ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Cuando salí de mi tierra... (emigrantes), XI Certamen literario Café Compás

           

CUALQUIER NOMBRE

Lourdes Aso Torralba

 

Apenas unos segundos depués de llegar a Barajas perdí mi identidad. Por eso ahora no saben de quién es la pistola que acompaña al cadáver. Ni porqué sonrío con la boca torcida, llorando rimel y vomitando bilis sobre sus zapatos. Creen que me ha impresionado ver los sesos desparramados pero se equivocan.

Él dijo llamarse Trueba desde el principio. Contactamos antes de salir de Cuba. Me ofreció un trabajo en una fábrica de zapatos, con un sueldo decente y un alojamiento modesto. le creí, porque soñaba cada mañana y cada noche con salir de la isla para encontrar un futuro más halagüeño. No quise escuchar los consejos de los míos. Azucena, que vos sois guapa y vaya usted a saber qué tipo de trabajo os espera allá en España. Que lo mismo la meten en alguna de esas casas de citas o la secuestran. Pero yo estaba segura de que Trueba no me engañaba. Me lo decía esa voz firme, esas respuestas rápidas a todas mis dudas.

Prometió recogerme en el aeropuerto para llevarme a una casa donde habría otros compatriotas, garantía de que era buena gente, de que estaba en buenas manos y que ya antes otros había corrido el mismo riesgo.

Me recibió con un traje oscuro, unas gafas de sol y un coche enorme con los cristales tintados. Miró sin disimulo mi escote, mis tetas y mi trasero. Ordenó a sus matones que recogieran mi maleta y mi equipaje de mano y dijo que iba a estrenarme. Quise salir corriendo pero sujetó mi muñeca con la misma fuerza de un grillete, enseñó los dientes y me dejó claro como estaban las cosas. Había pagado mucha plata para traerme y tenía una deuda que saldar. Sólo entonces sería libre de hacer lo que quisiera. Que si lo había entendido. Y nada de tonterías.

Llegué a uno de esos bares de carretera con la fachada rosa, candelabros rojos anunciando carne fresca y un letrero luminoso que decía "Pub Papillón". Eso lo recordaba vagamente porque a partir de entonces no volví a ver la luz del día. La ventana estaba tapiada con bloques de cemento, oculta bajo una tela de seda bordada con motivos orientales.

Perdí la cuenta del número de clientes. A mis compañeras apenas las veía. Yo era la más joven, la más solicitada. Me habían dicho que no era tan grave, que al principio cuesta un poco hacerse a la idea del trabajo pero que luego una acaba acostumbrándose. Pero yo no me acostumbraba. De cuando en cuando entraba Trueba a hacerme una visita, con sus barbas blancas y su lenguaje soez y puntiagudo. Yo preguntaba cuánta plata le debía. Él siempre contestaba lo mismo; que aún faltaba, que estaba el alojamiento, los cuatro trapos que me traía para vestirme, la comida que me daba... Mentía bien. Le interesaba retenerme. Y sin papeles ni dinero, fuera no era nadie.

Entre los hombres que me visitaban había amigos de Trueba, sobre todo polis. Se quitaban el arma y sin mediar palabra "procedían". Yo le tenía especial manía a unos de ellos. Barriga prominente, aliento fétido a tabaco y alcohol. Siempre preguntaba: "¿A que lo pasas bien conmigo, muñeca? Hoy vas a ver lo que es bueno. Bendito Trueba por regalarme esta joya". Esperaba que fuese cariñosa, muy cariñosa y la única sensación que me recorría el cuerpo era un revoltijo de estómago y unas terribles ganas de salir corriendo.

Si cerraba muy fuerte los ojos a lo mejor conseguía olvidar donde estaba, pasear por cualquier calle de Cuba, escuchar el bullicio de los pescadores en el puerto, percibir el olor a sardinas recién asadas y sobre todo pensar en Dinio. Me estaba esperando en el mismo sitio en que nos despedimos, con los brazos abiertos y su sonrisa brillante. Me sorprendía verlo con sus pantalones remangados y unas redes en la mano para que le ayudase a remendar. "Hay muchos agujeros y por allí ya no se escapan los peces sino la vida misma" ¡Cómo se ha enternecido al verme de nuevo!

