ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Al compás de la música, XIII Certamen literario Café Compás

           

Y Dios creó el silencio

Dalmiro GAVILÁN SANTOS

Primer accésit

 

¡Querido Niccolo! Por la gracia de Dios Nuestro Señor, llevas con nosotros algo más de cinco años. Nunca te hemos pedido nada a cambio, al contrario, te hemos colmado de lujo. Te hemos atendido y cuidado como si fueras nuestro propio hijo. Ha llegado la hora de que recibamos algo a cambio. Te hemos educado, vestido y has aprendido las cuatro reglas. Estás a punto de entrar en esa edad en la que dejas atrás al niño para hacerte hombre. Solamente te pedimos una parte mínima de ti, algo que no es imprescindible, para que llegues a triunfar como persona. Al contrario, te puedes convertir en el número uno dentro del bel canto, incluso llevarte al coro de la Sextina.

El niño no entendió ni una palabra de lo que quería decirle su educador. Siguió caminando con la cabeza bajo, al ritmo cansino que le marcaba su interlocutor.

El padre Guillermo, deán de la catedral y director del coro catedralicio, paseaba aquella mañana de primavera por el patio interior de la seo con su discípulo favorito. Su pulcra sotana negra le hacía parecer mucho más alto a pesar de que el abultado abdomen amenazaba con hacer saltar por los aires la abotonadura. Miraba el suelo, con las manos cruzadas a la espalda, con pasos cortos, midiendo las palabras y contando las lajas de piedra del adoquinado. Reconoció que era difícil explicar el futuro que habían ideado para aquel niño. Le había cogido cariño al pequeño desarrapado que cantaba como los querubines. Sus manos se soltaron y tuvo la intención de acariciar la cabeza de su protegido, pero el esbozo fue reprimido al instante. Tenía que guardar la compostura.

No era más que un mocoso cuando entró a formar parte del coro y gracias a la experiencia del sacerdote había logrado modular una voz nacida para el canto. Siempre le había tenido un aprecio especial, aunque nunca lo reconocería en público, pero aún más desde que el obispo, a punto de ascender al arzobispado, se había fijado en él. Monseñor había comentado a los más íntimos que estaba dispuesto a formar un pequeño coro de cámara en el que el todavía niño Niccolo sería el soberano, el supremo, el soprano.

Su Eminencia, muy pronto Su Eminencia Reverendísima -aunque nunca se había distinguido en piedad y prudencia, pues era déspota, engreído, amigo del buen comer y beber y de encontrar la cama caliente-, no aceptaba nunca un no por respuesta a sus caprichos mundanos. Ansiaba seguir ascendiendo en el escalafón y a punto estaba de conseguirlo. Ya estaba preparado para ocupar la archidiócesis. En su cabeza guardaba celosamente los nombres de quienes le acompañarían en su ascenso. Entre estos figuraba el de Niccolo Fierrato.

El deán no sabía muy bien cómo llevar a cabo los deseos de monseñor Mariterra dela Cota, pues la iglesia se mostraba cada vez más contraria a ciertas prácticas y aunque en la mayoría de los casos hacía la vista gorda, era intransigente a la hora de dar sepultura a uno de sus hijos cuando había sido mutilado.

Sabía que no necesitaba la autorización de los padres de Niccolo, pues a todos los efectos había sido adoptado por el cabildo, y no se le pediría, pero le pareció prudente informarles.

A los pocos días hizo llamar a los progenitores del joven cantor para exponerles los planes de futuro. Comenzó haciendo un elogia del mar de virtudes que poseía y del brillante futuro que le esperaba dentro del mundo del canto si conservaba aquella voz cristalina y perfecta con la que Dios le había dotado, pues le hacía diferente al resto de niños y de mortales.

Nuestro muy amado obispo -prosiguió explicando-, y sois conscientes de que habla en nombre de Nuestro Señor, me ha pedido que os comunique que quiere crear un coro de cámara donde Niccolo será la figura que eclipse no solo al resto de voces, sino al mundo entero. Como muy bien sabéis, no obstante, nos enfrentamos a un grave problema que hemos de solucionar en breve espacio de tiempo, pues si permitimos que la naturaleza siga su curso, el joven se convertirá en hombre y perderá así todas las dotes que posee, que son inmensas, para el canto.

