Piolines
Félix Amador Gálvez
Relato ganador
ESTA HISTORIA ocurrió hace algún tiempo, durante
nuestro primer viaje a París. Estábamos recién
casados y habíamos elegido recorrer Europa. La primera
parada siempre es la más excitante, de manera que nos
habíamos lanzado, guía de viajes en mano y desde
muy temprano, a recorrer la Ciudad de la Luz. En unos días
partiríamos hacia Bruselas, y pasábamos el tiempo
deambulando por la ciudad del Sena, descubriendo lugares, dejándonos
sorprender. La segunda tarde, después de recorrer el
Jardín des Plantes y antes de llegar al Barrio Latino,
mi mujer, Charo, insistió en hacer un alto en algún
café. Nos acompañaban dos parejas que habíamos
conocido en el hotel. Recuerdo este detalle porque Charo se
enredó con ellos en una extensa conversación mientras
esperábamos el café. Yo daba vueltas al plano
de la ciudad. Había tantas cosas por ver. De repente,
un nombre llamó mi atención. Rue Monge. La cabeza
me daba vueltas. Rue Monge. Entonces localicé el recuerdo.
La Maga de Oliveira, aquel personaje ondulado de Rayuela
vivía en un meublé de la rue Monge. Puse,
no sé, una excusa absurda y dije algo así como
ahora vuelvo, y los dejé discutiendo sobres asuntos intrascendentes
mientras yo me deslizaba por un par de bocacalles hasta dar
con la esquina de la rue en cuestión. Me quedé
mirando a un lado y a otro, preguntándome cuál
sería el edificio. Desalentado por mi ignorancia, me
senté en un umbral a ver pasar a la gente. El cielo volvía
a ser ese cielo ceniciento de París y la poca gente que
pasaba por mi lado lo hacía con desgana y apenas me miraba.
Entonces algo llamó mi atención. Un hilo de color,
un piolín como lo llaman en Sudamérica. Alargué
una mano para cogerlo por una punta y, para mi sorpresa, alguien,
del otro lado, lo cogió al mismo tiempo. Miré
con sorpresa al intruso, que agarraba con fuerza el hilo. Compuse
una expresión fiera y lo miré a los ojos pero,
conmoción, vi que era el mismísimo Julio Cortázar
el que intentaba quitarme el hilo. Cuarenta años después
y sigue coleccionando piolines, me dije, o le dije. Él
no respondió. Yo lo solté, aturdido aún.
Él se guardó el hilo en el bolsillo y después
me miró con curiosidad. Yo, a mi vez, lo observé.
Estaba igual que en los 60, con su aspecto desaseado de falso
estudiante en París. No decía nada, de modo que
yo le pregunté si era allí donde vivía
la Maga. "No sé", respondió, "eso
mismo le pregunté a Gregorovius, si era cierto que vivía
en la rue Monge, qué número, esos detalles catastrales
inevitables". Luego echó a andar. Yo cogí
su paso. Poco a poco, nos fuimos alejando de la rue Monge. Parecía
deambular, no tener rumbo, y hablaba como imaginé que
hablaría, haciendo deambular sus palabras como en la
prosa errática de sus (llamémoslas) novelas. Paseamos
por la rue Lacepède y, al pasar por la Place de la Contrescarpe,
apareció la esquina de la calle Cardina Lemoine. No pude
reprimir un grito. Aquí vivía Hemingway, con su
mujer Hadley, dos habitaciones sin agua caliente. Reí
de puro gozo. Contarle aquello al mismísimo Julio Cortázar
mientras deambulábamos por París no es algo que
se venda en las agencias de viaje. "Hemingway iba a todos
los lados andado, para ahorrarse unos francos", dijo, con
una voz no exenta de reprimida hostilidad. Yo me quedé
mirándolo. Puede que a él el estilo periodístico
y desnudo de Hemingway no le pareciera literario, pero yo había
leído mil veces París era una fiesta, y
conocía de memoria el recorrido de los paseos del americano.
