ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Amicitiae, VI Certamen Literario Café Compás

           

Tomás, el miedo y yo

Juan L. Rincón Ares

Quemad viejos leños,
bebeb viejos vinos,
leed viejos libros,
tened viejos amigos.

(Alfonso X)

Treinta y cinco pares de rodillas blancas, morenas, heridas, escamondadas, con churretes; treinta y cinco pares de pantalones cortos, remendados, nuevos, de peto, con botones, brillantes por el trasero gastado, propios, heredados; treinta y cinco pares de orejas de soplillo, pequeñas de ratón, grandes de Dumbo, sucias de cera y polvo, lustrosas y arañadas por los refregones maternos. Todo eso y más era mi clase de tercero pero, sobre todo, era treinta y cuatro pares de ojos grandes, negros, bizcos, miopes, graduados, rajados, destilando un rencor parecido a treinta y cuatro pares de puñales que el azar repartía para su uso en cuanto alguien "se sabía" la tabla del siete o los ríos de España o la capital del Congo belga, obligándonos a todos los demás a repetir cuanto antes aquella nueva destreza de sabiduría so pena de copiar cien, mil, un millón de veces en el cuaderno de rayas: "Debo estudiar todos los días como Manolito Medina". Y luego, treinta y cuatro pares de dardos de odio que se clavaban en aquella foto minúscula que ocupaba la cúspide del cuadro de honor semanal sobre la esquina derecha de la mesa del profesor y que asaeteaban hasta hacer doler la espalda del que se sentaba, por derecho del reglamento docente, en la primera banca junto al maestro. Aquello -pensaba yo- debía doler mucho más que las bofetadas que recibíamos ocasionalmente los de la última fila pero nunca llegué a comprobarlo. Mis méritos nunca me llevaron más allá de la decimoquinta banca y por lo tanto sólo pude evaluar la mitad del peso del rencor que sufría a diario "Mamonito Medina". Una vez fue suficiente y a la semana siguiente volví, casi queriendo, al penúltimo puesto bajo el perchero. En la hora del rencor, cuando se planificaban las zancadillas del recreo y se sorteaban los pares de tortas a la salida, en mi clase era mejor estar bajo las perchas.

Y hablando de pares, bajo los abrigos y en un pupitre de a dos, anidábamos desde el primer curso mi amigo Tomás y yo, predestinados a ser un par de inseparables desde antes de conocernos pues todo nos unía: la casa de vecinos, el patio, la edad, la escuela, la inicial del apellido, la miopía, pero sobre todo, sobre todo el miedo, un infantil terror a todo del que habíamos hecho nuestro principal patrimonio común. Eramos medrosos, lo sabíamos, pero procurábamos llevarlo de forma solidaria.

Quizás la primera vez que fuimos conscientes de ello fue cuando nos contaron en voz baja otros niños de la calle "Ganao" que alguien había visto merodear por el barrio a un individuo sospechoso con gafas gruesas, barbas negras y un saco enorme. Ellos creían que ese hombre secuestraba, por alguna razón oscura de psicópata criminal, a las niñas delgadas y de ojos azules. La madre de Tomás, cuando él reunió fuerzas y se lo contó asustado, sólo supo reirse y asegurarle que podía estar tranquilo porque, al fin y al cabo, aunque flaquito y espigado, él era evidentemente un niño con los ojos castaños y oscuros. Yo, en defensa de mi amigo, le repliqué airado que ese señor, cualquier noche, podía olvidarse las gafas en su casa. Desde entonces tomamos la costumbre de socorrernos ante los intentos de humillación que el mundo tramaba contra nosotros. Cobardes sí, no lo negábamos, pero solidarios y dignos.

