El secreto de Colón
José Luis Najenson
Segundo Accésit
"Más importante que el lugar, es el idioma en que uno muere..."
A DOS HORAS A PIE DE HUELVA y a una jornada a caballo de Sevilla se
alza el convento de La Rábida, que remeda una atalaya como lo
indica su nombre. Su cúpula se ve de lejos, desde el mar, y
sirve de guía a los pilotos. Pero es pequeño, no tiene
más que dos claustros internos, una diminuta capilla, y diez o
dce celdas para los frailes franciscanos que lo habitan.
Una
tarde desolada del invierno de 1485, un hombre con un niño de
la mano se derrumban exhaustos por sus penurias sobre las gradas de
la cruz frente al pórtico. El hermano portero levanta a los
dos vagabundos que no parecen, empero, menesterosos. El hombre señala
al niño y murmura simplemente: "¡Pan y agua para mi
hijo!" El monje, impresionado por el agobio que trasunta la voz
del desconocido, así como por su prestancia e hidalguía,
va en busca del Prior del convento, Fray Juan Pérez. Éste
abandona su celda, cruza el portal, y contempla a ambos por un
momento. Luego posa su mano sobre el hombro del forastero, apoyado en
el estilóbato para no volver a caerse. "¡Venid!",
les dice, franqueándoles la entrada. Los novicios se
arremolinan a su paso como colegiales curiosos, mas sin pronunciar
palabra. Dos de ellos se hacen cargo del niño, y el propio
Prior conduce al recién llegado a una abrigada celda.
̶ ¡Descansad! ̶ casi le ordena, con su voz suave y firme a
la vez ̶ y nada temáis, vuestro hijo será
atendido como corresponde. Después de la cena hablaremos, Dios
mediante.
El
hombre encuentra frente al lecho, sobre la mesa de madera tosca, una
jarra con agua y un trozo de pan tierno que alivian momentáneamente
su hambre y sed. La efigie del Santo de Asís cuelga solitaria
sobre el muro encalado.
Pasada la misa vespertina, y luego de una frugal cena en el refectorio, Fray
Juan Pérez lleva al extranjero a la biblioteca, donde, al
calor de la chimenea encendida y de un vino fuerte y dulzón
hecho en el mismo convento, le pregunta al fin por su nombre y
andanzas.
̶ Cristobal Colón ̶ responde el huésped ̶ y
mi hijo Diego, huérfano de madre. Luego, sin hesitar, le
cuenta su sueño de llegar a las Indias por el poniente,
atravesando el Mar de las Tinieblas, y el fracaso de su gestión
en Portugal; pero nada deja traslucir acerca de su origen y juventud,
sólo que se había dado a la mar desde muy tierna edad.
̶ Vine a probar suerte en España, Padre, y si tampoco la hallo
aquí probaré en Francia, Italia o donde sea, hasta
encontrarla. No miento si os digo que aun me atrevería a
hablar con el Santo Padre, el Zar de las Rusias o el Sultán
Turco...
̶ ¿Ponéis al Vicario del Señor y al del Diablo en
el mismo caso? ¡Es abominación!
̶ Válgame Dios, no quise decir eso. Fue sólo una imagen
para que os déis cuenta de mi porfía.
̶ Pues bien lo habéis logrado. Quedáos un poco más;
llamaré a Fray Antonio de Marchena que es muy versado en
geografías y rumbos marinos.
Éste aparece al poco tiempo de entre las sombras, como si hubiera estado
esperando que lo llamaran. Y ante él, Colón explica su
obsesion con más bríos aún. Alude a la Atlántica
platónica, al mapa de Toscanelli, a los portulanos de la
Academia de Sagres, a las presuntas islas "errantes" como
la de San Brandán, y a otras misteriosas apariciones que están
en boca de los marinos perdidos y vueltos por milagro.
̶ Cipango no se encuentra muy lejos del Cabo Finisterre, termina
diciendo; a la luz de las velas llamean sus cabellos rojizos y sus
ojos sobre el perfil aguileño como los de un iluminado.
Contagiados por su entusiasmo, los frailes rebuscan entre los anaqueles, abren
gruesos libros, despliegan vetustos mapas, y es como si sometieran al
navegante a un implacable examen, que no cede ni con la primera
claridad del alba.
̶ Me habéis convencido ̶ confiesa Fray Juan, y en su
bondadosa mirada se refleja la paz de la fe ̶ . Yo he sido
confesor de la Reina Isabel, y os llevaré a ella.
̶ Que el Altísimo os bendiga, Él os ha puesto en mi
camino ̶ la silueta de Don Cristóbal resplandece contra
el ventanal, como si le hubiera brotado un aura.
̶ Que os bendiga sobre todo a vos, que lo necesitaréis más...
̶ Pero aún falta aclarar un misterio ̶ advierte Fray
Antonio̶ nada dijisteis de vuestra cuna o prosapia, ni sobre
vuestro pasado, salvo el muy reciente, desafortunado paso por
Portugal..., Colón calla y se queda mirando fijamente a sus
interlocutores, como si quisiera adivinar qué se esconde tras
esa pregunta.
