ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


VII Certamen literario Café Compás

           

Invitación a la serenidad

Lourdes Otero de León

 

MI NOMBRE ES SERENO, esclavo liberto, nacido en casa del más grande hombre de estado y filósofo de la ciudad de Roma, el llamado Lucio Anneo. Ahora que su memoria casi se ha perdido, cuando repaso los días de mi vida, me gustaría hacer justicia a los hechos de los que fui testigo en su casa, para legarlos a la posteridad, y que puedan llegar a ser testimonio de virtud en los tiempos venideros.

Lo primero que viene a mi mente con añoranza son las tardes en Villa Lante, en el Gianicollo; las visitas de los musculados y atléticos jóvenes que comenzaban su carrera política, y que atribulados por la angustia en esos tiempos de estabilidad, venían a pedir consejo a mi señor. También los ancianos ya convertido a las creencias de mi maestro, eran asiduos a la casa. Aquellos días fueron un breve momento dulce en la vida de Lucio Anneo; el placer, el lujo y el merecido prestigio habían llegado por fin. No siempre había sido así, en su juventud había padecido las injusticias de la veleidosa fortuna; que, con el destierro y sus privaciones, y sin misericordia, fue la perdición de la carrera política, la salud y el patrimonio de mi señor. Ahora, por fin la casquivana diosa parecía, con un movimiento de timón, haber cambiado el rumbo de su vida, y con su cornucopia se ofrecía risueña para el deleite de Lucio Anneo.

Una tarde de verano, cuando hasta el canto de las cigarras parecía desfallecer, y la sombra de los cipreses no lograba dar descanso a nuestras fatigas, llegó a la villa Claudio Polibio, antiguo militar, y ahora influyente senador; un hombre arrogante y descreído, que con su tono de chanza, parecía retar a mi señor -quizá, pensé yo entonces, porque las vistas de su villa eran peores que las de nuestra terraza-:

- Tú, querido Lucio, predicas el desapego de los bienes materiales, la resistencia viril al infortunio, y el autodominio que conduce a la paz del alma, y a la serenidad. Hasta aquí el discurso de Claudio parecía prudente, pero su rostro sosegado se iluminó irónico, y añadió: -Todo esto me parece muy fácil desde esta sombreada instancia; la ciudad, su bullicio, su suciedad, y la locura de sus habitantes, desde aquí se perciben muy lejanos. Te has ablandado, amigo mío. Hace ya mucho de tu destierro en Córcega.

- ¿Qué quiere decir Claudio? Acaso piensas que, cuando el duro suelo de la fortaleza y la sopa aguada eran todo mi consuelo, yo era un verdadero sabio, y ahora que puedo disfrutar de este apacible retiro en mi vejez, he afeminado mi naturaleza y debilitado mi valor. Mi señor tras una pausa continuó: -Si piensas eso, no has entendido nada de las lecciones que vengo impartiendo. No es propio del sabio renunciar al placer y a los dones de la fortuna, sino saber despegarse de ellos, cuando los designios de la diosa cambian, y ello sin que su ánimo se turbe.

- No lo veo claro. Respondió con malignidad el senador.

- Yo querido Claudio, como en los años de mi destierro, podría perder todo en lo que ahora cifro mi placer y mis esperanzas sin desesperación.

Mi señor continuó: - La paz del alma que predico es inmune a la angustia y el aturdimiento, que la estupidez de los hombres y la inestable fortuna nos deparan a diario.

- Si estás seguro de lo que dices, Lucio, aceptarás mi ofrecimiento sin dudarlo un segundo. Si por el contrario, como supongo, te niegas, yo tendré razón, y tu filosofía perderá crédito por tu actual forma de conducirte en la holgura y la abundancia.

- ¿Qué apuesta es esa?

- Has de mudarte de esta magnífica villa, y volver a vivir los mundanales litigios, las pendencias callejeras, y los alborotos cotidianos. Debes bregar de nuevo con los vulgares afanes que al necio le privan de sosiego, y que esta vez pondrán a prueba la calma del sabio. Aquí está el reto: Has de alojarte en las populosas calles del centro de Roma y no debes perder en altercado alguno esa serenidad imperturbable que predicas.

- Acepto, pero hay que fijar un periodo razonable; tres meses me parecería justo. Además podría llevar conmigo a Sereno, para que me ayudara en las tareas cotidianas. -Mi señor, con una sonrisa maliciosa continuó: -Y, de lograr lo que me propones, como compensación, habrías de regalarme esa maravillosa mesa de centro, de madera de cítrico con patas de marfil, con la que ahora adornas tu estancia. Como ves, el filósofo no desprecia el lujo; ni lo recomienda, ni lo desdeña.

Tal y como quedó pactado, mi señor y yo nos mudamos cerca del Araceli, a una casa de viviendas populares. Cinco pisos divididos en apartamentos entre numerosos inquilinos bulliciosos y hediondas tiendas en la planta baja. Pero lo peor, no eran las molestias de los vecinos, ni la pestilencia de las inmundicias arrojadas por los laberínticos pasillos. Lo peor era que esa nuestra "ínsula" hacía pared medianera con un gimnasio, el "Gimnasio y casa de masajes de Sylon".