Pero ese sueño es pasajero desde hace días. No está Dinio conmigo sino el poli. Siempre que ha estado conmigo me ha tratado con desprecio. Me he sentido basura a su lado; usada a cambio de nada. Sé que nunca le ha abonado a Trueba plata por mis servicio. Pienso en las veces que me ha quedado un dolor punzante entre las piernas, en su gesto brusco, en que preferiría estar muerta que soportarlo encima. En que quizá pueda cambiarlo...

A veces va tan borracho que después se duerme. Así que pensé en Dinio, en lo que me gustaría hacerle, en las caricias, en su olor a colonia barata; hasta que le llegaron los espasmos, se relajó y cayó en un profundo sueño. Escondí el arma en lo alto de la cisterna del water y traté de conciliar el sueño. ¿Para qué iba a querer yo un arma si nunca salía de aquella habitación a no ser para matarme?

No tenía agallas para eso. Sin embargo, mi paciencia se vio recompensada. Que Trueba estaba encantado con mi cambio. Que su amigo le había hablado bien, excesivamente bien de las últimas citas. Que si le estaba cogiendo el gusto al oficio.

Yo callaba. Disimulaba bien ya que lo cierto era que cada día me odiaba más por hacer aquello.

Pero Trueba pareció convencido de mi buena voluntad. Me invitó a salir con él. Me trajo un vestido de seda negro, maquillaje y unos zapatos de tacón fino. Me costó acostumbrarme al chorro de luz del día. Actué según sus normas. Había dicho que yo era rusa y no entendía ni una palabra de castellano. Mi piel blanca por la falta de sol y mi pelo rubio platino no admitían dudas. Permanecí callada y agradecida ya que tanto tiempo entre cuatro paredes había mermado mi fluidez para entablar una conversación prolongada.

Repitió los paseos algunas ocasiones más. Mis compañeras me miraban con lástima. Aseguraban que ya habían visto antes lo mismo y que no me iba a dejar libre sino a matarme. Que tuviera mucho cuidado. Trueba no iba a ablandarse así de fácil. Que si no recordaba los primeros días. Yo no dije nada de las conversaciones que había escuchado ni adonde había ido. Ni del arma. Al parecer, el poli no recordaba donde la había perdido. Comprobé encaramada a un taburete que aún seguía en su sitio y la humedad no había malogrado la pólvora.

Saber que estaba allí me daba algo de seguridad. En realidad, dudaba que fuera capaz de usarla. Me asustaban los ruidos, no creía que tuviera fuerza suficiente para aguantar el retroceso tras el disparo. Era pequeña pero a mí eso me daba igual.

Todo lo que sucedía a mi alrededor me resultaba indiferente. Mi mirada era fría, mi sonrisa agria. Apenas pensaba nada pero aquel día presentía que debía acompañar a Trueba. Fingí un malestar agudo para permanecer en cama. Él se asomó a la puerta y dijo no admitir excusas. Dos minutos y debía estar lista. Me coloqué unos vaqueros y una camisa. Me subí al coche y le dejé poner el contacto. Una vez en la carretera saqué el arma y le apunté a la sién, muy decidida. Lo hice conducir varios kilómetros, bajarse del coche y pedirme perdón de rodillas. Si hubiera sonado menos falso...

Escuché el disparo como si mi cerebro no hubiese dado la orden de apretar el gatillo sino de salir corriendo.

No sé cuantas vueltas dí por aquel paraje. Al cabo de un buen rato parecía estar en el lugar de partida.

Me preguntaron cómo me llamaba, de dónde era. No sabía si decir rusa, si contestar que me llamaban ratón ardiente, si mi casa era el Papillón o Cuba. Si todos aquellos días con sus interminables noches le habían sucedido a otra. Les oí hablar en voz baja. En las cercanía había un psiquiátrico y por mis pintas no podía más que haberme escapado de allí. Me pareció bien. Querían llevarme cuando vi a Trueba en el suelo. Vomité encima. Sonreí con la boca torcida. Se lo tenía merecido.

Estoy a un paso de convertirme en un número de cama (nunca me gustó contar), vestida con camisón blanco, quién sabe si a punto de recuperar mi nombre, cualquier nombre...

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

Patrocinadores:







 

Colaboradores:







©2004-2014 Asociación Literaria y cultural CaféCompás   (NIF: G47507181 . Nº de Orden en el Registro de Asociaciones: 0003305, Sección Primera)

diseño estudiogotti.com