Vamos, animé a Cortázar redivivo. Pasamos, como
en el libro, por el Lycée Henry IV, por la vetusta iglesia
de Saint-Etienne-du-Mont, por la Place du Pathéon, doblamos
a la derecha y enfilamos el Boulevard Saint-Michel hasta llegar
a la plaza del mismo nombre, buscando dónde tomarnos
un café en aquel lugar donde el americano se paraba a
descansar y si acaso a escribir. Una vez enfrente de un café
(el escritor no tomó nada: no tenían mate, ni
bueno ni malo, es que en París no tienen mate) intenté
entablar una conversación a un nivel más íntimo.
Sé lo que hace con los piolines, comenté, por
comentar. Julio me miró sin expresión. Usted guarda
en los bolsillos los piolines que se encuentra, de todos los
colores, y hace con ellos estructuras, entramados o esculturas
de aire que le gusta quemar. "Me gusta todo lo que esté
lleno de espacio vacío", respondió, y metió
la mano en el bolsillo, donde la dejó un largo rato.
Sé lo importante que es para usted. Al final de Rayuela,
en la habitación del manicomio, llena todo el espacio
con trampas hechas con piolines para defenderse de los intrusos.
"Aún no he escrito ese capítulo", dijo
con frialdad, "y no sé si lo escribiré".
No me di por vencido. No todos los días tomo café
con un escritor. Le pregunté: ¿No hecha de menos
los viejos tiempos en París, en el Lado de Allá?
"¿a qué le llama viejos tiempos usted? A
mí todo lo que me ha sucedido me ha sucedido ayer, anoche
a más tardar". Eso ya lo ha dicho antes, pensé,
o, para ser más exactos, lo ha escrito. Fue en Rayuela,
precisamente. Entonces yo le pregunté si tirábamos
por el Boulevard Saint-Michel hacia el sur, a ver si encontrábamos
la rue Notre-Dame-des-Champs, que Hemingway cita en Las verdes
colinas de África >y donde al parecer también
vivió, pero Julio dijo que no le gustaba aquella zona,
al lado de Montparnasse y de la rue Sèvres, por donde
Moreli solía moverse, de manera que continuamos nuestro
camino, como todos los caminos que puedan hacerse por París,
deliciosamente enmarcados por la geometría discordante
y gris del empedrado y la cima bohemia de sus buhardillas. Imaginar
cómo serían aquellas calles a medianoche, sumidas
en la penumbra, sería como sumergirse en el Trópico
de Cáncer o como irrumpir en el escenario de un crimer
en cualquier novela de Simenon. En principio, dejamos que nuestros
pasos nos llevaran por el Boulevard Saint-Germain, pero luego
nos perdimos por las callecitas adyacentes buscando un edificio
en la esquina entre las calles Jacob y Saints-Pères en
el que se dice que vivió Marguerite Duras en los 60 o
en los 70. Está bien decir que nos perdimos, porque a
la vuelta nos encontramos con el río sin quererlo, y
decidimos continuar lor los quais, charlando con el escenario
siempre cambiante de la orila del río al fondo, donde
las parejas pasean aún agarradas como en las fotos de
época o se sientan con los pies colgando a mirar los
barcos mosca o se tumban a esperar que brille ese sol que nunca
brilla en París. Discutimos sobre por dónde cruzar
el río. Yo quería ir al barrio de Pigalle, a buscar
el apartamento donde vivió Boris Vian, a recordar en
voz alta su relato más absurdo, menos crudo, el del lobo
que se convierte en hombre con la luna llena, pero el fantasma
de Cortázar se empeñó en llevarme a la
Plaza de los Vosgos, donde en el número 6 se puede ver
la casa reconstruida de Victor Hugo. Según el, un recorrido
literario como el nuestro no debía ceñirse al
siglo XX. Yo recordé entonces un itinerario más
rápido, citado por Hemingway, que nos podía haber
llevado directamente hasta el río desde el Boulevard
Saint-Germain, atravesando un brazo del Sena hasta la isla de
Saint-Louis, luego a la de la Cité, y a los puestos de
los bouquinistes, donde nos pusimos a curiosear entre
