ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Un cuaderno de bitacóras (...de viajes...), X Certamen literario Café Compás

           

El arte de componer una Cantata

María Azucena Álvarez García

 

-EXCELENCIA, excelencia, ahora mismo no puedo recibiros...

- ¿Qué no? –preguntó desafiante- ¿y eso quién lo dice? ¡apartáos! ¡dejadme pasar! ¡cómo osáis interponeros en mi camino?, y le arreó, a ese obstáculo en persona, un bastonazo en la cabeza. El hombre, que no se atrevió a quejarse, escoltó en silencio al conde mientras atravesaban el patio, al tiempo que se acariciaba discretamente la zona dolorida.

- ¡No necesito que me anuncies! ¡Largo de aquí! – y blandió de nuevo su bastón, amenazante y dispuesto a un segundo golpe- Ámese Pérez, el organista –saludó al conde de Floridablanca al entrar en el estudio- ese criado vuestro es un torpe y un inútil...

- No es mi criado excelencia, es mi hermano Bartolomé –contestó el músico.

- Razón de más para que sea un inútil... ¿Dónde os escondéis?, ámese, que no os veo? –y de un golpe de bastón tiró al suelo los documentos y legajos colocados ordenadamente sobre una mesa.

Un alumno, que en ese momento recibía su lección de música, hizo ademán de levantarse del pupitre, pero el maestro se lo impidió, posando cariñosamente una mano sobre su hombro. “Está bien”, pareció decirle con la mirada y el niño comprendió perfectamente el mensaje, porque volvió a sus tareas como tal cosa.

- Excelencia, llegáis con el viento – comentó el organista, mientras se agachaba para recoger los restos de la aireada tormenta ocasionada por el conde.

- ¿Qué viento? – preguntó el noble, ajeno a la ironía de su interlocutor.

- El viento del norte –explicó el músico y su alumno dejó escapar una risita nerviosa- Con gusto os atendería en cualquier otro momento, excelencia, pero ahora mismo, como veis, estoy en mitad de una clase...

- Puede esperar –interrumpió el conde, mientras levantaba su mano derecha, como si pretendiera con este gesto tan simple detener el curso de los acontecimientos- en cambio, yo no puedo, o mejor dicho... ¡No quiero! ¡Ya he esperado bastante! ¡Un año, doce meses! ¡Es hora de recoger mis frutos! De ver terminada la obra, en una palabra...

- “En cinco palabras” –pensó el chiquillo, en ese momento más aplicado a la discusión que a la lección de música.

- La capilla de Nuestra Señora del Monte lleva cerrada un año, ¡Un año! –repitió- Y yo no he levantado una iglesia para mantenerla cerrada por culpa de vuestra holgazanería, ámese Pérez. Entregué los planos de la capilla el mismo día que os hice el encargo a vos. ¡El mismo día! Los canteros y ebanistas cumplieron su plazo sin demora. En cambio, vos no habéis concluido la obra que os solicité. ¿Cuál es la razón de vuestro retraso? Me niego a pensar que es falta de talento...

- Sois muy amable al descartar esa última opción, excelencia –y el músico, agradecido, sonrió.

- ¿Y bien? Sigo esperando una justificación convincente para vuestro retraso...

- No he tenido ocasión, señor conde.

- ¿Qué no habéis tenido ocasión? – y su tono de voz se hizo más agudo- ¿Qué no habéis tenido tiempo, a eso os referís? ¿Conocéis, maese Pérez, la cancioncilla que repite el vulgo? ¿Eso de “tiempo tuvisteis, no culpéis al tiempo, sino a vos que lo perdisteis”? – en ese instante, el alumno levantó la vista de su libro y se quedó mirando al conde fijamente- ¿Acaso está la lección escrita en mi cara y sobre mi persona? ¡Estudiad, estudiad el texto que tenéis sobre la mesa y dejad de entrometeros en lo que no os conviene! Vos diréis lo que queráis, señor organista, pero ese pillo, ése –decía mientras lo señalaba acusador con el taco de su bastón de plata- tiene más pinta de ladronzuelo de mercado que de músico... Así que, no habéis tenido ocasión –repitió en un intento de retomar la discusión en el punto donde la habían dejado- ¿Necesitáis más dinero?

