ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Un cuaderno de bitacóras (...de viajes...), X Certamen literario Café Compás

           

Aprovechando que el Pisuerga

Fernando del Val Sanz

 

ANTES. No mediaba el mes de julio. Hacía frío. Quedaban soledades y mucha sangre de Caín. Leonor había muerto. Cerúlea, empachada de cielo. Como procedía entre letraheridos. No muy lejos del cortejo, hasta los harapos esparcidos a orillas del Duero dejaban al Pisuerga como un riachuelo celoso. Paternalista con la Esgueva, cada vez más en los huesos, pero don nadie por vocación. La vida en la villa iba ligada a la del mayor de sus ríos.

Los cantos de amor, siempre dirigidos a otro, se convertían en guirnaldas civiles que miraba con desdén. En la ribera, los chopos bebían desgranados y, desafiantes, hacía su proclama: “Preferiríamos otra agua, la del Júcar, la del Miño, ¡qué bien debe de saber el Guadalquivir!, mismamente el cercano Duero”. A cada afirmación seguía un suspiro. El Pisuerga, resacoso de sí y harto de ingratitud, respondió: “Sólo queréis oropeles, flashazos, entradas en los libros de Historia y Geografía”. Aunque normalmente flemático, en los peores momentos amenazaba: “Como un día me dé por robar todos los rayos de sol como Prometeo el fuego sagrado, me secaré. Y, de paso, moriréis todos”. Los árboles no le creían capaz: “Eres un Río de chicha y nabo”. “Si no os gusto, haceos cactus o pinar. Prescindid de mí”. Ningún árbol, ornamental o no, quería ser pino. El pino era vulgar, adulto, socio, sin estrella. No la tenía ni en Navidad. Su hoja perenne era caduca.

El Pisuerga, pues, ninguneado, desplegaba a los cinco, a los seis vientos sus casi trescientos kilómetros y se permitía recordar a los chopos en quién desembocaba, a quien nutría: de qué sustancia estaba formado el río que tanto envidiaban. Aprovechó las páginas de un diario local para enseñar los dientes: “Si aquí no se me quiere me iré”. Parecía un jugador de fútbol concediendo una entrevista que le sirviera para negociar a la alta. “Quizás al sur. No hay nada más satisfactorio para un río que morir en el mar”. En cambio, al final de su curso, se abandonaba a los brazos de un Duero altivo, orgulloso de los poetas que le cantaron. Igual que Castilla. Pero ¿y qué? Porque la poesía... ¿para qué sirve? ¿Atrae industria?, ¿turismo?, ¿desarrollo? Ante tanta incomprensión, el río empezó a dejar de cobijar agua dulce y pasó a agriarse al ritmo que marcaba su carácter. Por lo demás, hacía frío. Las gentes llevaban dos meses sin ver el sol. Soplaba el viento y no había visos de que nada fuera a cambiar.

DURANTE. Leonor seguía muerta. Hacía mucho calor. Se frotó los ojos. Desde la ventana la fotografía parecía irreal: la ciudad había despertado sin uno de sus ríos. Por si fuera poco, con el habían desaparecido: los peces, los carros de la compra arrojados en el fondo, las pesqueras, los mensajes en botella de los náufragos. Las aguas residuales formaban charcos pestilentes y lagunosos en mitad de ninguna parte. Las ratas aprovecharon para salir de la novela de Delibes.

Curioso drenaje. Ni la cuenca quedaba. ¿Habría cumplido el Pisuerga su amenaza de tantos años? ¿Habría cambiado de aires como un inmigrante más? ¿Se habría secado?, ¿habría huido? Nada quedaba excepto los puentes. Encaramados, colgantes, claveteados. Trazados, eso sí, sin función. Ahí estaba, por ejemplo el Puente Mayor, haciéndose el sueco como un desclasado venido a más. Con el río expatriado, ahora el protagonista era él: en una vitrina gigante, al comienzo del barrio de la Victoria. Sus sillares parecían una sucesión de arcos de triunfo, de monumentos abrazados por los hombros y esparcidos en una gran avenida sin asfaltar.