Desde primera hora de la mañana, cuando mi maestro hacía su "pre-meditación", y se preparaba para sufrir todo tipo de contratiempos y frustraciones sin cambiar siquiera de gesto, comenzaban los "ires y venires" en el gimnasio. Lucio Anneo recurriendo -para tranquilizarse- a su superioridad moral, me aleccionaba: "Imagina todo tipo de sonidos capaces de provocar la irritación de los oídos, no son nada si hay silencio en tu alma". Pero el ruido estaba ahí: El ruido de las pesas de plomo, cuando los atletas agotados las arrojan al suelo. Las arengas de sus entrenadores cuando los gimnastas fatigados jadean, y gimen y parecen desfallecer. Los ruidos, chiflidos y resoplidos de sus pulmones exhaustos cuando espiran el aliento contenido. Los jadeos de esos hombres robustos cuando, después del ejercicio, como bañistas indolentes, se dejan masajear y sacudir la espalda. Todo aquello desesperaba a mi señor y a mí me encantaba.

En mis correrías y aventuras amorosas por la ciudad, con cualquier pretexto frecuentaba el gimnasio de Sylon. Mi ingenio se esforzaba cuando llegaba a casa en ocultar el olor a ungüento tras el masaje, y sobre todo en disimular el aire exultante, de buena salud y felicidad, que proporciona el esfuerzo y la compañía de los amantes.

Mi maestro sin embargo, empezaba a perder la paciencia y su imperturbable ánimo se resentía. En su soledad escribía supuestas cartas de consuelo para sus amigos, a Lucio, a Marcia, a su amada Paulina. En ellas disfrazaba sus ansiedades haciéndolas tomar la forma de buenos consejos: les prevenía contra aquella forma de ocio que encierra buena parte del trabajo. Contra ellos que confunden el vivir y el perdurar, insistiendo en el cuidado de sus cuerpos. Contra aquellos que con gran esfuerzo físico preparan hoy, lo que con gran esfuerzo físico han de conservar mañana. Les prevenía de forma encubierta contra todos los que a él le estaban arrebatando de su más preciada conquista: la serenidad, la quietud, la paz del alma.

Ni las meditaciones ni la escritura podían acallar las voces que machaconas traspasaban la pared: los vendedores ambulantes que pregonaban sus mercancías; el salchichero, el pastelero, el panadero, el vendedor de bebidas. Los camorristas y sus griteríos. Incluso los vítores cuando algún avezado ladrón era atrapado en el vestuario. Todo aquel ruido resonaba en la mente de Lucio, y perturbaba su calma, y le privaba del sueño y le arrastraba a una irritabilidad cada vez más evidente, que ya no podía pasar desapercibida durante las visitas de Claudio Polibio.

Lucio Anneo ya no se engañaba, sabía que había perdido, no podía ignorar las evidencias: Una punzada en el estómago le confirmó con angustia que su nombre iba a ser objeto de burla en todos los mentideros de Roma, que su prestigio era ya irrecuperable.

Entonces, al llegar yo de la calle de una de mis secretas aventuras, mi señor, al borde de la desesperación, me tomó del brazo, me zarandeó, y en tono colérico me preguntó: -Sereno, ¿cómo puedes soportarlo? Te observo y tu sueño es plácido y reparador, mientras yo no duermo. Cada día tus mejillas gozan de un lustre mayor. Tu aspecto es lozano y tu ánimo jovial, mientras yo sucumbo al abatimiento. Tu alma parece estar por encima de las incomodidades de este triste cobijo que zahiere. Parece que a tu sangre no le afecten los pútridos miasmas de las alcantarillas que envenenan mi respiración. Y que tu mente sea inmune a los ruidos que tanto me perturban. Con los ojos incandescentes por el enojo y golpeando la pared con saña, continuó: -Sereno, acaso pretendes hacer creer a todos que has superado a tu maestro. Cuéntame, ¿cómo logras fingir es control que me admira? ¿Acaso te paga Claudio Polibio para espiarme? ¿O, después de tantos años de servicio, te reconcome el resentimiento, y estás feliz de verme vencido?

Ante su ataque de ira, me dio menos miedo verme descubierto que mentirle: - Maestro bueno, has de saber que vengo ocultándote que frecuento la casa de Sylon que tanto aborreces. A pesar del estupor que le debió acarrear mi confesión guardó silencio, ninguna emoción asomó a su rostro. Pero, dos días más tarde le vi sin la toga recibiendo unas fricciones en la sale de masajes, le vi en el gimnasio.

Cumplido el tiempo de la apuesta, Lucio Anneo -por fin sereno- con su nueva mesa y su credibilidad intacta, regresó a la Villa Lante en el Gianicollo. Tres meses después, cuando la voluble fortuna otra vez cambió, siguiendo las órdenes del Tribuno, enviado por el emperador, mi señor se suicidó; dejó la vida, esta vez, sin ademán alguno de desesperación, como si no tuviera nada que perder. Hoy su mesa de cítrico con incrustaciones de marfil llena mi modesta estancia.

©2004 Asociación Literaria y Cultural Café Compás

 

Patrocinadores:





 

Colaboradores:










©2004-2014 Asociación Literaria y cultural CaféCompás   (NIF: G47507181 . Nº de Orden en el Registro de Asociaciones: 0003305, Sección Primera)

diseño estudiogotti.com