni reaccioné cuando me la ofreció; la banda sonora de todas esas
lenguas viperinas me tenía paralizado de bochorno y terror; "qué vergüenza";
"maricón"; ÿa te dije que el Sr. Brown era rarito"...
Una lágrima, no sé si de frío o de vergüenza, me cayó por la mejilla. Wayne me
rescató de mi estado catatónico pasándome la manta por encima de los hombros,
"tápese, hace frío". Me ofreció un pañuelo "no se preocupe Sr. Brown, son unos
bocazas".
Deseé que la casa ardiera hasta los cimientos, al fin y al cabo me tendría que ir a vivir
a otro lado.
Wayne me condujo al camión y me trajo un café caliente. Nos conocíamos del basket.
Los dos éramos viejos socios de los Knicks, él se sentaba solo una fila detrás de la mía
en el Madison Square Garden. En más de una ocasión me había abrazado a él, a su
mujer y a su niña celebrando alguna canasta de Ewing sobre la bocina. Me gustaba ir
al basket, aunque lo hiciese solo, y que gente de la que apenas conocía el nombre
fuesen mis colegas por unas horas, disfrutando juntos de las suspensiones de
Strickland o comentando con admiración lo bueno que era el viejo Pat.
Wayne era grande y rubio, con el pelo rizado, un tatuaje con el nombre de Suzie en un
bíceps y en el otro el escudo de los Knicks. Nunca pensé que fuera bombero.
Siempre he sido un tipo tímido, aspecto que acentúan mis viejas gafas. Educado en el
seno de una estricta familia católica, me fui convirtiendo en un ejemplo de discreción
desde la adolescencia, cuando tomé conciencia entre lágrimas de mi orientación sexual
y adopté la firme resolución de que pasase lo que pasase en mi vida ese sería mi más
sagrado e inviolable secreto. Hubiera deseado perecer en el incendio y que nadie me
rescatara. Odié a Wayne por conocer mi secreto y supe que jamás volvería a ver a los
Knicks, por no encontrármelo, y me eché a llorar.
Wayne me acarició amistosamente la cabeza, consolándome, asegurándome que el
fuego no había sido para tanto y que en un par de meses podría volver a casa, pero
¿quién me devolvería mi secreto? Es pavoroso tener miedo al ridículo Cuando conseguí
controlar mi llanto no podía ni hablar. Notaba las miradas de mis refinados vecinos fijas
en mí y sus cuchicheos me herían como el limón a la herida.
- ¿Tiene dónde ir esta noche, Sr. Brown?
Negué con la cabeza, hundido. Y como no conseguí que mi voz hablase para negarse
me vi subiendo las escaleras de un sucio bloque de apartamentos en Brooklyn.
Wayne abrió la puerta y avisó:
- Suzie, vengo con un amigo.
Su mujer, una preciosa rubita pecosa de ojos verdes, estaba tumbada en el sofá
viendo la tele. Llevaba sólo una vieja camiseta gris de los Knicks con el treintaytres,
que le llegaba por la rodillas. Miró a su marido alucinada. Entre los dos me sentaron
literalmente en el sofá y con la excusa de prepararme un café se retiraron a la cocina.
Los oí discutir, lo que me faltaba. De no ser, porque todavía estaba en calzoncillos
hubiese salido corriendo. Luego llegaron los besos y el tono conciliador. Me ubicaron
en el cuarto de la niña, en la litera de arriba. no pude pegar ojo, nunca me había visto
en una igual.
Los dos días que me quedé en casa de Wayne y Suzie me sentí enormemente violento,
sobre todo con ella. Supuse al principio que la Wayne la había
puesto al corriente de mi homosexualidad, y que ella se comportaba
de forma extraña porque creía que me tenía que tratar distinto
por ser gay, pero, pese a mi estado de ánimo, pude percibir
que lo que realmente la avergonzaba era que yo supiese que vivían
en un apartamento de cuarenta metros cuadrados. No cabe duda,
la gente tiende a avergonzarse de cosas que no puede evitar.
La señora Miles vino unos días después a verme a la oficina. Según la vi llegar intenté
huir. Era la presidenta de las discípulas de Dios o algo similar en la parroquia de St.
Miren Road, y yo ya tenía bastante con lo mío como para tener que aguantar discursos
de viejas chochas moralistas; pero como todos sabemos, quien se pasa la vida
husmeando en las ajenas suele tener una determinación de hierro y para cuando quise
pasar aviso a mi secretaria ella ya se había sentado sonriente enfrente mío. Antes de
que yo pudiera mover un músculo ella ya había soltado, haciendo gala de una
alucinante fluidez verbal todo su discurso. Al parecer, todo el mundo se avergonzaba
del indigno trato que me habían dispensado, y ella ya les había comentado a sus
amigas que era impensable que una persona de mi condición social cometiese
semejante aberración, y que era una injusticia de no haber mediado la intervención del
sargento Soul (Wayne), ofreciéndose a explicar en la parroquia como yo heroicamente
había rescatado a mi sobrino de la ducha atravesando las estancias más castigadas por
el fuego, hubiese sido calumniado quien en realidad era todo un ejemplo para la
comunidad.
De una cosa no cabía duda. Wayne sabía como difundir un bulo. Cuando terminaron
de rehabilitar mi casa, todo el mundo en la urbanización me recibió con felicitaciones,
con apretones de mano e invitándome a comer. Incluso tuve que rechazar una
invitación de la Asociación de Veteranos de Guerra para dar una conferencia bajo el
título "¿qué pasa por la cabeza del héroe antes de actuar?"
