ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Cuando salí de mi tierra... (emigrantes), XI Certamen literario Café Compás

           

EL AHOGADO DEL SENA

Eduardo Jauralde

 

Al principio no sentí miedo, sólo frío. Nunca antes había sentido un frío igual. Ni siquiera el día en que llegué a esta ciudad que no me quiere. Sol oscuro, oculto por las nubes tenaces del último otoño que no acaban de desaparecer, palabras enigmáticas, fachadas duras, miradas inaccesibles. Borré mi sonrisa y me la guardé en el bolsillo. Pocas ocasiones he tenido de sacarla desde entonces: el aleteo desesperado de una paloma que acaba de cagarse en la estatua de un prócer de la patria, un olor a fritanga dominical que se escapa de una ventana abierta, una mujer hermosa que pasa sin prisas, acentuando con el vertiginoso columpio de sus caderas la intensidad de mi deseo...

Un frío húmedo y desconocido, viscoso; se me pega al cuerpo como una túnica empapada de lluvia que me impide moverme. Pienso "me voy a morir de frío" y trato de bracear, pataleo para que mi cuerpo no se deje atrapar en esta telaraña helada que el agua está tejiendo a su alrededor. Abro la boca para gritar y el frío me invade por dentro como un vendaval. Ahora este frío me habita. Escucho el chapoteo que asciende desde mi estómago, el quejido de mis pulmones anegados. Tengo el corazón transido, los recuerdos ahogados en una bruma verdinegra...

Me resigno a admitir que he perdido. Estoy vencido; ceso de debatirme y me dejo hundir lentamente. Siento el contacto del limo del fondo como una caricia suave y me quedo encogido sin atreverme a respirar. Me asusta pensar que esta impresión de bienestar puede desaparecer... No sé cuanto tiempo paso así. ¿Un minuto, un día? ¿Una eternidad? Estas palabras ya no tienen sentido para mí.

Ahora me están buscando. Adivino la sombra opaca de sus barcas allá arriba. Las siluetas de los hombres-rana armados con amenazadores tridentes, entreveo la hilera de curiosos asomados al pretil del puente, a contraluz. Me buscan, incansables y tozudos, me persiguen con palas, con ganchos... Cierro los brazos alrededor de mi cuerpo para convencerme de que sigo aquí, como adormecido, en el fondo del río, rodeado por el agua, mecido por la corriente, protegido por la oscuridad verdosa.

Después del frío, el silencio. El silencio como un dolor físico. Las palabras que nacen en mi cerebro buscando una salida que ya no existe. El rumor del mundo detenido por esta pesada chapa elástica que me oprime sin romperme. El silencio no es para el hombre. Tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para recrear con la memoria los ruidos familiares. El golpe sordo de la portezuela de un coche, el chirrido de la arenilla bajo la pala de un obrero, la carrera precipitada de una sombra que huye en medio de la noche. Sin esos ruidos pierdo pie. Mi corazón permanece silencioso, no le oigo latir en mis sienes desbocado como hace un rato cuando el otro me insultó, me empujó con su desprecio, me hizo retroceder a empellones hasta hacerme caer. Más allá de la línea incierta que traza la superficie del agua, el mundo entero parece hundido en un silencio absoluto, definitivo. Los hombres se han quedado mudos como las piedras.

La oscuridad no es total. Una oscuridad recorrida por escalofríos fosforescentes, destellos fugitivo, sombras mágicas que dibujan el perfil de un puente, el reflejo de una hilera de ventanas heridas por el sol, la geometría rebelde un árbol, la trayectoria de un pájaro... Esta oscuridad me ayuda a vencer mi miedo. Siempre huí de las formas demasiado categóricas, de las luces demasiado crudas. Aquí, ahora, con esta luz todo es impreciso, cambiante, borroso. Me dejo elevar por el empuje del agua, me dejo arrastrar por la corriente. Me gustaría saber si el puente sigue erizado de gritos y banderas, si bajo sus arcos resuenan aún los ladridos de los perros, el martilleo de las botas, las vociferaciones sin sentido de los hombres llenos de odio... Pero los brazos del agua me acogen y me llevan.

La soledad al fin. Aquí tiene un sabor diferente, más amargo, más largo en la boca; como si acabara de pasar una puerta que se ha cerrado a mis espaldas con un chasquido definitivo. El mundo se ha quedado fuera con sus pequeñas cosas que hacen que, a pesar de todo, vale la pena vivir. No ha podido ser. No me han dejado. Mi sitio está aquí, en este desierto de agua, detrás de esta barrera muda contra la que se estrellan los gritos de los niños. Y las mujeres que habitaron mis sueños no podrán compartir este lecho de barro frío donde las espero. Ya estoy solo. El tiempo también ha desaparecido tragado por esta masa de agua que gira lentamente sobre sí misma.

La paz imposible. El río que atraviesa esta ciudad que no me quiere no es puro. Sus aguas no consiguen calmar el escozor de la herida, borrar la mancha que el odio de aquella mirada dejó sobre mi piel oscura, lavar el escupitajo que precedió al empujón asesino... Bajo los arcos del puente espero inútilmente torrentes de amor, una lluvia de besos, unas gota de generosidad, una solo lágrima para lavar la vergüenza.

Un grupo se forma en la orilla. Una multitud dócil y desordenada. Diviso siluetas rotas, deformadas por lo reflejos de la luz. Pequeños fantasmas negros sin espesor y sin envergadura; vistos así parece que sólo tienen una dimensión. Una sombra sale del grupo, da unos pasos hacia el río y se detiene al borde del agua. Me acerco intrigado, quiero ver si está llorando pero no consigo leer su corazón. Alza un brazo torpe de payaso mecánico y tira algo al agua, unas flores irrisorias que quedan flotando entre dos aguas y que los pececitos del río Sena mordisquean con fruición.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

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