ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


In vino veritas (En el vino está la verdad), XII Certamen literario Café Compás

           

Ora et labora

Santiago REDONDO VEGA

Primer accésit

 

Dice el Profeta: "Ora et labora, hermano, siete veces al día te alabe". Y nosotros observaremos estos sagrados preceptos y cumpliremos su número septenario con los oficios de nuestro ministerio en Laudes, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas.

Cerró el manoseado libro de Regla de la Orden de San Benito y lo depositó con mimo en la madrugada del ventanuco del cuarto. La luna interrumpió su introspección ascética y convulsa. Allí, de pié frente a sí mismo, le reveló tan débilmente humano en su mundo divino, que no pudo por menos que ajustarse un ojal más de su cilicio. Un abad, un benedictino, un hombre siquiera con dudas de conciencia, no le sirve ni a Dios ni a los hermanos. Y de, de un tiempo acá, las tenia todas consigo.

Guillermo, cuarentón, moreno, enjuto, espigado, hombre de Dios, interpretaba siempre en clave mística su percepción del mundo. Ser el primer abad no francés del Monasterio de Santa María de Valbuena, desde que veintitantos años atrás Estefanía de Armengol, nieta del Conde Ansúrez, lo fundara junto al Duero, no consolaba su atormentado interior. Sus hermanos en el cister de la Abadía francesa de Berdona, de quien dependía Valbuena como congregación benedictina, le habían promovido a la majestad del cargo, con la anuencia de sus hermanos de monasterio. Y eso para él era una responsabilidad, pero también un orgullo. Y el orgullo es pecado de soberbia y su espalda, sumisa, acató muda la penitencia del látigo. El camastro le amansó el cuerpo, aunque ni por asomo le reconfortó el alma. Trató de dormitar, sin conseguirlo.

Comenzaba a inmiscuirse el alba en el humo de la chimenea del monasterio, cuando el abada Guillermo traspasó el portón del patio, a lomos de una acémila desvencijada y triste, camino del molino de San Bernardo, hasta la aceña de los Moro; para supervisar con Feliciano, el converso, los pormenores de la cuota de trigo de la última molienda; dos celemines por fanega.

Rumiando las diatribas de su infierno interior y un tanto amodorrado en le solaz de la mañana y en el rumor del cauce de aquel hijo pródigo del Duero, avistó presto el molino. Feliciano le salió al encuentro. Últimamente el abad le visitaba con cualquier excusa. Más que menos, desde que su lustrosa sobrina Arminda, huérfana de Petra, su difunta hermana que en gloria esté, llegara con su hermosura y su brío para echarle una mano en las faenas del molino. Pero a Feliciano, hombre de bien, temeroso de Dios y de su santo abad, ni por asomo se le ocurriría pensar que tan preeminente siervo del Creador se dejara tentar por húmedas pasiones, tan propicias para el resto de mortales,. Incluso cuando el abad se empeñaba en meter su nariz en las mismísimas tripas del molino para comprobar la escasa eficacia ya de aquélla vieja muela, que Feliciano le venía pidiendo sustituir por otra nueva de Mingorría, llegaba a dudar un ápice de su abad Guillermo; a pesar de la poca gracia que le hiciera su insistencia en que fuese Arminda y no él, quien saciara de grano la garganta inane de aquella vieja y desdentada piedra; lo que obligaba a Arminda a inclinarse sobremanera para abocar el caso de trigo en el embudo de la muela y exponer a humanos y divinos, descamisada y nívea, aquel generosísimo preludio de abundancia.

Rechazó, muy a su pesar, la invitación a la mesa que le hizo Feliciano y se conformó con el beso en el anillo que de sus carnosos labios le depositó Arminda, lozana, sudorosa y tenue. Un rebojo de pan duro y un trago en la fuente del Tejo solventaron, de regreso al monasterio, su apremio gástrico.

El abad tampoco cenó esa noche. Cilicio y látigo eran su único alimento diario por pecador y por hombre. no entendía por qué, El Altísimo, no apartaba de él aquélla tentación libídine. Si Dios le quería como hijo por qué tanto interés en vestirle de hombre, de inmundo hombre. ¿Había dejado de amarle Dios? ¿Tenían fundamentos sus dudas de conciencia? ¿Era profunda y sincera su vocación de servicio al Cielo, puesta en duda por la llamada de la carne? Pareciera que el demonio se hubiera aposentado en él, y le decomisara cuerpo y alma, sin la menor compasión.

El primer sol y la última luna le veían pasearse, más demacrado y más triste cada día, por los silencios del claustro. El prior no pudo por menos y una mañana se atrevió a inquirirle, alarmado por su salud, por su extrema delgadez, por su aflicción galopante. El abad se volvió apenas, pero no tuvo tiempo de articular palabra: tornó los ojos en blanco y se derrumbó, sin más, bajo su hábito.