Trabajo como director de la sucursal de un importante banco nacional en N.Y. Desde
mi oficina situada en alto, en un lugar privilegiado y con pared acristalada, tengo una
magnífica panorámica del salón central, y desde allí observo los movimientos de
clientes y empleados. Me relaja de cuando en cuando observar esa frenética actividad.
Adoro la economía, disfruto con mi trabajo, y, para colmo, puedo llevarlo a cabo en el
corazón de Manhattan.
Habían pasado sólo unos meses desde el desagradable incidente del incendio, pero
había recuperado vertiginosamente mi crédito social. Cambié de look, me corté el
bigote, me puse lentillas, y aunque mi calvicie ya era avanzada, me dejé el pelo de la
nuca largo y me lo engominé. Incluso me apunté a un gimnasio. Nuca me había
encontrado mejor, incluso ligaba más.
Estaba ensimismado en este ejercicio de autocomplacencia cuando algo llamó mi
atención. Pude ver a lo lejos el rostro congestionado de Wayne, protestando
agriamente algo que uno de mis agentes de empréstitos trataba de explicarle. Suzie,
que me daba la espalda trataba de calmarle. La escena no se dilató mucho. Wayne se
dirigió furioso hacia la puerta, y en su huída derribó un cenicero. Suzie salió corriendo
detrás de él. Eché los ojos al suelo, avergonzado. Por mí, claro.
Llamé al empleado a mi despacho para que me explicara el episodio, aunque era fácil
de imaginar. El cliente quería un crédito para pagar una vivienda que tardaría con su
salario treinta años en pagar, y no presentaba ningún avalista.
me imagino que Wayne nunca se explicó cómo el banco le pidió disculpas y le concedió
su crédito en condiciones tan extremadamente ventajosas.
En una mañana como cualquier otra. Quizás algo más perezosa. La frenética actividad
comercial parecía ligeramente ralentizada.
Al principio pensé en el terremoto de San Francisco. Mi café salió disparado como un
proyectil rompiendo la pared acristalada. Todos nos fuimos al suelo y el edificio se
tambaleó como un flan. Recordé el atentado de Oklahoma. Debió activarse el sistema
anti-incendios porque empezó a salir agua de los dispositivos preparados para tal
efecto. Jamás había sido una persona segura de mí mismo, ni especialmente valiente;
pero al ver el estupor de mis subordinados, vi mi propio rostro el día del incendio en mi
casa. Eso, y un sentido de la responsabilidad laboral, provocaron que
sorprendentemente asumiese el control. Tras una primera valoración del estado de la
gente; contusiones y brechas mayoritariamente, decidí que lo mejor sería la
evacuación de la sucursal, ante el desconocimiento de lo que podía haber provocado
semejante seísmo. Primero bajarían las mujeres embarazadas y aquellas que tenían
heridas de más consideración, pero para nuestra sorpresa, ningún ascensor
funcionaba. Nos dirigimos a las escaleras. Cuando vimos a la gente bajar histérica,
aquello se convirtió en la ley de la selva, todo el mundo se precipitó escaleras abajo,
propiciando un sinfín de caídas y pisotones. Yo me quedé contemplando la escena
estupefacto, y me percaté que cuanto de más arriba procedían las personas más
acusado era su pánico. "Creo que ha sido un avión", gritó un hombre. Hasta entonces
no había pensado que mi vida corriera peligro real, pero ¿y si era verdad?, ¿y si un
avión había sido el causante? ¿aguantaría el edificio un impacto tan brutal? Empecé a
correr como un poseso escaleras abajo, adelantando y empujando a otras personas,
que a su vez, enfurecidas me empujaban a mí. Bajando los escalones de tres en tres
derribé a una señora de la limpieza de rasgos hispanos. En esas estaba, cuando algo
que subía me golpeó de frente haciéndome tambalear y caer hacia atrás, dolorido y
confuso. Parecía haber sido blocado por un jugador de rugby. Alguien me habló:
- Sr. Brown, Sr. Brown, ¿está Ud. bien?
Reconocía a Wayne tras el casco.
- ¿Qué ha pasado?, pregunté.
- Parece que un avión se ha estrellado contra la torre. La situación es grave. No pierda
tiempo. Baje, baje.
Y sin decir una palabra más, Wayne se fue escaleras arriba, subiendo las escaleras de
tres en tres, con la misma furia con la que yo las estaba bajando. Le vi ayudar a
levantarse a la señora a la que yo había derribado. Bajé unas pocas escaleras,
despacio. Me detuve en un rellano. La gente me golpeaba en su bajada,
desequilibrándome. Me quedé mirando a todos los que bajaban y a dos bomberos que
subían. Empecé a subir rápido.
- Wayne, Wayne, ¿puedo ayudarle en algo?, grité lo más alto que pude.
Suzie miraba la tele con ojos vidriosos. Habían pasado seis meses desde el atentado.
Pasaban un documental sobre algunos de los fallecidos. El presentador hablaba
mientras en la tele aparecía la foto de alguien que a Suzie le pareció vagamente
familiar. "Reginald Brown, director de la sucursal del World Trade Center del Banco
Americano de Inversiones perdió la vida como otras muchas personas en el atentado;
lo curioso de su caso es que él trabajaba en el piso doce cuando el resto de las
víctimas tenían su puesto de trabajo sin excepción por encima del cincuenta". Suzie
salió al jardín, pensándolo, vio a la niña jugando en el columpio. Se echó a temblar, y
creyó saber por qué.
©2003 Asociación Literaria y Cultural Café Compás.