Piri Reis*
Walter Ilner
Primer Accésit
"A LOS 12 DÍAS del mes de octubre del año 1472 de
Nuestro Señor, Yo, Cristóforo Colombo, hijo de
mercaderes genoveses, y ahora que creo estar a salvo, escribo en mi
diario de aprendiz de navegante que tras haber sido atacados por
piratas soy el único sobreviviente del Ucello dell Mare.
Escapé de la sangrienta matanza por Gracia Divina al saltar
por la borda y aferrado a un madero derivé hasta las costas
del Norte de África. En allí lejos de la caridad
cristiana, fui apresado por unos moros y vendido a una caravana de
otros por una bolsa de maravedíes. Ese mesmo día
partimos hacia el desierto con rumbo a Al Jawf. Al final de la noche
cuarta, como el latigazo moro en mis espaldas que me ordenaba
continuar no llegaba, salí temeroso de la tienda que me
cautivaba y vide a mis captores y sus animales con la muerte encima.
En ese momento supe que las aguas del oasis del qual no beví
por ser sagrado y estar vedado para las almas infieles estaban malas
o habían sido envenedadas por algún enemigo;
probablemente fuera aquesto último. Fue en así como
estaba nuevamente naúfrago, mas aquesta vez en un mar de arena
que ardía bajo el sol y mis botas. Sabe Dios que hubiera
preferido la calma más pasmosa en las velas de un barco a la
deriva a soportar la calor destas aguas de piedra fina e
impenetrable. Mientras trato de hazer pie en este infierno, quánto
más ansío un tifón al viento que escupe arena
por los ayres firiéndome como mil y una dagas contra mi carne.
No sé bien quánto anduve, ni quántas veces caí,
ni quánto tiempo me arrastré como serpiente fuera del
Edén hasta que tropecé con esa gran losa. Que Nuestro
Señor perdón me conceda por haberle blasfemado, hubiera
preferido fallar agua al pozo seco que protegía. Mas mis
maldiciones se volvieron alabanzas al Altísimo en quanto
descubrí que aquesta era la entrada a una cámara
subterránea que guardaba los más increíbles
tesoros. Cofres hartos de monedas, joyas, oro, tanto oro como fuera
menester para que la luz de las eternas teas palideciera ante su
fulgor. Alfombras finas, mirra, sal, en mi vida avía visto
tamañas riquezas. Mas volté a maledecir mi suerte. De
qué me iba andar los pasos de Alí Babá, si a más
tivese todo el tiempo del mundo para extraer esos tesoros de allí
debaxo -de fecho lo tenía- no había modo de
transportarlos a través del interminable y ferviente desierto
hasta la costa. Ni siquiera estaba asegurado que yo mesmo cargando
mis propios huesos podría resistir mucho más, de
acuerdo con las pocas raciones que pude facerme del campamento moro.
Oh, paradoja del Destino que hazes que mi bautizo de navegante sea
sin barco y en medio de océano de fuego y piedra molida en vez
de la fresca mar azul. Luego pones ante mí un tesoro
incalculable y a la vez indisfrutable. Oh, Dios, no será que
los mares se han secado antenoche y no soy más que un
naufragio encallado en el fondo de unos dellos, pregunté a
viva voz. La ira me dominó y devoró mis fueras últimas
hasta que caí exhausto tras arrojar joyas y cofres contra las
paredes de la cámara. De bruces y con la boca abierta, la
espuma de mi boca mezclábase con el fino polvo que cubría
el suelo, después creo que dormí o morí, no
recuerdo bien. Mas cuando volví a abrir los ojos tuve por
delante un fatajo de pergaminos que asomaban por entre las tablas
rotas de uno de los cofres que yo avía destrozado cuando la
locura se vistió de mí. Arrastré mi cuerpo
lentamente hasta ellos y los desplegué sobre el suelo. Con
sorpresa y algo más de ánima me arrodillé para
poder apreciarlos en su totalidad. Eran mapas, mapas viejos por
demás, pero distaban de aquellos que usábamos en la
Academia en Génova: esos tenían sólo los tres
continentes. Coño, quántos más habría de
haber sino fueras aquestos Europa, África y Asia. Eso incluye
a la India, Catay y Cipango, por supuesto, tierras de vastas riquezas
si las hay: Marco Polo dio fide de aquesto. Mas entres estos mapas,
qué extraño, hay más tierras entre Asia y
Europa, y son de tan grande largura y anchura como aquestas xuntas.
Mas cómo, no era quel mundo terminaba más allá
del cabo de Finisterre al oeste y de Cipango al este, me pregunté.
Además, están delineados como que la Tierra fuese un
continuo, lo que es decir: endespués de Catay viene esta
extraña grande tierra y luego desto, Europa y África.
Entonces, la Tierra es, es, Dios mío, es cierto, es como
decían algunos marinos por los puertos: es redonda. Es la
Atlántida, me apresuré a gritar en mi excitación.
Mas no, de ninguna manera, no es posible, los griegos aseguran
haberla visto hundirse en el Mediterráneo hace siglos.
Entonces, qués es, quién trazó estos mapas.
Serán obra del hideputa Satanás, seguramente... Vamos
Cristóforo, qué cosas dices. Ah, Padre del Universo,
menudo tesoro has puesto entre mis manos..."
Este fragmento de mi diario de juventud que jamás divulgaré,
lo he conservado con promesa a Nuestro Señor de encontrar esas
tierras ignotas y hoy, exactamente veinte años después,
tras haber dejado la cámara de los tesoros tan oculta como la
fallé, habiendo sufrido innumerables peripecias que la
historia dará cuenta debida y a bordo de la Santa María,
carabela insigne de la cual soy Almirante, junto con la Niña y
La Pinta, oigo que del palo de mesana gritan, Tierra, Tierra, y no me
asombra en absoluto.
* Piri Reis. Supuestos mapas otomanos, de antigüedad
incierta y anteriores al descubrimiento oficial de América. En
ellos se puede apreciar perfectamente el continente americano y los
polos. Se dice que Colón tuvo acceso a ellos. -N. del A.
© Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid, 2006