Sentados en la sacristía, ante una robusta mesa bellamente labrada con motivos de la vida de Cristo en el frente y los laterales, los padres de Niccolo permanecían con la cabeza baja como correspondía a los de su clase cuando se presentaban ante una alta autoridad eclesiástica. Al igual que le ocurriera a su hijo semanas atrás, ellos tampoco entendían nada, pero intuían los propósitos. El sacerdote se dio cuenta y, aunque no le parecía prudente entrar en detalles escabrosos que pusieran más nerviosos a los progenitores, decidió ser un poco más explícito.

Se trata -continuó con un tono de voz más imperioso aún- de que un barbero, que si bien no sabe latín es mucho más experto en estos menesteres que un galeno, le practique una minúscula intervención que permita que la voz de Niccolo permanezca inalterable durante el resto de su vida. Su cuerpo continuará el proceso natural, pero su canto seguirá siendo cristalino y puro como el de un querubín libre de pecado.

El silencio se hizo pesado como una sentencia. Por la mejilla de la madre dos lágrimas atraídas por la gravedad comenzaron a caer espontáneamente. El corazón se le encogió como queriendo hacerse invisible y el instinto materno le nubló el raciocinio. En su fuero interno se instaló una inmensa duda. ¿Qué podía hacer? Nada.

Claro que bien mirado, pensó la madre, aquello significaba que su hijo saliera de la miseria y se convirtiera en un ¿hombre? de provecho. Aceptó de pleno entregar su retoño a la iglesia. Recordó las palabras en latín que un día le había dicho el sacerdote y que le parecieron bonitas: "Ad honores Dei" (por la gloria de Dios).

El deán conocía por numerosas referencias al mejor barbero de la ciudad, experto en realizar emasculaciones. Hacia su establecimiento dirigió los pasos. En un apartado discreto mantuvieron una corta pero intensa entrevista donde acordaron los términos de la intervención, la fecha, los emolumentos y los silencios que tenía que llevarse a la tumba, pues un alto dignatario de la iglesia no podía participar en tales menesteres.

El día previsto, a la hora señalada, el padre Guillermo, acompañado por Niccolo y su madre -había insistido tanto para estar presente que no hubo forma de hacerla entrar en razones para que desistiera- acudieron a la barbería. En el local, convenientemente vacío de miradas indiscretas, esperaban el barbero y su ayudante, un muchacho que apenas había pasado la pubertad pero de complexión fornida. El barbero saludó a los visitantes haciendo la señal de la cruz sobre su frente.

Un sillón en cuyos brazos y patas había unas correas de cuero para sujetar al paciente, una mesa con varios instrumentales y dos jofainas, una con agua fría y otra con aceite de laurel, y un pequeño fuego en una esquina, a pesar de que no hacía frío, era el mobiliario de la estancia.

El joven, una vez sentado y atado, comenzó a sudar abundantemente cuando le desposeyeron del calzón y quedaron al aire sus partes más íntimas aún sin desarrollar plenamente.

El barbero, agachado entre sus piernas, le aplicó agua gélida en abundancia para aminorar el dolor. Tomó un trozo de lino amarillento y comenzó a envolver fuertemente, desde su base, el pene y los testículos. El joven, angustiado y aterrorizado, no dejaba de gritar a pleno pulmón ante la presión del torniquete que le estrangulaba el miembro viril.

Sujetando el vendaje con la mano izquierda, con la derecha tomó un cuchillo corvo y lo levantó en el aire. Antes de proceder volvió a repetir el formulismo: Tal y como es costumbre, y por tanto ley, como orientador de Niccolo Fierrato, quien carece aún de raciocinio, y puesto que se trata de una operación irreversible, padre Guillermo ¿sois conformes y dais vuestro consentimiento para practicarle la emasculación?

