ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Un cuaderno de bitacóras (...de viajes...), X Certamen literario Café Compás

           

La llamada de la Selva

Alejandro Cuevas

 

LA FIESTA DE CUMPLEAÑOS de Daniel Adidas acababa de entrar en esa fase de declive en la que todos los chistes y anécdotas ya han sido contados, de la tarta sólo quedan migas pegajosas sobre un mantel de rombos y la gente empieza a irse de forma escalonada. Cuando el reloj de cuco anunciaba las ocho de la tarde, estalló la bomba:

- Y tú, Danielito, ¿qué quieres ser de mayor?, inquirió un amigo de la familia.

- Yo cuando sea mayor, quiero ser novelista, respondió él, paladeando cada una de las sílabas.

La madre de Daniel se puso pálida y un tic nervioso se apoderó de sus párpados; al padre, el corazón casi le da una vuelta de campana. Todas las conversaciones se apagaron de golpe y el insensato que había formulado la pregunta trató de reconducir la situación.

- ¿Novelista? ¿no preferirías ser urólogo como tu tío Anselmo o profesor de kárate como tu tía Aurora?

Y entonces el niño, que poco antes había soplado las velas de su octavo aniversario, lo terminó de estropear:

- Quiero ser novelista y, si no lo consigo, prefiero morirme.

Lo que había sido una reunión jovial y desenfadada (con karaoke y bebidas burbujeantes) se transformó de pronto en algo parecido a un funeral. A todos los invitados les entró una prisa tremenda por largarse de allí y Daniel Adidas se quedó a solas con sus padres, entre globos de colores y serpentinas pisoteadas, desconcertado por las consecuencias de su sinceridad.

Se respiraba una atmósfera de contagiosa pesadumbre. Como si se hubieran comunicado por telepatía, los padres del niño decidieron no volver a sacar el tema delante de él hasta haber preparado una estrategia conjunta. Mientras recogían la casa, pensaban, cada uno por su lado, lo dura y lo ingrata que era la vida de los escritores, sobre todo en Valladolid, donde al final de cada temporada literaria, los editores meten en una furgoneta a los autores que menos libros les han vendido y, con la promesa de llevarles de promoción a la Feria de Frankfurt, les apean en un pinar a las afueras de la ciudad y les ahorcan, mientras se fuman un puro y comentan lo mal que va el negocio. Antaño, los grupos ecologistas protestaban con indignación contra esta bárbara costumbre; pero ahora hay tal proliferación de escritores, y los vallisoletanos están tan saturados y tan hartos de ellos, que a nadie le importa demasiado si algunos aparecen colgados de un árbol, atropellados en una cuneta o flotando en el Pisuerga, hinchados y blancuzcos, como granos preñados de pus.

Según el último censo del Ayuntamiento, por la ciudad pululan más de catorce mil novelistas, setenta y cinco mil poetas, tres mil ensayistas, otros tantos dramaturgos y un número indeterminado de individuos que perpetran manuscritos difíciles de ubicar en la estantería rectilínea de los géneros. Si uno coge un periódico local, puede encontrar, cualquier día de la semana, la convocatoria para diez o doce presentaciones de libros que se desarrollan a la misma hora y a veces incluso en el mismo salón, con los respectivos padrinos dando voces espantosas para intentar eclipsar el discurso del oponente. Esas presentaciones simultáneas suelen acabar con un enfrentamiento a sillazos entre ambas parroquias que luego se traslada a la calle y provoca cortes de tráfico y serios destrozos en el mobiliario urbano.

Casi todos los escritores de Valladolid llevan una existencia de bohemios y de eremitas (valga la paradoja) y dejan a su paso un rastro de deudas y piojos y metáforas presuntamente originales. Pasean por las calles del centro para ver si se dan de bruces con la inspiración y aprovechan para comprobar, sin disimulo, si las librerías tienen colocado en el escaparate algunos de los libros que han editado (a veces afrontando ellos mismos los gastos de la imprenta). Cuando ninguna de sus obras está a la vista, los escritores se llevan un disgusto atroz y pasan dos semanas sin ducharse, incapaces de hilvanar ni un solo párrafo.

Por eso, la madre de Daniel estaba muy preocupada. Ella había soñado para su retoño un futuro de cirujano plástico o de arquitecto internacional. Incluso se habían cambiado el primer apellido (Sánchez) por el de una conocida marca deportiva que, en compensación por ultrajar la memoria de sus antepasados, les daba una paga mensual con la que planeaban financiar los estudios universitarios del niño. Además, si a Daniel le diera por publicar con pseudónimo, incumpliría el pacto comercial y los de Adidas exigirían la devolución de todo el dinero invertido.

