ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Amicitiae, VI Certamen Literario Café Compás

           

Por tí, por mí y por todos mis compañeros

Lucía Rodríguez Miranda

NO CONOZCO otra cosa que sus nombres.

El olor de su abrazo etílico que duraba hasta llegar a casa. El sabor de todos sus cigarros. El beso de amigo en la mejilla, de defensor en la frente, de amante en los labios.

No conozco otra cosa que sus calles, que el sonido de sus pasos camino del colegio.

La voz entrecortada de Laura al otro lado del teléfono me lo ha recordado. Hipaba como una quinceañera a la que el novio acababa de dejar. Hacía años que no sabía de ella.

Me explicaba el accidente mientras voy hilando cada palabra, construyendo las frases, esas que nerviosa, y entre sollozos, me van llegando. Y por más que le repito que se calme, que esas cosas suceden, no consigo tranquilizarla.

- Tienes que venir, ¿lo harás?

- No sé, encontrar billete de avión así, tan de repente, no es nada fácil, y para que me den días en el trabajo... es que yo no estoy a dos horas, Laura...

Cuelgo y me hecho a llorar como una niña.

* * *

A los Hermanos de mi colegio se les oía de lejos. Con su pesado paso subiendo y bajando las escalinatas, y el tintineo del llavero entre las manos. Los curas no insinúan, embisten, como los buenos toros. Y eso se hereda. Si les caías mal te lo decían. Y si les caías bien, también.

Crecer entre chicos es mucho más divertido que hacerlo entre cierto tipo de chicas.

Las niñas no dicen palabrotas, no se comen media barra de pan de una sentada, ni llevan pantalones cortos y el pelo ensortijado como un demonio. Nosotras sí. Y en todo momento éramos conscientes de que no podíamos mear de pie, por lo que nos sabíamos diferentes. E iguales.

Una buena niña es la que juega con los niños pero sin inmiscuirse demasiado, a la que se le perdona que se canse cuando corre, o que se enfurruñe si algo no sale bien. Nosotras si nos cansábamos, nos llamaban cobardes, si no jugábamos con ellos al fútbol, desertoras, y no nos comíamos el bocata de chorizo, enclenques. Si llorábamos éramos unas nenas, y si nos dejábamos amedrentar, unas miedicas.

Jamás estábamos fuera de contexto, aunque lo intentásemos, y siempre teníamos un sitio al lado de ellos, junto al balón.

Y Laura y yo éramos felices por pertenecer a aquel universo único, propio, del que las otras chicas de la clase no disfrutaban, porque sus madres no las dejaban o porque ellas no querían.

Menudas burras estáis hechas, nunca seréis unas señoritas, decían para ofender nuestro infantil ego. Pero desconocían que nos enorgullecía oír aquello, crecíamos con cada una de sus advertencias hacia nuestro futuro inminente de marimachos. Porque nosotras ni éramos señoritas ni lo queríamos ser. Y porque al llegar la adolescencia encontramos tan perfectamente nuestro sitio, que dolió el reconocernos en ese espejo que se llama madurar, con la minifalda y el sujetador de aro.

Aprendimos que no debíamos creer a los chicos que en medio de la pista de baile, se los acercaran y nos dijeran que éramos las futuras madres de sus hijos, excepto si era su aliento el que rebotaba por las paredes de nuestros oídos, erizando el vello del cuello. Me estás poniendo cachondo, haz el favor de dejar de bailar un rato, que somos amigos. Y soltabas una carcajada limpia, demostrándoles así que les entendías, que te hacía gracia, y sobre todo que preferías aquella vulgaridad a los cientos de te quieros que vendrían después, dudosos, mentirosos, incomparables con la demoledora sinceridad con la que ellos te demostraban que te querían.

Llegaban con su beso de veleta y sonreían con una copa de whisky entre las manos, mostrándote sus dientes de leche, sus encías prominentes, rojas. Y te guiñaban un ojo para que les observaras al entrar en acción, con aquellas insulsas de colegio de monjas que venían a buscarles a la salida, a las que odiábamos con todas nuestras fuerzas, pero a las que jamás pertenecieron.

