ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


VII Certamen literario Café Compás

           

La mirada de Ottavio

Carlos Lozano Ginel

 

OTTAVIO BOTTECCHIA nació a finales del siglo XIX en un pequeño pueblo de la región italiana de Frioui. De familia humilde y casi analfabeto empezó a trabajar de albañil hasta que aprendió a montar en bicicleta en la Primera Guerra Mundial, cuando fue destinado a la compañía de los Bersaglieri.

Fue uno de los mejores ciclistas de su época. Ganó el Tour de Francia en 1924 y repitió victoria al año siguiente. Todo apuntaba a que igualaría la mítica marca de Philipe Thys cuando su carrera quedó truncada. Falleció el 15 de junio de 1927. Todavía hoy, como en los casos de Potier, Pelissier, Ocaña o Pantani, vencedores igualmente del Tour de Francia, la causa de su muerte continúa siendo una incógnita.

Albert London, periodista y amigo personal del ciclista, arrojó un rayo de luz al misterio en la crónica que escribió para el diario Le petit parisien el día 15 de septiembre de 1947. La tituló LA MIRADA DE OTTAVIO. He aquí un extracto de la misma:

Nunca me creí la versión oficial. No debían haber cerrado el caso de aquella manera. Las conclusiones llegaron a principios de julio. "Muerte accidental. Ottavio Bottecchia, durante un entrenamiento, sufrió una insolación que le hizo perder el control de su bicicleta hasta caer, recibiendo un fuerte golpe en la cabeza que le produjo un traumatismo craneal de consecuencias funestas".

Qué estupidez. Nadie que le hubiera visto escalar las peladas cuestas del Peyresoude con cuarenta grados y sin una sombra, podía creerse semejante patraña. Y yo le vi. Sobre la mesa de mi despacho, en la redacción, aún está la foto de su victoria en Lunchon en el Tour del 24. Yo a su lado, con algunos colegas y seguidores. El pequeño y bravo ciclista mostrando orgulloso el ramo de flores, con amplia sonrisa, casi una mueca, y con un brillo de felicidad en sus ojos.

Aquel año arrasó. "Ottavio Bottecchia entra victorioso en el Parque de los Príncipes, siendo el primer ciclista de la historia en llevar enfundado el maillot amarillo desde la primera etapa".

Y también estaba allí un año después siguiendo la carrera junto a él, cuando aquel maldito bretón se le escapó a su dueño y fue a enredarse en su rueda trasera. Bajé del coche y le ayudé a levantarse. Cogió la bicicleta y subió a ella lleno de magulladuras, con la pierna ensangrentada y el rostro desencajado. Y siguió pedaleando. Sí señores. Siguió y siguió pedaleando. Aquel día perdió más de quince minutos, pero Ottavio sólo sabía mirar hacia adelante. Y consiguió el Tour. Su segundo Tour.

Ottavio Bottecchia, le maçon de Frioui, no podía haber muerto de una insolación. Sabía como nadie dosificar su esfuerzo, siempre paciente, esperando el momento justo en que debía demarrar. Era fuerte y el mejor estratega de la carrera.

Aquel asunto del perro me proporcionó su amistad que me brindó siempre sin pedir nada a cambio. Compartí con él penas y alegrías, mesa y burdel. Y palabra.

"Ottavio, esa boca terminará perdiéndote. Deja en paz la política. Dedícate sólo a la bicicleta". Le dije un día en el café de La Place. Y él, sin dejar de recorrer con la vista el cuerpo de la camarera que le servía la copa de pastis, escudriñando su escote, cada poro de su piel, con aquella mirada suya, las cejas en alto como queriendo agrandar el brillo de sus ojillos negros llenos de vida, me contestó con picardía: "y a ellas, Albert, y a ellas".

Muy pocos, yo entre ellos, defendimos la tesis del asesinato. Era vox pópuli su oposición al régimen de Mussolini que le había obligado a abandonar su amada Italia. Estaba amenazado. Y de muerte.

La bicicleta estaba a más de doce metros de su cadáver. Intacta. Ni un sólo golpe. Sólo la cabeza de Ottavio estaba rota. Era imposible que se hubiese caído. Entrenaba habitualmente por aquella carretera que conocía perfectamente. El tramo era recto, flanqueado de viñedos a ambos lados. Ninguna curva, ni pendiente, ni bache. No, no cayó. Demasiado miedo de las autoridades. La justicia gala no podía admitir el asesinato. Las sospechas hubieran recaído sobre los Camicie Nere. Y eso, para las relaciones políticas entre Francia e Italia, en primavera de 1927, no era conveniente.

Han pasado veinte años desde su trágica muerte. Hace unas semanas que se reabrió el affaire Bottecchia. Todo el mundo sabe ya la identidad de su asesino. Lo reveló el párroco de su localidad poco después del entierro del criminal, cuando poco importaba ya violar el secreto de confesión. Se presentó en la gendarmería y le contó al oficial de guardia que al darle la extremaunción le había confesado el asesinato de un ciclista, veinte años atrás, al sorprenderle robando un racimo de su viña. No hubo pelea ni forcejeo. Se acercó a Ottavio y sin mediar palabra, le quebró la base del cráneo con el bastón. El gran campeón, murió por un mísero racimo de uvas. Ahora, definitivamente, el caso está cerrado.

He vuelto al lugar. He preferido hacerlo solo. Hace unos días esto era un hervidero de periodistas. Ya es tiempo de recogida y el sitio verano ha sido benévolo. Será una buena añada. Examino de nuevo el sitio exacto en que cayó mi amigo. Trato de imaginar qué le hizo detenerse en el camino, qué le hizo pararse allí. Me parece verle tendido. La cabeza quebrada, la sonrisa rota y la mirada ya sin vida. Y contemplo la uva en plena madurez. Uva tinta, rojo sangre. Y entonces caigo en la cuenta. Algo no cuadra en el escenario. Ottavio murió en el mes de junio.

De entre las cepas sale alguien que se acerca a mí. Es un joven, rondando la veintena, no muy alto pero fornido. "Por favor, déjenos en paz. Basta ya de hacernos preguntas", me dice con una súplica en los ojos. Y al hacerlo me fijo en ellos. Pequeños, negros, vivaces. Y las cejas apuntando al cielo. La misma mirada. Y recuerdo aquellas palabras: "y a ellas, Albert, y a ellas".

"Sólo una pregunta, joven, ¿en qué mes madura la uva?"

 

© Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid, 2004

 

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