- ¿Escritor? ¡jamás! –exclamó el padre, de manera un tanto melodramática, cuando Daniel ya se había ido a su habitación-. Todavía estamos a tiempo de impedirlo.

- Seguro que el año que viene ya se le ha olvidado, dijo la madre para tranquilizarse.

Y después estuvieron enumerando todos los casos que recordaban de escritores vallisoletanos que habían acabado sus días hundidos hasta las cejas en una ciénaga catastrófica: poetas apedreados por los niños, cuentistas con ojeras que recorrían los cafés vendiendo sus creaciones a cincuenta céntimos, dramaturgos ingresados en psiquiátricos porque habían asumido la personalidad de todas sus criaturas... Y así una larga galería del horror y penurias. Si los padres de Daniel hubieran frecuentado a Valle-Inclán, recordarían que “las letras son colorín, pingajo y hambre”; pero en la casa nunca se leía nada que fuera más allá de una receta de cocina o el manual de instrucciones del vídeo. ¿De dónde le había podido surgir a Daniel la descabellada ocurrencia de dedicarse a parir historias?

- Seguro que es la herencia genética de tu familia, dijo la madre.

- Vaya, hombre –refunfuñó su marido-. Ya tuvo que salir a relucir mi familia.

Aquella noche, poco antes de acostarse, la madre de Daniel entró sigilosamente en el cuarto de su hijo. Le retiró el pelo de la frente con mucho cuidado, para no despertarle, y le acarició la mejilla.

- No te preocupes, hijo, que esa vocación que tú tienes te la vamos a curar –susurró, mientras dejaba escapar una lágrima-. Te llevaremos a Houston si es necesario.

Y es cierto que, durante los siguientes quince años, hasta que se rindieron, los padres de Daniel hicieron cuanto estaba en su mano por apartar a su hijo de la senda de la literatura. Lo intentaron todo: desde el chantaje sentimental hasta la psicología inversa, pasando por la prohibición explícita y la medicina tradicional china.

Pero contra la vocación no hay remedios que valgan y Daniel se fue forjando en la clandestinidad, leyendo a hurtadillas en el cuarto de baño y ocultando sus primeros cuentos debajo del colchón. Estudió Derecho, pero nunca se planteó ejercer como abogado. Sus amistades eran ya los literatos que se apoltronan en las cafeterías y bares de Valladolid y piden siempre la consumición más barata y toman apuntes en libretas cochambrosas que guardan pegadas al corazón.

Cuando Daniel Adidas ganó su primer concurso de relato, en un pueblo de Cuenca, a su madre la tuvieron que ingresar en el Hospital Clínico y estuvo dos horas conectada a una bombona de oxígeno.

- Hijo, déjalo ahora que todavía estás a tiempo -le suplicó con la cabeza incrustada en la almohada -. Sólo un escritor entre un millón llega a obtener reconocimiento y a los demás se los comen vivos las cucarachas del fracaso.

Ella, lógicamente, no lo expresó así; pero Daniel, a su manera, reconstruiría algún tiempo después esa escena (inmortalizar es un verbo un poco cursi) en su primera novela, Flores nocturnas, que se vendió relativamente bien y que recibió tímidos aplausos de la crítica. En ese libro, el alter ego de Daniel le explica a su madre que la vocación es la llamada de la selva, un tam-tam que te reclama desde la profundidad exuberante de las bibliotecas, una fuerza sobrenatural que te empuja a saltar de rama en rama vestido sólo con el taparrabos de la sintaxis. En Flores nocturnas, el personaje de la madre acaba aceptando los argumentos del hijo y se funde con él en un abrazo enternecedor; en la cruda realidad, a Daniel su madre ya no le dirige la palabra y le ha dicho a medio Valladolid que a su hijo lo han raptado los extraterrestres.

Daniel Adidas está convencido de que su segunda novela, cuya primera versión ha culminado hace quince días, es la obra que le va a colocar en el mapa y va a proyectar su venerable sombra sobre futuras generaciones de literatos vallisoletanos. Algunas mañanas, frente al espejo, Daniel ensaya poses de estatua gloriosa. Su editor le ha prometido que, si las ventas son adecuadas, el año que viene le llevará de promoción a la Feria de Frankfurt.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

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