ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Cuando salí de mi tierra... (emigrantes), XI Certamen literario Café Compás

           

CUANDO SALÍ DE MI TIERRA

Manuel Francisco Picó

 

Cuando salí de mi tierra y me vi entre las olas del mar tuve el pensamiento de que aquella travesía hacia el Norte sólo podía ser un viaje hacia la esperanza. Mi madre decía que el ser humano sin esperanza es como una mariposa sin alas. Toda mi familia quiso darme esas alas. Casi lo vendió todo para que yo pudiera ir en aquel cayuco.

Yo, Kejaw, de la etnia de los wolof fui el elegido para abrir una ventana hacia el mañana en mitad de un presente aciago. Todos habían oído hablar de Europa, esa tierra prometida de trabajo y prosperidad... y confiaban en mí para volver a soñar, para ser libres, para progresar, para tener esperanza.

Pero a menudo las cosas no son como uno piensa, sino todo lo contrario. Eso le sucedió a Mor, que al tercer día de la travesía cayó enfermo con fiebre muy alta y pronto comprendió que nunca llegaría a la costa, que sus proyectos y con él, los de su familia se esfumaban en alta mar para siempre.

Fue entonces cuando me hizo prometer que escribiría a su familia en su nombre y les mentiría acerca de su destino. Al cabo de uno o dos meses les diría que todo iba bien, que tenía trabajo, que había encontrado una casa... No podía decirles la verdad, porque entonces dejarían de tener alas como la mariposa y sus sueños de pájaro se convertirían en piedras, pesadas y sin alma, y ya nunca podrían seguir adelante.

Yo, para alentar a Mor le dije que no escribiría nunca esa carta, que sería él mismo, de su puño y letra, quien lo haría, porque se iba a poner bien. Con entusiasmo fingido le mentí y le dije que había visto gaviotas y eso era señal de que pronto llegaríamos a la costa.

Desesperado, pedí alguna medicina a uno de los encargados de la expedición, pero no la había, incluso empezó a escasear el agua.

Tranquilo Mor, ya estamos cerca. Muy pronto llegaremos a la orilla y te llevarán al hospital. Te vas a poner bien, Mor, te lo aseguro. Tú eres el elegido, no puedes fallar. Tu familia confía en ti. Eres su esperanza. Y seguí hablándole muy quedo durante horas para consolar su agonía hasta que en un momento tomó mis manos entre las suyas lo más fuerte que pudo y me obligó a prometérselo. Kejaw, prométeme que escribirás. Por favor, diles que estoy vivo, que llegué al otro lado, que lo conseguí.

Yo miré sus ojos tristes y bovinos y supe que aquéllas eran sus últimas palabras y no pude por menos que jurarle que lo haría y anoté la dirección de su familia. Entonces se tranquilizó, como si a través de mí pudiera cumplir sus malogrados proyectos y hacer soñar a los suyos que al menos para él sí había un mañana. Al rato, mirando al cielo, se despidió de este mundo.

Mor pensó que emularía a Ulises y regresaría a Ítaca para que todos en su pueblo superan que había vencido al oleaje del mar, al sol, a la sed y al hambre, a una inhumana travesía donde se nos trataba como a ganado. Para que todos escucharan de sus labios que nadie pudo achantarle porque él era hijo de la luz y de la primavera, cuando los árboles brotan y se cubren de verde y las flores abren sus ojos al mundo para cantarle a la vida. Pero este nuevo Ulises nunca regresó y ahora, su novia Fátima sería la eterna Penélope que teje y desteje o le olvidaría para siempre cuando se hartase de su silencio.

Apenas conocí a Mor, pero durante la travesía nos hicimos amigos. A veces las dificultades unen y bastan unas horas para que alguien te abra su corazón. Sentí su muerte como alguien muy cercano cuya amistad venía de lejos.

A pesar de saber que estaba muerto a ratos le hablaba, incorporaba su cabeza o ponía mi oído muy cerca de su boca como si quisiera escuchar un hilo de voz y unas palabras imaginarias que ya nunca pronunciaría. No quería que su cuerpo fuera devorado por los peces cuando tanto ansiaba la tierra europea, ese deseo de ser alguien, ese afán de sentirse un hombre libre. Aunque fuese muerto Mor tenía que llegar a la otra orilla para que al menos su alma alcanzase el sueño que con tanto empeño había perseguido.

Ahora, transcurridos tres meses, mientras el cuerpo de Mor descansa en un nicho sin nombre en un cementerio de Almería, como otros muchos, yo, Kejaw, ante una hoja en blanco pienso qué escribiré a su familia.

