ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


In vino veritas (En el vino está la verdad), XII Certamen literario Café Compás

           

A tu salud, hermano Gil

Fulgencio RUIZ BRAGADO

 

Era noche cerrada y la palidez de la luna en creciente iluminaba tenuemente los campos. El hermano Gil avanzaba por la linde buscando casi a tientas por donde entrar a las viñas. Cayó al suelo varias veces antes de conseguirlo: tenía el paso torpe y perdido el don del equilibrio, aunque los deseos de lograr su propósito se imponían. Miró hacia atrás y ya apenas vislumbró la silueta del monasterio y los untos de luz que salían por las ojivas de la iglesia. "Ya estará acabando el rezo de completas", pensó confuso. Se arregazó el ha´bito y buscó torpemente entre las telas : un miedo pueril a mearse las ropas le estremeció. Encontró al fin su miembro encogido por el frío y orinó con alivio sobre el campo, cubierto de escarcha a pesar de que aún no había mediado el otoño. El intenso frío y la avalancha repentina de recuerdos al contemplar en la penumbra lunar la perspectiva en fuga del viñedo le cuajaron de lagrimones los ojos. Sintió cómo las rodillas le flaqueaban y de inmediato, el contacto de su rostro con los terrones. Los sarmientos tejieron en su retina una maraña fantasmagórica que, sin embargo, no loe produjo ningún terror. Una arcada violenta le quebró la espalda. Después, sólo placidez por notar bajo su cuerpo el contacto materno de la tierra y por la contemplación de una infinita sucesión de cepas.

Poca información sobre la muerte del hermano Gil del Pesebre quedó en el Libro Memorial de la orden. En una anotación somera, el amanuense escribió que "... lo trajeron dos lugareños, exangüe y arrecido, con los hábitos en jirones pues hubieron de tirar de él con fuerza de tan recio como estaba asido con los brazos a las vides donde le encontraron la infausta mañana en que partimos..." Los detalles del relato fueron, sin duda, eclipsados por otros avatares de mayor gravedad que en aquellas fechas acaecían: la llegada de un alguacil con noticias sobre la desamortización, que trajo inquietos a los frailes desde los quicios de la primavera de 1836; las palabras del abada algún tiempo después en la Sala Capitular anunciando el abandono inminente del monasterio, o los preparativos para el incierto éxodo.

El Memorial era una suerte de diario donde se recogían las noticias más señaladas de la vida ordinaria del monasterio. Ocupaba varios tomos de piel que se remontaban a los tiempos de la fundación, en los oscuros años del medievo. Si los pormenores de óbito de fray Gil se obviaron, desplazados por la importancia de otros hechos de aquellos turbulentos meses, no fue así lo relativo a convento tres décadas antes: "... como de diez años, andrajoso y descalzo, lo recogió el hermano bodeguero. Lavólo y alimentólo, pero no pudo lograr noticia de su nombre, porque el rapaz se niega a decirlo o aun porque no puede hablar de tanto horror como transpiran los sus ojos, que no levantan del suelo...". Cuando hubo de ser presentado al abad, se le llamó como el santo de aquel día, 1 de septiembre, en que fue descubierto durmiendo ovillado junto a una cepa cargada de racimos, con trazas de haber comido uvas hasta la saciedad.

Al hermano Aniceto, viñador y bodeguero, parecióle buena seña el hallazgo del niño poco antes de la vendimia y lo acogió bajo su tutela. Así fue toda la vida: lo tomó de discípulo y le enseñó cuanto sabía de viñas, de uvas, de vino y de bodegas.Fue su padrino de bautismo en la Navidad de 1808, en que lo acristianaron como de Gil del Pesebre, y cual padre sintió gran orgullo cuando profesó.

En un principio, el chico le daba lástima. Además de no hablar, tenía el aspecto de un viejo prematuro por los mechones blancos que menudeaban en su cabeza, y por sus ademanes excesivamente medrosos, como los de un animal atado y maltratado, lo mismo que aquellos osos anillados por la nariz que exhibían los cíngaros en las ferias. No ganó un poco de su confianza hasta después de la vendimia; pasados los afanes de la recogida y la pisa, le dedicó más tiempo y le hizo partícipe en la elaboración de arrope. El jarabe de mosto era preparado cada año por el hermano bodeguero para deleite de los novicios más jóvenes ―apenas niños― que lo consideraban una golosina, pero también para los más ancianos, que lo degustaban añadiéndole cabello de ángel o pasas de uva y de ciruela.

