ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Al compás de la música, XIII Certamen literario Café Compás

           

El concierto

Ana AYUSO SALAZAR

Segundo accésit

 

Al compás de la música, la vida en el campo se llevaba mejor. No demasiado mejor porque el hambre, el frío y el cansancio nos perseguían como una maldición bíblica, sin embargo nos permitía olvidarnos de nosotros y de nuestros carceleros durante algunos minutos, los necesarios para interpretar un crescendo o algún pasaje de inusitada emoción. Nunca me jacté de ser hijo del hombre capaz de arrancar al violonchelo todos sus secretos. Al orgullo se sumaba la vergüenza de saberlo resguardado de las inclemencias del tiempo y de los desmanes de los guardias, mientras los padres de los niños que se afanaban conmigo reforzando con chamota los crematorios donde muchos arderíamos, se despellejaban las manos y el alma en un trabajo pensado para quebrar las fortalezas más enteras. Sin embargo, muchos lo sabían, como yo sabía quién era huérfano desde aquella misma mañana o quién probablemente lo sería al anochecer. No parecían guardarme rencor. Al contrario, me miraban con gesto agradecido, como si yo fuera responsable de ese regalo extendido por el aire en toda la prisión.

Nada más conocer la presencia de mi padre en el campo, el sturmbannführer le puso un violonchelo en las manos y le ordenó tocar. Al principio le llamaba sólo en algunas ocasiones, cuando se hastiaba de contemplar seres inferiores y de lidiar con ellos, con nosotros. Después surgió lo del concierto en Düsseldorf y pensó que se apuntaría un tanto si Miklós Laszlo, el gran concertista húngaro, interpretaba con su maestría alguna de las obras para violonchelo de Schumann. Estableció ensayos de quince horas diarias, las mismas empleadas por el resto en trabajar. Mi padre acató sus disposiciones convencido de estar salvando su vida, pero también con una gran dosis de remordimiento por ser un privilegiado, mientras mi madre, las mellizas y yo desfallecíamos, en compañía de todos los muertos en vida con quienes compartíamos destino. No obstante, al reunirse con los hombres en el barracón, por la noche, sólo recibía muestras de afecto.

En septiembre, las mellizas desaparecieron. Habían transcurrido cinco meses desde nuestra llegada y casi todas las mañanas conseguíamos vislumbrarlas en el recuento, una a cada lado de mi madre. De pronto, dejaron de estar allí. Circulaban muchos rumores sobre estudios con mellizos. Yo no quise saber nada. Intenté olvidarme de mis hermanas, como si nunca hubieran existido. Preferí negarlas a imaginar su sufrimiento laceradas por agujas inyectándoles a saber qué mortíferos inventos de la maldad humana. Mi madre comenzó a consumirse a una velocidad alarmante y Miklós Laszlo a tocar a todas horas el concierto para violonchelo de Schumann, el preferido por ella. La música no logró convencerla para seguir adelante, por él, y sobre todo por mí, el hijo que todavía le quedaba. Una mañana ya no estuvo más. También traté de arrinconarla, pero eran demasiados muertos para un cuerpo tan pequeño. Yo entonces tenía ocho años y si continuaba vivo era gracias a que aún podía ser útil en el trabajo. Ningún niño pequeño sobrevivía más de unas horas, sólo aquellos de quienes se podía sacar algún rendimiento teníamos una oportunidad. A mi padre, el sturmbannführer le invitaba a comer. Al parecer disfrutaba con su conversación. Eran dos melómanos unidos por extrañas circunstancias y a veces lograban olvidar que uno estaba allí para doblegar al otro. Por la noche, me daba su sopa aguada. En ocasiones, incluso conseguía escamotear de la mesa de su anfitrión alguna exquisitez que yo devoraba a escondidas, en mi camastro. Esa doble ración me mantenía fuerte en comparación con los otros niños. Aún así, estaba flaco como el tallo de una flor.