No tardó Tomás en devolverme el capote una vez que jugábamos a contar historias de miedo. Los oyentes formaban un apretado y promiscuo corro de piernas infantiles extendidas y oídos atentos para no perder ni una sola de las palabras que salían de la boca de los más mayores. Aquella tarde, yo me estrenaba narrando en un rincón oscuro del patio la historia de "Mariquita, ura, ura", la niña que gastó en chucherías todo el dinero que su madre le confió para comprar asadura y que, para cubrir su falta, le había llevado a su progenitora el hígado de un muerto reciente. "Mariquita, ura, ura" temblaba en nuestra imaginación a la vez que nosotros al oír cómo el deshigadado vagaba buscándola y cada vez estaba más cerca de ella y... de nosotros. Cuando ya estaba a punto de ser capturada, justo cuando el coro de los niños acababa de repetir por cuarta vez el estribillo doloroso de la pequeña "Ay, mamaíta mía, quién será" y la respuesta confiada de la madre "Cállate, paloma mía, que ya se irá", un "cataplof" escalofriante nos hizo levantarnos espantados y correr aullando en cien direcciones. Un gato negro, vagabundo, desconocido acababa de caer desde los tejados que enmarcaban aquel trágico atardecer de enero con tan mala suerte que no acertó a poner las patas primero, estrellando su cuerpo contra las baldosas negras del patio. Apenas nos repusimos del susto, rodeamos al agonizante felino que maullaba quedamente con los ojos semicerrados. Un líquido rojizo empezó a a salir humeando por sus fauces. Tras un estertor repentino que nos hizo saltar de nuevo para atrás, dejó de quejarse.

-Los gatos tienes siete vidas, profeticé conjurando el miedo a la muerte cercana.

-Si esperáis un poco lo vereis volver a nacer.

Permanecimos fascinados largo rato, haciendo piña a cierta distancia del finado hasta que cayó la noche sobre el patio y su oscuridad azabache se sumó con la de la piel del gato y la de las baldosas de pizarra para hacer más difícil nuestra vigilancia. Uno a uno, los niños fueron abandonando el curioso velatorio.

-¿No decía que tenían siete vidas?, pues a ver si te atreves a esperar solo a verlo resucitar, me espetó, en un irónico reproche, la penúltima niña que permanecía aún sentada al intuir mi prisa por abandonar el solitario rincón.

-¿Ah sí? pues ésta debía ser la muerte número siete, listilla, replicó oportuno Tomás al verme bajar los ojos, levantándose digno y tomándome del brazo.

Y es que el patio, de día era nuestro paraíso de juegos y risas pero, de noche, su oscuridad de gato, pizarra y silencio lo hacían musa de nuestros terrores.

Tomás creía, además, que los peces, al ser pescados, dejaban en los océanos un hueco de aire o de vacío con su forma. Ésa debía ser la forma que tenía el mar de echar de menos a sus criaturas. Pensaba que, por las tardes, el agua ajustaba sus cuentas de pérdidas y ganancias, su debe y haber particular con las legiones de pescadores que cada día menguaban sus existencias y que por eso se producían las mareas. Las olas, en su infantil explicación, eran los movimientos que el agua hacía para recuperar los vacíos provocados por las redes y las cañas. Cuando yo me bañaba en la playa de la Puntilla, bajo la atenta vigilancia de mi madre, y mi pie atravesaba alguna zona fría creía que atravesaba un banco de peces ausentes y un cierto escalofrío, como el que sentíamos cuando tocábamos el hierro oxidado de las rejas de los camposantos, se sumaba al temblor que me provocaba el primer contacto con el mar.

Influenciado por su filosofía de la trascendencia, yo pensaba por aquellos años que las personas al morir dejaban en el mundo su forma vacía, como un hueco lleno de recuerdos en el aire, y que los fantasmas no eran otra cosa más que eso, esculturas de nada esperando a ser llenadas por el empuje de los niños que nacían y crecían. A veces cuando se me erizaba la piel y parecía que el frío se adueñaba del patio, buscaba con ojos desgarrados por el pánico la bolsa invisible que contenía la añoranza de la forma de algún ser que se fue, quizás la Rubia de Dolores, que murió de tisis cuando éramos más niños o Carmen la Vieja, cuyas habitaciones seguían cerradas y misteriosas desde que falleció. Imaginaba que los fantasmas de vecinos y familiares nos rodeaban y sólo abandonaban el hogar cuando habíamos crecido lo suficiente como para no dejar sitio a su sombra trasparente.

Por eso cuando Tomás murió de forma abrupta, apenas iniciado el cuarto curso, yo solía sorprenderme manoteando de manera involuntaria el aire sobre su medio pupitre vacío e incluso, al caminar por la calle que me llevaba, dolorosamente solo, de vuelta a casa, hurgaba con mi mano el hueco que a mi derecha siempre ocupó mi camarada, Nunca llegué a sentir el frío que él me anunció y la ausencia de su fantasma llenaba de lágrimas mi corazón amigo. Al menos, me consolaba yo, yo no tenía miedo, Tomás se lo había llevado con él. Sin embargo, algo me decía que esta soledad nueva iba a ser menos soportable que nuestros conocidos terrores en comandita.

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