las revistas, los libros y las postales. Aquí decía
Hemingway que encontraba libros americanos baratos. Mi amigo
redivivo buscaba algo con verdadero interés. Entretanto
yo, mientras ojeaba una edición en tela del Emilio
de Rousseau, recordé la historia de U de Unamuno, apellidado
Jugo de la Raza, quien mientras hojeaba un libro en un puesto
del Sena encontró un párrafo que decía:
"Cuando el lector llegue al fin de esta dolorosa historia
se morirá conmigo". Naturalmente, el personaje hace
suyo el relato y cree firmemente el augurio hasta el punto de
enfermar de amor y horror hacia aquel libro. Le puede la curiosidad
de saber cómo acaba la historia, pero después
de comprar el libro le vence el miedo y lo quema. Aquí
Unamuno especula sobre la noticia incierta de que escribir una
novela no es sino hacer una autobiografía, de que no
existe ficción sin confesión. Así se lo
conté a Cortázar, que había dejado por
imposible su búsqueda y me urgía a alejarnos de
allí. Decidí hacerle caso y abandoné la
idea de ir a Pigalle. Nos dirigimos directamente a la Place
des Vosgues, donde vimos reconstruida la habitación donde
Victor Hugo escribió durante 26 años. Se trata
de un palacete del siglo XVII que el escritor compró
en plena gloria literaria y económica, y donde dio rienda
suelta a su pasión por la Edad Media, adquiriendo gran
cantidad de antigüedades de incalculable valor. Al salir
de allí, y con el objeto de superar el trauma provocado
por el impacto visual de aquel palacio, tomamos la rue des Francs
Bourgeois y nos dirigimos al Musée Carnavalet, donde
nos complacimos en la contemplación, más terrena,
de la habitación de Marcel Proust, una recreación
de la que habitó en la casa que tenía en Illiers
su tía Elisabeth, la cual dio el molde perfecto para
el personaje de la tía Léonie en En busca del
tiempo perdido o, como decía Unamuno (¡otra
vez Unamuno!), A la rebusca del tiempo perdido, traducción
quizás más literal que la que dio nombre a la
edición española. De pie allí, frente a
la cama donde Proust dejaba volar su inventiva hilando realidades,
sensaciones y sentimientos en el intrincado mecanismo de su
mente, Julio y yo permanecimos en silencio un buen rato, como
si rezáramos, cuando en realidad sólo se trataba
de un infantil intento de no llorar. Juntos, imaginamos al niño
intentando oír los pasos de su madre que subía
a darle un beso. Salimos a la calle emocionados y, antes de
que pudiera recuperarme, el fantasma de Cortázar extendió
su mano y puso en la mía un puñado de piolines.
"Hay un piolín saliendo de cada cosa. Si uno tira
del hilo puede entender el vínculo que hay entre este
mundo y otro que existe, en armonía con éste,
y que no es sino la realidad". ¿Es esto una despedida?,
pregunté, pero él no respondió. Yo sabría
donde encontrarle, pensé, mientras lo veía alejarse
calle abajo. Cuando volví al hotel era cerca de la medianoche.
Mi mujer estaba tumbada sobre la cama, la ropa puesta y los
zapatos quitados, durmiendo el sueño de la paciencia.
Intenté desvestirme sin despertarla para no tener que
explicarle dónde había estado. Me metí
en la cama con cuidado y oí su voz preguntando: "¿Compraste
algo? ¿Comprar dónde? "En la tienda de discos",
me respondió. "Había una tienda de discos
al lado del café y supusimos que habías entrado
a comprar algo. Te pones tan pesado cuando ves algo de jazz
que decidimos volver sin ti. Sabía que no pasaría
nada, que en París precisamente no te ibas a perder o
a encontrar con nadie raro...". Yo reí en silencio.
Abrí la guía de viajes. No sabía cuál
página elegir. Había visto tanto en un rato (la
vuelta al día en ochenta mundos, que diría Cortázar)
y elegí una página cualquiera para guardar los
piolines.
© Asociación Literaria y Cultural Café Compás de
Valladolid, 2006