Los reyes de la ciudad. Mandarnos a la mierda y volver a quedar al día siguiente. La llamada de teléfono a mediodía preguntando dónde íbamos. Los que se olvidaban de que existías ante cualquier par de piernas. Interminables tardes sentados en los bancos. Animales. Estrechas. Pero es en nosotras en quien confían. Ya joder, ¡pero follan con ellas! Gritar por los pasillos ¡Te pillé! Fuera de clase ahora mismo. Pasarte el examen y Notable. Pero, ¿has visto con quién se está enrollando? Ey, ey, no llores...

Ven anda, ven aquí. Meterse contigo, y que te dé igual. Eres una borde. Total, enfadarme por eso. Ya habló el gracioso. Vaya gilipollas. Sé que estás cuando te llamo y con eso me vale.

* * *

Fue una noche después de una fiesta. Las cosas que no se dicen son como si no fueran. ¿Dónde estás? No te muevas, voy a por ti. Pero tú estás tonta, ¿a qué has venido? No quería que te fueras solo a casa. Volvía de trabajar en el coche, cuando un hombre borracho se desvió de su carril. Me golpeó y me quedé tumbada en el ring en el primer asalto, sin guantes y sin ganas de levantarme y volver a luchar. Hacía frío y tiritábamos. Creo que era de miedo. Nuestras manos se juntaron sin nuestro permiso, y sin nuestro permiso se separaron, porque para que pasen estas cosas es mejor que hagamos como que no pasan. Tres días en coma, resistiendo. El siempre organizaba las fiestas. Se las ingenió para que cruzara el Atlántico y volviera a la ciudad de donde nunca me fui, en la que se confunde nuestra edad en el olvido.

Detrás de las columnas de la Plaza Mayor me dijo todo lo que pensaba. No cuentes nada. No lo haré. Vamos a andar, que me estoy quedando helada. No recuerdo cómo iba vestido. Cierro los ojos y sólo veo los suyos, enormes, mirándome la boca. Cogiendo carrerilla. Preparado, listos ¡ya! Nunca en mi vida había besado con tanto temor a defraudar. Espero ser lo que has imaginado este tiempo. Como si fuera el primero. El último. Todos los años en un solo beso. Esto no está bien. Sí, tú tienes novia, y yo tengo novio. Vámonos a casa. Pero abrázame antes. Imagina qué lío si la pandilla se entera. Conocerás a mis hijos. Somos amigos de toda la vida. Iré a tu boda. No tiene sentido. Su mano por debajo de mi falda. ¿Por qué tiene que ser todo tan complicado? Esto tiene su gracia. La de nunca ser lo que tuvo que ser. Un abrazo sin final al separarnos. Y aquí no ha pasado nada. Mañana nos reiremos de esto. Mañana no podremos olvidarlo. Mañana nos daremos dos besos y nadie desconfiará. Quieres hacer de tu vida una película y no te atreves. Será nuestro secreto. Algún día, prométeme que algún día. Nos fuimos cada uno por su lado. Hay promesas que no hace falta hacer para que se cumplan. Va a ser como jugar al escondite. Me giré, y le encontré reteniendo ese momento desde la distancia. Por ti. Por mí. Ahora soy consciente de que no fuimos valientes, de que esas historias sólo ocurren una vez. Y por todos mis compañeros.

Le recuerdo. Mi mano revolviéndole el pelo al saludarle. Hola niña. ¿Qué tal loco? Catarme al oído. Siéntate al otro lado de la mesa, pero si me miras no vale. No te acerques cuando lleves unas copas si no quieres que no me separe de ti en toda la noche... Hace falta que te diga que me muero por tener algo contigo y que no te has dado cuenta de lo mucho que me cuesta ser tu amigo...

Así que volví para buscarle. Como hacía entonces, encontrándole con la mirada, nerviosa si se alejaba de mí, si trataba de poner distancia por una noche, si tardaba en llegar al sitio donde quedábamos todos. Le estoy buscando en los que fabrican coches con velocidades que ninguna carretera permite. En los bares en los que nos sentábamos para contarnos cómo nos iba. En los que venden alcohol en las estaciones de servicio. En el patio del colegio donde entrenábamos. En la plaza en la que corríamos huyendo de sus globos de agua. En el huracán que dijo que yo era, para que venga y arrase todo lo malo. En el borracho que rajó su vida por la mitad y al que deseo el sexo más amargo. Una vida sin secretos. Promesas en vano. Que jamás eche de menos. Y que nunca, nuca, llegue a saber lo que es no conocer otra cosa que sus nombres.

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