A la vez que el sacerdote bajaba los ojos e inclinaba ligeramente la cabeza en señal de aprobación, -la madre del niño, postrada de hinojos, rezaba en silencia una plegaria- el barbero, con la destreza de un experto cirujano, descargó con movimiento rápido y certero un tajo seco que cercenó los testículos y el pene.

El aullido de animal herido, incapaz de sofocar el inmenso e inhumano dolor, se oyó en varios manzanas. Antes de perder el conocimiento, intuyó, más que vio, sus atributos masculinos yacer sobre un pequeño cuenco de cinc. Notó que la vida se le escapaba y todo comenzó a teñirse de un intenso color rojo producto de la abundante hemorragia.

El barbero tomó una pequeña bola de estaño y la introdujo en el conducto uretral para impedir que la sangre y la cicatrización de la herida cerraran el conducto urinario y conllevara la muerte del paciente. Seguidamente se afanó en cauterizar la herida y detener la hemorragia. Observó que el corte había sido preciso y limpio. Su pulso se mantenía aún firme a la hora de amputar. Se acercó al fuego, tomó una pequeña paleta al rojo vivo y la aplicó sobre la herida reciente. Empapó un paño limpio en aceite de laurel y se mostró generoso en su aplicación sobre la zona extirpada.

Cuando la sangre dejó de fluir como un río desbordado, le colocó un emplasto de miel y hojas machacadas de laurel. Vistieron al niño y se lo llevaron sin que hubiera recobrado aún el conocimiento. ¿Recomendación? Aplicar el emplasto mañana y tarde y abstenerse de que tomara en los próximos días líquido alguno para no generar orina.

El eunuco se recuperó satisfactoriamente, pues la castración resultó un éxito. Sin embargo, hay heridas invisibles y profundas que no cicatrizan nunca y que nadie sabe cómo restañarlas. Se ulceran, se pudren desde el interior y el daño es irreparable.

Desde el día de la operación, Niccolo no había vuelto a articular palabra. Daba la sensación de que había perdido la facultad del habla. Hasta el propio obispo se interesó, pero el resultado fue siempre el mismo: ni palabra.

Monseñor Mariterra, aceptando con desesperación que había perdido a su mejor cantor, realizó su diagnóstico: La herida ha permanecido demasiado tiempo y por ella han penetrado los males hasta adueñarse del tesoro más querido que poseía nuestro querido Niccolo, su voz. Debido a que ha nacido una nueva vida, debemos purificarlo para expulsar al maligno de su cuerpo. Para ello, en un capilla de la catedral celebraremos su bautismo, comunión y confirmación al mismo tiempo. En la ceremonia quiero que estén presentes sus compañeros de coro para que con sus voces inciten e inviten a que el mal se aleje de él. Os encomiendo, como preceptor que sois de él, que organicéis la ceremonia con todo el boato necesario para la ocasión. Si el joven no recupera la voz, no podremos quedarnos con él durante más tiempo. Sabe música y las cuatro reglas para buscarse la vida. No podemos mantener más lisiados en el palacio episcopal.

Como el alma del niño estaba inmaculada, el culto no surtió los efectos deseados. A los pocos meses, el hijo pródigo regresaba a la casa paterna. Los padres adoptivos entregaban a los biológicos al evirati, junto con una pequeña cantidad de dinero por los servicios prestados.

La madre de Niccolo, dicen que de pena, falleció poco después. Su padre sacó adelante como pudo a sus ocho hijos. El querubín que perdió su dulce voz permaneció el resto de sus días encerrado en una habitación, dibujando pentagramas imaginarios y soñando con melodías imposibles de entonar. A lo largo de su corta vida compuso numerosas canciones para coro, pero ninguna, como es lógico, vio la luz.

A finales del siglo XVIII, en la Italia que vivía el siglo de las Luces, se popularizó una canción, dicen que de autor anónimo, cuyo título era "Dolor por una madre".

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

Patrocinadores:







 

Colaboradores:







©2004-2014 Asociación Literaria y cultural CaféCompás   (NIF: G47507181 . Nº de Orden en el Registro de Asociaciones: 0003305, Sección Primera)

diseño estudiogotti.com