ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


In vino veritas (En el vino está la verdad), XII Certamen literario Café Compás

           

El agua para las ranas

Jorge SAIZ MINGO

Segundo accésit

 

El Ninchi masticaba el vino. Lo masticaba como se mastica el tocino y el pan de centeno, como se masca una manzana silvestre cogida de un maíllo, como se mordisquea la vida cuando se tienen auténticas ganas de beber. Ensalivaba el líquido y y lo tragaba con fruición de golosina, el paladar endomingado, el carácter de su hombría ensamblado con la inclemencia del monte. Luego amusgaba los ojos y empotraba la mirada en el infinito de una loma lejana, un dúo de corzos traveseando en pos de pastos apetitosos, un águila perdicera atenta a los descuidos de las polladas. Hablaba poco. Prefería que el vino serpenteara y esparciera un efluvio de ilusiones por el laberinto del aire. Su cara enrojecía asemejada al sol de brasas del atardecer y entonces erguía la barbilla hacia el territorio cómplice de las cimas de la sierra. En cuanto podía empinaba la bota de nuevo y permitía que el chorro le rociara el caballete de la nariz antes de despeñarse por la oquedad sin fondo de su garganta. En ese instante supremo de placer las horas se envalentonaban y el cielo se ensanchaba estupefacto. Después colocaba el tesoro de cuero a la sombra de su propio cuerpo, el tapabocas arrollado alrededor de su cuello de emperador romano, la anguarina amano por si al relente de la noche precisaba de un cobijo cálido.

Ven chaval, echa un trago, y su ofrenda encendía un candor tosco entre él y el zagal, los secretos de la moheda compartidos al alimón, las huellas del zorro calcadas en las retinas cursadas del Ninchi.

El Ninchi, al socaire de un vaso de vino ajustaba su trabajo de pastor el once de junio, festividad de San Bernabé, y trescientos sesenta y tantos días se desplegaban por la falda de la montaña hasta la terminación del trato. Sólo libraba una vez al año, el ímpetu compacto, la honestidad por encima de cualquier reniego. El hierro de su sabiduría se soldaba a un rebaño de doscientas ovejas ajenas, la primavera apaciguada con el sonsonete del arroyo Canalejas, tres mastines baquianos en torno a las púas de los endrinos. El Ninchi desayunaba con vino. Los recovecos de su biografía se peleaban con los refranes y juntos revoloteaban por encima de los trigales como calandrias de gorjeo estridente, bebe que la vida es breve. Su mandíbula se movía con un vaivén de máquina perfecta, las pestañas curtidas por el granizo, las uñas con mugre arraigada. Cortaba el pan con una navaja de cachas pulidas, las lonchas simétricas, la miga tierna más de una semana. Al final, a la vieja usanza, lo untaba en el vino. Para no desperdiciar ni una sola gota, lo escanciaba sobre el plato de peltre y luego deslizaba el rebojo por el blancor de la circunferencia teñido de repente de grana. Mientras lo hacía se extasiaba con una sonrisa de buhonero. Los dientes, prácticamente una fila de bastiones derruidos, surgían entonces y exhibían a los matojos la fealdad de sus caries podridas, la halitosis macerada en lustros de fermentación, los mirlos en las zarzamoras pendientes de la destreza de sus pedradas.

Ya hemos vuelto, patrón, y al regresar del campo el Ninchi charlaba con el propietario del ganado, un apretón férreo de nudillos sarmentosos, la cordialidad regada con un chato en la taberna del pueblo.