El borratajo azul compró el periódico. No recogía la noticia porque los diarios cierran temprano la edición. ¿Cuándo habría sucedido el desastre? Tenía que poner pronto la radio. Desde la ventana, vio a un par de periodistas tomando notas en la playa. De repente, como una reacción de la naturaleza, comenzó a llover. Las gotas parecían haber sobrevenido con el único afán de llenar el hueco que la desaparición del Pisuerga había dejado. Pero, entre las gotas, caían pentagramas, barras de labios, relojes de pulsera, alguna que otra idea suelta, sin arnés. La fantasía estaba campando por sus fueros. Había llegado la hora de la ciencia ficción. En un acto de desobediencia, una bandera que colgaba de un balcón institucional, lanzó el reto a todas las demás. Formó dos bandos con los colores y el portavoz del amarillo le soltó al rojo: “¿Hacemos naranja?”. La proposición no sonaba indecente: lo era. No hubo bandera nacional de otro color que el naranja. Y todas sin escudo, que fue expulsado de la tela. La calle Santiago parecía cualquier cosa: poblada, sobre todo, de colores variopintos, objetos sin patentar y bichos raros. Es el caso de un mandril que fornicaba con el aire subido a una farola, empujando su pelvis contra la nada. Las contracciones no disuadían su rostro serio. Como si estuviera firmando unas escrituras o un pacto de Estado durante el ayuntamiento. Los animales viven de forma muy desprejuiciada la sexualidad –y la vida en general: los buitres del Pisuerga bailaban rock and roll en la plaza del pueblo-.

Raíces cuadradas con forma de circulo, raíces cuadradas con letra be, raíces convertidas en brotes verdes en la punta de las ramas de los árboles. Todo acontecía al revés. ¿Qué goytisola mano estaría detrás del embrollo? Por lo visto, la situación no afectaba únicamente a nuestra ciudad: en el informativo se advertía de que el agua se iba extinguiendo en muchos puntos del planeta. Parecía un truco. ¿Pero, cómo meter un lago, un río o parte de un mar en la chistera de un mago? Los osos polares, ya no tenían focas ni morsas que llevarse a la boca, se pusieron a dieta. Tomaban pastillas y, eso sí, en vez de peces devoraban pezones. El teléfono rojo ya no conectaba capitales importantes, sólo servia para hacer llamadas a números restringidos, en los que el porno se vendía a peso. La concupiscencia y el desenfreno habían triunfado. Cada vez los atajos se hacían más largos. Y los rodeos se convertían en líneas rectas. El paseo de Isabel la Católica era una carrera de obstáculos, curvas y sacos terreros.

DESPUÉS. Más allá de los límites, todo es espejismo. El Conde Ansúrez, fundador de la ciudad, caminaba con gesto preocupado por dondequiera que paseara. Transcurrían las décadas y nadie conocía el paradero del Pisuerga. Las buenas lenguas estaban seguras de que se secó de súbito y no había ventanilla de reclamación a la que apelar. Pero no era sólo eso. La ciudad llevaba demasiado tiempo sin ser la misma. El mundo entero había cambiado. Al señor Ansúrez los demás le daban igual. Pero sentía la responsabilidad de liderar la vuelta al pasado. Para recuperar las esencias, y siguiendo la consigna del poeta, “país, que fue será”, tuvo lo ocurrencia de organizar un certamen de valladolides. Más a la medida, imposible. La intención era sacar los arrestos identitarios de sus conciudadanos. Había que volver a poner en pie San Pablo, La Antigua, hasta el muro de la vía del tren. Para ganar la prueba, también sería necesario repoblar esa zona céntrica y desértica en la que un día estuvo el Campo Grande. Como persona adinerada, el conde tenía escondidos en el subsuelo varios depósitos de agua. Si bien un muchos, suficientes para un pequeño estanque. Congregó a la multitud y se dirigió a ella: “Teneis que colaborar. A ver si me va a pasar como a Chaplin, que se presentó a un concurso de charlots y quedó el segundo”.