̶ Vuestra lengua, prosigue Fray Antonio, si bien es la de Castilla,
está repleta de extranjerismos, de giros arcaicos, ¿dónde
la habéis aprendido?
̶ En Portugal ̶ responde Colón sin hesitar ̶ así
como mis latines. Soy nacido en Génova, de padres genoveses.
Mi hijo Diego vio la luz en Porto Santo, donde viví un tiempo
con su madre, Doña Felipa Muñiz de Perestrello, y mi
suegro, Don Bartolomé, un avezado marino; que el señor
tenga a ambos en su Santa Gloria.
̶ Todo ello es posible, pero vuestro español es demasiado fluido
para ser lengua aprendida, aun con los vocablos lusitanos, y
demasiado arcaico para ser vuestra lengua madre. Pareciera el idioma
de un siglo atrás.
Don Cristóbal vuelve a callar, como esperando un signo de que
podía abrirles su corazón, o bien una advertencia de
que no lo hiciera.
̶ Si escondéis algún secreto, no temáis, bien
sabemos guardarlos; ni las paredes de las celdas nos han escuchado
violar una confesión. Pero debemos saber la verdad, por vos y
por nosotros, que también tenemos nuestros secretos, dijo Fray
Juan, y esto impulsó a Colón a admitir lo que ellos ya
habían adivinado.
̶ A riesgo de perderlo todo, os lo diré: El castellano fue mi
lengua madre, lo aprendí de mis padres y abuelos, y éstos,
a su vez, de mis tatarabuelos, quienes huyeron de España en
1391, Annus Domine, por las persecuciones del Obispo de Écija
contra los judíos. Mis padres se vieron obligados a
convertirse, para mantener su oficio de cardadores de lana y la
patente de comercio. Siempre me hablaron en español. Por eso
nunca hablé xeneise,
el dialecto genovés, ni supe bien el italiano. Aprendí,
sí, por razones del tráfico marítimo, el llamado
"latín de los genoveses" y, como os lo he dicho, el
latín de la ciencia, y el portugués en Portugal. Mi
linaje se remonta al Pueblo de Cristo, en quien me amparo.
La ambigüedad de la última frase hizo reir a Fray Antonio,
que repuso exhultante:
̶ Sabréis entonces que en el Zohar, o Libro del Esplendor,
compilado en Castilla en el siglo XIII, hay una velada referencia al
camino que os proponéis seguir...
̶ Lo sé. Maese Jacobo, de la Academia de Sagres, me lo ha
confiado y he leído el pasaje, a pesar de mi escaso hebreo.
̶ ¡Ah! También sabéis hebreo, la lengua del
Paraíso...
̶ Mi abuelo se empeñó en enseñarme
la Torá, pero lamentablemente murió antes de finalizar
el libro del Éxodo.
̶ ¡Ah, "lamentablemente"! Es decir, que lo sentís...
̶ Todo idioma es un saber valioso, podría servirme para hablar
con los remanentes de las Diez Tribus Perdidas, que aún
alientan en el reino del Gran Khan...
̶ Eso lo insinúa el Rabí Benjamín de Tudela, gran
viajero del siglo XII. ¿Acaso conocéis su libro de
viajes, el "Séfer Masaot"?
̶ No tan bién como el de Marco Polo.
̶ Entonces, de todas maneras, vuestro hebreo no es tan rudimentario
como pretendeis...
̶ Desde luego no mejor que el vuestro..., Don Cristóbal comenzó
a comprender adónde quería llegar el buen fraile,
mientras éste y el Prior ya reían sin escrúpulos
y las lágrimas de los tres hobres abrazados se mezclaban con
su risa.
La aurora, al fin, después de esa larga y predestinada noche,
doraba la bahía de Cádiz, que sólo se ve desde
el segundo piso, donde estaba la biblioteca. Cuando el primer rayo de
luz inundó la estancia, los tres rezaron en Angelus,
y luego, en voz baja, la oración hebrea que comienza, como
muchas otras: "Baruj Atá, Adonai Elokeinu,
Mélej ha Olam..."
("Bendito seas Tú, Señor, Nuestro Dios, Rey del
Mundo...").
Años más tarde, al final del regreso de su último viaje, el
Gran Almirante recordó aquella noche y escribió sobre
ella ̶ de manera cifrada ̶ en su cuarderno de bitácora,
que poco más tarde heredó su hijo Hernando, junto con
otros papeles y manuscritos, entre ellos lo que sería luego
conocido como "El Libro de las Profecías"; pero el
código ha permanecido sólo en la memoria de unos pocos
hombres en cada generación, de los cuales soy deudor aunque no
pueda mencionarlos.
"En La Rábida, comencé realmente mi viaje a las islas soñadas. Allí
obtuve la llave que se abrió muchas puertas: Gabriel de
Acosta, médico, astrólogo y geógrafo; D. Luis de
Torre, políglota y mago; D. Luis de Santángel, Tesorero
Real, y, por su intermedio, hasta la del mero trono de Fernando e
Isabel, donde concluían todos los corredores. Desde allí,
la misma llave servía para cerrar de nuevo las puertas, en el
secreto del silencio y en el silencio del secreto".
© Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid, 2006