Gil no se separó desde entonces de fray Aniceto, ni éste de Gil. El monje vinatero miraba al muchacho a hurtadillas el intentaba imaginar su pasado, el porqué de sus canas, de su mudez, de su trato esquivo. El misterio casi de desvelaba solo, pues muchos eran los casos que contaban los arrieros o los peregrinos sobre los estragos de la guerra con los franceses: pueblos destruidos, campos en llamas... Desde que las tropas de Napoleón invadieran el país, los caminos se habían llenado de cadáveres, pero también de gentes trastornada que había perdido todo y vagaba sin rumbo.

"Y tornaron de França con los pámpanos e varas de vide para remozar los majuelos cabe la aceña...", decía el Memorial acerca de los meses que estuvieron en el monasterio matriz de Saint Jaques sûr Côtes, en Borgoña, allá por los años veinte, cuando fray Aniceto ya esta enfermo y se hizo acompañar del hermano Gil, que se había revelado un pupilo aventajado y había adquirido de su mentor luengos conocimientos del cuidado de las viñas y de la elaboración del vino. Por eso, cuando al poco del periplo el hermano bodeguero feneció, no dudó el abad en confiar al joven las tareas de aquél.

Lo hizo y bien, por respeto, tanto a la memoria de su maestro como al propio oficio. Se afanó personalmente en el cuidado de cada cerro de plantas, haciendo incluso en persona el descaste de malas hierbas; vigilaba las labores de los carraleros que renovaban la tonelería; dirigía con disciplina la vendimia, desde el corte de los racimos hasta la descarga de los frutos por las zarceras; y , cómo no, se esmeró en la elaboración del vino de cada año. Había aprendido mucho de fray Aniceto, pero también se sabía especialmente dotado para esos menesteres. Disfrutaba cada temporada con todos los procesos, que anotaba en su mente por no saber leer ni escribir, y luego parangonaba sus recuerdos con el vino resultante. Resultado de este rudimentario procedimiento, cosecha a cosecha, fue la mejora de los atributos del vino de la abadía, cuya fama comenzó a expandirse, según rezaba el múltiples anotaciones elogiosas del Libro Memorial.

Lo que el Memorial no recogió fue el estado de desesperación en que entró el hermano Gil del Pesebre cuando descubrió que debían abandonar el monasterio y sus tierras de inmediato. En esta ocasión la Orden no había podido soslayar la desamortización, como lo hiciera en años anteriores, y el desahucio era irrevocable pues un postor, don Marino Aranaz y Tolondro, lo había adquirido todo en pública subasta, como señalaba la ley. Y ningún fraile oyó como tampoco cómo el hermano mucho recuperó la palabra de forma milagrosa y corrió trastornado hacia la bodega, balbuciendo con voz gangosa retazos de aquel decreto del ministro Álvarez de Mendizábal ―"Quedan declarados en venta (...) los bienes raíces (...) que hubiesen pertenecido a las comunidades y corporaciones religiosas..."―, que conocían de memoria todos en el convento por haberlo oído muchas veces desde la primavera de 1836.

Tampoco nadie se percató de que fray Gil del Pesebre faltó al rezo de completas. La salmodia y los gruesos muros del edificio amortiguaron los hachazos con que fue abriendo tonel por tonel, desde los más añejos hasta los de la última cosecha, dejando escapar generosos ríos de vino, que eran su propia vida, y fue bebiendo del chorro de cada uno de ellos hasta quedar ahíto. Únicamente la luna creciente lo vio alejarse después, tambaleante por el camino de la aceña, a la busca del majuelo donde los aparceros lo encontraron dormido en 1808, el mismo lugar en que su mentor decidió plantar años después, los renuevos borgoñones.

Paladeo con delectación el exquisito tinto de la cena. De fondo, el murmullo del restaurante y de los que me acompañan a la mesa, cuya conversación hace rato ha dejado de interesarme. Paseo distraído la vista por los comensales y cabeceo, asintiendo no sé qué que alguien dice, y termino por detenerme en la contraetiqueta de la botella que el sumiller ha dejado frente a mí: "la uva destinada a 'Pago de la Aceña' procede de la histórica región de Borgoña y es cultivada exclusivamente en añosos viñedos de ribera de casi dos siglos. Bodegas Tolondro conjuga en el siglo XXI las más modernas técnicas con las viejas tradiciones familiares y monacales para fabricar un vino con personalidad de mucho cuerpo y aspecto limpio, que deja un retrogusto..." Levanto la copa disimuladamente. A tu salud, hermano Gil.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

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