Miklós Laszlo amaba a mi madre con pasión, pese a ello permaneció firme después de su muerte. El pensar en mí le forzaba a continuar. El concierto de Düsseldorf se acercaba y su violonchelo apenas tenía reposo. En sus paseos por la prisión se veía al sturmbannführer absorto en las partituras, llevando con sus manos el compás como un director de orquesta. Yo temía la llegada del concierto. Mi padre se ausentaría al menos durante una semana y me asustaba que nunca regresara. Sin embargo, horas antes de la convenida para su marcha, me despertó. Te vienes conmigo, dijo y el corazón me dio un vuelco. Mientras me vestía en silencio abrió la funda de su violonchelo. Estaba vacía y me estremecí al pensar en el castigo que recibiría de haberlo perdido. Iba a preguntar por el instrumento pero se llevó un dedo a los labios pidiéndome silencio. Una vez vestido, me ordenó meterme dentro del estuche y me señaló un agujero disimulando en un lateral. Me acurruqué asustado en el terciopelo procurando encajar mi nariz en la abertura. Mi última imagen fue la de sus ojos mirándome con amor. Después, oscuridad.

No sé cuantas horas permanecí en la caja. La mayor parte del viaje lo realicé inconsciente por la escasez de aire y por el pánico, que me anquilosaba más que la estrechez de mi escondite. Me desperté cuando el zarandeo del tren se detuvo. Oí a mi padre negarse a dejar su violonchelo en manos de un mozo alegando nunca separarse de él. Me subieron en un auto y llegamos al teatro. En el camerino, a solas, abrió el estuche. En su cara se reflejó mi propio alivio. No había muerto asfixiado. Me ayudó a salir y aguardó a que hinchara mis pulmones con una bocanada y desperezara mis músculos adormecidos antes de abrazarme con fuerza. Lloraba. Nunca le había visto llorar. Me sentí incapaz de desentumecer mi corazón. Desde entonces lo noto encogido.

Un frac negro colgaba de una percha. Se vistió con él. Le venía ancho y parecía flotar a su alrededor. Pensé en cómo le hubiera gustado a mi madre verlo tan elegante. Escúchame con atención -me susurró- escóndete y no salgas. Pase lo que pase, oigas lo que oigas, no salgas. Aunque yo no vuelva. Tú, al menos tú, debes salvarte.

Cerró la caja del violonchelo y salió. Unos minutos después escuché aplausos, transformados al poco en un griterío de voces enardecidas. Y en seguida, un disparo.

Mi padre no regresó. Viví escondido en el teatro hasta el final de la guerra. Me alimentaba de la fruta y los dulces que los nazis ofrecían a los artistas, robándolos con tiento para no delatar mi presencia. El tramoyista del teatro se enteró de que un niño había permanecido oculto en su teatro varios meses. Me buscó en el hospital de la Cruz Roja donde me recuperaba de mi miedo y me contó cómo había muerto Miklós Laszlo. Tras recibir los aplausos del público abrió la funda, se inclinó simulando sacar con mucha delicadeza un violonchelo y empezó a tocar dejándose cautivar por la música imaginada. Se armó un gran alboroto. El público, compuesto por lo más selecto de la SS, le increpó por su burla, lo acusaron de humillación. Desde el palco de honor, el sturmbannführer levantó su arma y le descerrajó un tiro. Se derrumbó en el escenario y allí permaneció horas, abrazado a su chelo invisible.

No he vuelto a escuchar el concierto de Schumann. Han pasado los años, tal vez demasiados, sin reunir la fuerza necesaria. Cuando sea viejo y ya no me duela, me he dicho en infinidad de ocasiones. Ahora ya soy ese viejo pero no logro anestesiarme. El tiempo no es garantía de nada y el mío se acaba. Por eso estoy en el auditorio. El programa anuncia que la orquesta va a interpretar la pieza favorita de mis padres. Estoy preparado para llorar al gran Miklós Laszlo. Sin fisuras, sin pretextos. Llorar. Al compás de la música, llorar.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

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