El Ninchi conocía las marcas de cada oveja por instinto y cada anochecer se aseguraba de que todas, tranquilas, intactas, penetraran en el amparo del pajar. Después el pastor y el zagal, a pocos pasos de los rumiantes, dormían en un jergón con derecho a cena caliente y, por supuesto, a una jarra de vino. El Ninchi jamás lo olía. Comentaba con sorna de sabueso experto que el vino se agriaba si quien lo iba a beber acercaba mucho la nariz a su reflejo encarnado. Argüía que se lo había dicho su abuelo, palabra de santo, y enseguida se santiguaba con devoción por el bienestar del alma errante de su antepasado. El Ninchi solo regalaba un buche al muchacho de vez en cuando. No era un acto de egoísmo sino de cordura porque no quería que el muchacho, de apenas quince años, se acostumbrar al bebercio desde edad tan temprana. Huérfano de padre y madre, el Ninchi trataba de inculcarle el amor a los racimos amarillos de las retamas, a la ingenuidad indescriptible de los petirrojos, a la osadía de la garduña contra la alambrada de los gallineros. El chaval le respondía con sumo respeto, sin malicia, interesado en aprender la picaresca de sus artimañas para esquivar al lobo, espantar el frío de las noches gélidas o aliviar el padecimiento de un cordero cojo. La sobriedad de las cenas se desarrollaba con un sosiego casi sagrado. Solo el gruñido de los puercos en la pocilga contigua rompía la mudez del hechizo, los cárabos al rececho, los musgaños con los bigotes alertas ante la voracidad rapaz. Eructaban al unísono, con la libertad encariñada por la pez de la bota, el vino exultante en la boca del Ninchi, una fragua de saberes atávicos en su zurrón de anécdotas. Al cago, tumbados entre el concierto de las pacas, conciliaban el sueño de los justos con un eco de moralejas.

Ya debo tener sesenta inviernos, y la edad caracoleaba por las sendas abarrotados de cagarrutas, la emoción acunada en el regazo de la luna llena, el mes de julio tan vivo como los pétalos de las amapolas.

Un atardecer a mediados de agosto llegaron al pueblo con demora porque los animales habían remoloneado más de la cuenta al bajar por una llambria. Les costó reagruparlos y encaminarlos hacia el asilo del pajar, el sol porfiado en el horizonte, los cencerros de una vacada próxima monocordes como siempre. El Ninchi miró las ovejas con su hocico de hurón y echó en falta a una, a la hija de la parda. La desgracia se tatuó en la espesura de su tono y la alegría del vino se expatrió en un rosario de juramentos. Rebuscó en vano entre el revoltijo de balidos y al terminar expelió un uf de temple desmoronado, la franqueza acribillada por las postas de la incertidumbre, el bicho en el monte a la intemperie. Acabaron de encerrar al rebaño y subieron de nuevo por el cascajal de la colina, las sombras entregadas ya a una melodía de mochuelos, el acertijo de la existencia recóndito. Tres horas después tornaron de vacío. El patrón, encabronado con la noticia, gritó con una bronca que se escuchó más allá de la poza del río y las habladurías agigantaron el desliz. El Ninchi se amustió, la lengua seca como un esparto machacado, el futuro tiznado por el hollín de la congoja. Esa noche, acostado encima de la paja, bebió en demasía buscando la verdad entre los entresijos del vino y al chaval, cuando le dio las buenas noches, le impresionó el desespero de sus ojos turnios.

Esa oveja me va a traer un mal fario, y sus palabras sonaron a epitafio desconsolado, los ronquidos ensamblados con el barrunto del descrédito, la reputación quebrada a su entender por el costillar devorado que encontrarían al día siguiente.

El Ninchi nunca volvió a ser el mismo, el trato de súbito arisco, el afecto de antaño ahogado en su estómago encharcado de vino. Al poco, durante una mañana ocre de septiembre, el brazo empezó a quedársele dormido. Rezongó con un ay severo, aleccionado por la educación draconiana recibida de su abuelo. Tuvo que sentarse sobre el acomodo de un tocón liso y atiesó la cachava en la reciedumbre de su mano derecha, las ovejas con un ramoneo de quietud en la abundancia del soto. Notó un hormigueo que reptaba por su codo hasta desembocar en el hombro y cómo un nervio feroz gobernada en desorden de sus aspavientos. Llamó al zagal con voz de coloso destronado, ven, echa un trago, el agua para las ranas, y aquella invitación jocosa sorprendió al chico por la deshora. El chisguete culebreó fino por las encías joviales y la gratitud se emparejó con un vistazo al pastor que observaba el líquido con ansias de becerro recién destetado. Luego el Ninchi le pidió que le ayudara a izar la bota y su esqueleto tremoló al beber con tiento de estandarte blandido por el cierzo. El gesto se le torció tras un gemido de bienaventuranza compungida y el arrojo de su vida se reflejó en la lividez sanguina de los labios. A la postre el Ninchi, a modo de despedida, hinchó el pecho de su cuerpo enjuto y expiró como había vivido, en silencio, a la vera de un quinteto de jaras que recogieron su aliento de vino.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

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