Ahora también soy el alma de Mor para continuar sus sueños, unos sueños que también son los míos. Pero no tengo un trabajo estable y por tanto no tengo papeles, soy un inmigrante ilegal al que pueden expulsar en cualquier momento. Tampoco tengo dinero y a veces paso hambre. Aquí todo es muy caro. Pero a su familia le diré que Mor ha conseguido un buen empleo y que si todo sigue así se asentará en este país. No les contaré que por la calle, en el bar o en el supermercado la gente me mira sin llegar nunca a verme, que acaso siempre seré invisible para ellos, que no quieren ver nuestra pobreza ni nuestro dolor.

No les diré que quizá siempre me sienta un extranjero, que a pesar de su Constitución y sus leyes, nunca acabarán de entendernos. Les contaré que aquí cualquier extranjero es un ciudadano más, que no importa su raza, su religión o su origen, que aquí los hombres pueden ser libres, crecer y tener esperanza.

No les diré que hace unos días me llegó la carta de la familia de un amigo que murió por carecer de la medicina que trata la enfermedad del sueño. Hay miles de medicinas para adelgazar y para el cuidado de la piel pero sólo hay una marca en todo el mundo para combatir la enfermedad del sueño y cualquier día esa empresa farmacéutica de esta sociedad opulenta dejará de de fabricarla porque no es rentable, porque los afectados no disponen del dinero necesario para comprarla.

No nos quieren. Emigramos de nuestra tierra para limpiar su suciedad y hacer todo lo que ellos no desean. Formamos parte de su sociedad, de su cultura, de su economía, pero a veces tengo la sensación de que no existimos, que vivimos fuera del mundo, como fantasmas venidos de otro planeta. Pero todo eso nunca lo pondré en la carta que les escriba.

No les contaré nada de ese parado rumano que hace unos meses ante su desesperación, se quemó a lo bonzo en la plaza céntrica de una ciudad sin que nadie hiciera lo necesario por apagar el fuego que le devoraba. Les escribiré que aquí nos tratan como a iguales, que no les importa nuestra bandera ni nuestra etnia, ni nuestro origen humilde, que el dinero no importa. No les diré ni una palabra de los dos emigrantes mauritanos que murieron hace unas semanas a manos de un pandilla de skin heads. Les contaré que nos respetan tanto como a ellos, que somos sus invitados y nos tratan como a amigos, que aquí la violencia no existe, que ni siquiera saben qué es el fanatismo ni la xenofobia.

Les contaré que aquí hay un idioma universal, un esperanto en que hombre y mujeres nos entendemos como hermanos y que, muy pronto, este idioma se extenderá por todo el mundo y en cualquier parte del planeta hablaremos esa lengua para que desaparezcan las guerras y el hambre, la ignorancia, la crueldad, la miseria y el odio. Para que el mundo sea más justo y humano. Les diré que hoy Mor es alguien con esperanza, que a la mariposa le han crecido las alas y vuela a su libre albredría por el universo.

Les mentiré, me mentiré a mi mismo. Su familia necesita olvidar el pozo ciego del abandono y la desesperanza para volver a soñar de nuevo. Ése no sólo será su alimento, su mañana, será también el mío, será el de otras muchas personas que necesitan creer en el futuro. Saber que no nos devorará el hambre, la guerra, la violencia y el abandono, que no somos una mera estadística, que importamos mucho, que somos alguien para los demás. Porque yo, Kejaw, de la etnia de los wolof, necesito seguir soñando que hay una ventana abierta al mañana. Que vendrá otro día mejor y todo cambiará, que el hombre no es lobo del hombre, que la riqueza y el lujo de unos no se asienta en la pobreza y la miseria de otros, que crecemos en igualdad, que no hay un primer mundo y un tercer mundo, sino que todos pertenecemos a un solo mundo sin fronteras y luchamos por mejorarlo, por hacerlo más libre, más justo, más grande. Que cada día que pasa el hombre es más digno, más honesto consigo mismo y con quienes le rodean.

Colón descubrió en 1492 un nuevo mundo. Yo, Kejaw, en 2008 no sueño con descubrir un continente que hasta hoy no figura en los mapas. Mi sueño nada tiene que ver con tierras y riquezas, con tanto y tantos de esos tesoros que ambicionan los descubridores. Mi sueño no puede contarse con los dedos de las manos. Tampoco puede medirse ni pesarse. Mi sueño es confiar en la grandeza de los hombres. Porque hasta en el alma más oscura se alberga una inmensa capacidad de amar. Confío en esa grandeza humana. Esa es mi esperanza, mi paraíso, yo sólo quiero ser una mariposa que vuela por él.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

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