Una de las visitas más excelsas a la ciudad llegó de la mano del brazo del de Lepanto: quería reencontrarse con su antiguo propietario. Cuando llegó a Miguel Íscar, la calle le transportó como una máquina del tiempo. Quedaba parte del jardín y de la fachada, pero no encontró el resto de su cuerpo hasta que un jubilado le indicó que fuera a la Plaza de la Universidad. Donde vivió Cervantes ahora descansan pared con pared un museo de energía nuclear y un centro de producción de agua no salina. Esta agua especial se consigue a partir de una mezcla de petróleos no refinados. Dentro, los obreros trabajan sin horario. Y Rosa Chacel les leía desde la puerta fragmentos de El Capital.

El siglo veintidós empezó con un estruendo animal, un grito atávico. Fue clave que la red se rebelara contra los humanos como Hal 9.000 para que ordenasen la desconexión total de Internet. Dejada la civilización en manos de la tecnología, en sus copias y discos de seguridad, se perdió el registro de todo hecho. Volvió la tradición oral. Al final del final está el principio.

Valladolid limita al norte con Pedro Ansúrez y al sur con el poeta José Zorrilla. Miguel Delibes sabía lo que decía. Los personajes históricos se diferenciaban de las personas en la vestimenta. Poca gente tenía ropa de abrigo en el armario. Salvo la tallada en piedra por un mismo patrón antiquísimo. Zorrilla, por ejemplo. Lo que se solía llevar es la manga corta. Los más formales vestían corbata junto a su bañador y sandalias. La estandarización de la moda había sido un sunami que a la fuerza ahorcaba. Todo eran imágenes descompuestas. Sinestesias haciendo aeróbic, solecismos montando a caballo –una escena que recordaba la de las ratas cabalgadas del Jardín de las Delicias-, etcétera. La noche antes de la escenificación del antiguo Valladolid duró más que de costumbre. La razón es que, por primera vez, los sobrevivientes se habían puesto de acuerdo; no querían despertar. Y cuando los anhelos son intensamente deseados no tienen más remedio que cumplirse. Todo el mundo se acostó con la idea de un dormir profundo como el de Blancanieves. Cada persona y cada árbol sublevado se sentían responsables de la situación. La memoria es la caja negra de nuestras vidas. No podemos escapar a ella. Y a la gente le venía a la mente aquello de Murphy: todo es susceptible de empeorar. La marcha militar de los segunderos discurrió a cámara lenta. En un minuto, en vez de caber sesenta segundos cabían treinta. Pero finalmente, con retraso y todo, amaneció. Formaba parte del acto de justicia poética. En aquel momento, la cuadratura del círculo no era ningún reto para nadie. De hecho, había polígonos industriales enteros dedicados a esta actividad.

EPÍLOGO EPÍNOGO. Era por la mañana. No había ninguna nube. Tampoco rastro del sol. Una delgada y vaporosa claridad provenía de nadie sabía dónde, dejando entrever en sus ojos las venas inyectadas del amanecer. El Pisuerga, desde su exilio, se encogió los hombros. Hacía frío. La gente, que en seguida se hace a la última hora, no recordaba lo que era aterirse. El cielo rebosaba soledad y sangre de Caín. En cualquier momento alguien habría vuelto a morir cerúleo, empachado de cielo; esta vez, abandonado en alguna esquina. Los harapos cubrían ahora toda la arena del desierto. Con este panorama sobre el puente, un ojo legañoso del Mayor se acababa de abrir. Todavía quedaban en él rastros del sueño de la noche pasada. Recordaba aquellas palabras: “No hay nada mejor para un río que morir en el mar”. ¿Y qué es un puente sin nadie que lo cruce por arriba y por abajo? La humanidad jugaba sus últimas cartas. Las larvas cruzaban por el paso de cebra. “La vida es una enorme noche”, musitó aún medio dormido. “No, la vida es una enorme legaña”, le reconvino una voz a lo lejos. Hacía años que no se construían puentes. La cuenta atrás para la extinción hacía comenzado.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

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