Postrado en el camastro asumía impávido Guillermo las pócimas de retorta y alambique de Simplicio, del hermano boticario. Y, una a una, las retornaba al mundo por los mismo orificios por los que le fueran administradas, pero con mucha más premura y virulencia. Y así, iban ya para cinco días. El boticario estaba desorientado e inerme. El prior, asustado, le llamaba aparte para preguntarle por el extraño mal de aquel abad, que empezaba a estar más con Dios que con el mundo. Y convinieron que, antes de asumir una posesión diabólica, hubieran de intentar cualquier remedio de cristianos, fuera el que fuese, ¡¡fuera el que fuese!!

Agotados boticas, implantes, brebajes y mejunjes conocidos y luego de pensar y pensar, y más pensar, recordó Simplicio, experimentado y vivido, un apaño que su madre le administrara de pequeño, allá en su natal Berdona, no por mal comedor sino por pobre hambriento, poco antes de que hubiera de ponerlo al servicio de los monjes de Cluny, para aparcar allí su estómago y restarle, siquiera una boca, al hambre secular de su familia. De las sisas a los viñedos del priorato se les arrimaba, de vez en vez, hasta la esquilmada alacena familiar, algún pellejo de vino y alguna que otra hogaza de pan sin dueño. Y así, de pan y vino, les fue mitigando la infancia su santa madre. Si a ellos les sujetó a la vida, ¿qué mal podría hacerle a un moribundo?

Dicho y hecho. Mando traer Simplicio un cántaro de vino de las cubas del mejor tempranillo que dormitara en las bodegas del Monasterio y, empapando el pan en abundante néctar ribereño, depositó en la boca del abad el árnica piadosa. Admitió el enfermo el moje, y en vista del éxito insistió el boticario en aquello, e insistió, e insistió. Y el abad rebulló, y reguiló y pidió prórroga. Y, animado, el alquimista no le escatimó gusto ni prenda. Y como se le terminara el pan a mano continuó saldando, con vino únicamente, la deuda del abad con este mundo y casi con el otro. Tanto, que comenzaron a desfilarle por el sopor de la mente visiones celestiales y contrapuntos paganos.

Tras un prefacio de Sancta Santorum tan piadoso como breve, se vio el abad de pronto en medio de un vergel de azul ingrávido, deambulando parsimonioso y núbil, gozando como un recién nacido de la sensual desnudez de todos sus martirios. Exquisitos majares se descolgaban del cielo, querubes danzarinas amenizaban su paso, novicios y doncellas divertían su instinto hasta que, de pronto, le sobrevoló la bella Arminda transportándolo por la opulencia de su miel y de sus anhelados encantos. Y él, solícito, siempre fiel a su Libro de Regla, trató de complacerla en Laudes, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas, entre un eco de liras y pastoriles versos, sin reparar en tiempo y mesura. Y tras de un primer choque emocional y pío, tratando digerir aquella exageración pecaminosa, fue persuadiéndose el abad de que no era tan malo sentirse ser humano y liberarse de pleno de grilletes y tabúes, a espaldas de su rigidizada voluntad deforme. Poder pecas a un tiempo de gula, de avaricia, de pereza, de ira, de envidia, de soberbia y de lujuria. ¿Qué gozo de blasfemia!

Días más tarde, despejado de fiebres y de etílicos efluvios, alimentado el cuerpo y ya sereno, aplacado el rubor y la vergüenza onírica, dudó si confesar aquel sueño secreto. Y pensó que era mejor callarlo, pues vino a convenir que fuera Dios quien hubiera querido demostrarle en propia piel que en el vino —sangre de Cristo, al fin y al cabo— descansaba la verdad de la conciencia, de la humana y de la divina. Porque le permitía al hombre entrar en su interior y traspasar los resquicios de la propia mente para entenderse, por fin, con su alma de humano sin tener que llegar a pecar de facto.

Y a partir de entonces, además del tradicional "Ora el labora", se acostumbró a decir como certeza entre los monjes de Santa María de Valbuena, "In vino veritas" hermano, "In vino veritas" según conviniera sabiamente su recordado abad Guillermo, trasladado en el año del Señor de 1175, a poco de aquel suceso al monasterio de Santa María de Bonaval, en un valle cedido a la orden benedictina por Alfonso VIII de Castilla para repoblar el entorno fronterizo y servir de barrera ante una ya improbable invasión musulmana.

Aún resuenan por Valbuena los ecos del silencio del abad Guillermo, entre las madrugadas de luna y rezo. Tanto como desbarba la imponente piedra nueva del molino de Feliciano, el moro converso, traída de Mingorría, a escondidas del abad, por expreso encargo del hermano boticario, y como corretea por los alrededores de su aceña, un mozalbete moreno, sobrio, enjuto, espigado hijo de Dios y de su madre Arminda, y ahijado, por más señas, del propio Monasterio.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

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