- No, muchas gracias excelencia, habéis sido muy generoso con mi salario...

- ¡Bah, tonterías, puedo permitírmelo! –exclamó ebrio de presunción- lo que no puedo permitirme es un retraso más. Sabed que venir a veros supuso posponer un viaje urgentísimo a la corte, a Valladolid, donde me espera su majestad el rey para tratar asuntos de vital importancia.

- Partid tranquilo, excelencia, no interrumpáis los planes de su majestad ni los vuestros por una cuestión menor.

- ¿Cuestión menor? ¡He contratado los servicios del mayor y mejor organista del reino para que compusiera la mayor y mejor cantata religiosa de todos los siglos! Eso no es una cuestión menor es casi... una cuestión de estado...

- Agradezco las amables palabras que tenéis hacia mi obra y mi persona y os ruego, señor conde, que tengáis a bien concederme un par de semanas más para concluir la pieza.

- ¿Concluir? ¿Significa eso que ya la habéis empezado? –y esbozó una sonrisa de satisfacción- ¿Me prometéis, entonces, maese Pérez, que a mi vuelta de Valladolid encontraré la cantata terminada y lista para ensayar?

- Os lo prometo, excelencia.

- Bien, bien... – se felicitó el conde- entonces, no hay más que hablar. Me pondré en marcha hacia Valladolid inmediatamente –anunció en forma de despedida- a propósito, ¿queréis algo de la corte?

- Abusando de vuestra generosidad, señor conde, y puesto que os ofrecéis y me ofrecéis esta posibilidad, me gustaría haceros una petición.

- Adelante, pedid lo que sea... Que sea razonable, naturalmente... –se corrigió.

- Naturalmente, excelencia – e hizo una pausa para provocar interés en el conde- ¿podríais traerme de Valladolid, tintero, pluma y papel?

- ¿Tintero, pluma y papel? ¿Sólo eso? –permaneció pensativo unos segundos- ¿de alguna clase especial? – añadió.

- Sólo eso. Y no, de ninguna clase en especial. Lo dejo a vuestra elección, excelencia.

- Regresaré dentro de dos semanas, a lo sumo tres. Traeré conmigo tintero, pluma y papel, como me habéis encargado y a cambio espero recibir la anhelada cantata.

- Así será. Tenéis mi palabra de honor -y el organista, acompañándolo hasta la puerta del estudio, lo despidió con una reverencia. Cuando en conde se fue, maese Pérez suspiró profundamente, como si se hubiera quitado un gran peso de encima.

- Maestro ¿puedo haceros una pregunta?

- Por supuesto que sí.

- ¿Por qué no le habéis entregado al conde la cantata que terminasteis hace 6 meses?

- Por un sueño. El sueño de mantener abierta esta escuela, de formar discípulos con tanto talento como vos, Diego; por el arte, en suma y por Nuestra Señora del Monte, que sí la merece.

- Maestro, me asalta una última duda... ¿puedo preguntaros...?

- Está bien –interrumpió el organista- si es la última...

- ¿Le entregaréis la cantata cuando vuelva de Valladolid?

- Sí, le ha dado mi palabra y, además, para entonces ya la habrá merecido... Habrá aprendido algo importante: el valor de la paciencia y la humildad. Y ahora, Diego, satisfechas vuestras dudas, me toca a mí preguntaros la lección..

- Sí, maestro...

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

Patrocinadores:







 

Colaboradores:







©2004-2014 Asociación Literaria y cultural CaféCompás   (NIF: G47507181 . Nº de Orden en el Registro de Asociaciones: 0003305, Sección Primera)

diseño estudiogotti.com