ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Al compás de la música, XIII Certamen literario Café Compás

           

Concierto de año nuevo

Fernando MARTÍNEZ LÓPEZ

 

El organero Klaus Grenzing sentía la incertidumbre disolviéndole el estómago. El lacayo de la Emperatriz irrumpió en su casa cuando, arrebujado entre mantas, transitaba por los intricados laberinto del sueño. No hubo más explicación aparte de que Su Majestad deseaba verlo con urgencia, y ahora lo conducía en carroza amaparado por la furtividad nocturna de las calles de Viena.

El palacio de Schönbrunn apareció silueteado por el resplandor vaporoso de la ciudad que quedaba a sus espaldas, imponente aún en la oscuridad, mientras Grenzing, no cesaba de preguntarse qué habría hecho mal para que la emperatriz María Luisa lo requiriese a horas tan intempestivas. La restauración del órgano había sido exitosa, le había devuelto el sobrecogedor sonido que conseguía estremecer los vetustos muros de la catedral de San Esteban y las almas de los feligreses, lo había destripado para revisar y remozar teclados, registros, fuelles, pedales y, sobre todo, había reinstalado con precisión milimétrica las correderas que permitían fabricar el sonido al expulsar el aire por los tubos. La Emperatriz no había malgastado su dinero con la reparación del hermoso instrumento musical, todo funcionaba perfectamente... ¿o acaso no?

El lacayo, lacónico, embutido en su librea, o no sabía o no quería aclararle las dudas, se limitó a abrirle la portezuela de la carroza, adentrarlo en palacio con el sigilo de los gatos y conducirlo por un dédalo de pasillos hasta una suntuosa habitación donde la Emperatriz aguardaba. Grenzing notó las piernas trémulas y un redoble de corazón. Sin embargo, María Luisa sonreía, no debía de estar descontenta al parecer. Ella no se anduvo por las ramas; le hizo sentar y le explicó el motivo de su llamada con un brillo malicioso en las pupilas.

-Pero Majestad, ¡eso no puedo hacerlo!

Fue entonces cuando la Emperatriz agrió el semblante. No había nada que discutir, eran sus deseos, de modo que Grenzing se limitó a inclinar la cabeza, a apretar los dientes y a regresar a casa acompañado por el lacayo. Los baches del camino hacían tintinear los ducados de oro contenidos en la bolsa que le habían entregado: se sintió más sucio que Judas traicionando a Cristo.

Era normal que aquello sucediose en Viena, la ciudad donde la música se amalgamaba con el aire ondulándolo con blandura dulce, el lugar donde recalaban hechizados los grandes compositores e intérpretes de la época. Se había creado una gran expectación acerca de quién sería el privilegiado que reviviera el magnífico órgano de San Esteban después de años fenecido, pero la propia Emperatriz había instruido órdenes tajantes de que no se supiera hasta el mismo momento del concierto previsto para la mañana de año nuevo. Lo cierto era que en aquellos inicios del siglo XIX el órgano como instrumento musical había experimentado un notable declive en el orden de preferencias de los grandes maestros. Desde que Juan Sebastián Bach lo elevara a la cúspide de lo divino no había hecho sino emprender una espiral descendente que lo arrumbaba a la categoría de lo olvidado o lo caducado. Sólo Mozart le permitió un último hálito de grandeza con su Fantasías y sonatas, pero el genio ya estaba muerto, e, ignorado por los compositores, pocos eran los músicos que se entregaban al arduo aprendizaje del órgano, el complicado manejo simultáneo de teclado, pedales y registros.

Entre la nobleza corrían, como un vacuo entretenimiento más, las apuestas de quién sería el intérprete que alumbraría nuevamente la música en el interior de la catedral. La mayoría se decantaba por el español José Lidón, el más virtuoso organista del momento y maestro de la Capilla Real Alemana. Sería el candidato ideal, el que extrajera lo mejor de la restauración llevada por el organero Grenzing. Cuando lo comentaban a Su Majestad, María Luisa curvaba enigmáticamente sus labios en una media sonrisa, divertida de lo equivocadas de aquellas conjeturas. El candidato lo llevaba tatuado en su mente desde un par de años atrás, desde que el bastardo se permitiera tamaño desplante hacia ella cuando se encontraron frente a frente en el balneario de Teplice.

Ludwig van Beethoven estaba furioso, sentía una acidez zumbona en su vientre abultado que a duras penas contenía la faja. El maldito dinero otra vez. Después de conocer el desahogo, ahora de nuevo le rondaban como buitres las preocupaciones económicas tras la quiebra y el fallecimiento de los príncipes Lobkowitz y Kinsky respectivamente, sus mecenas. Y había tenido que aceptar, cómo no, la generosa oferta de la emperatriz María Luisa. ¿Por qué lo había elegido a él? Nunca lo habría imaginado después del incidente y, además, ¡él no se consideraba un organista! Era compositor, director de orquesta y pianista, aunque se veía perfectamente capacitado para interpretar un instrumento con el que entabló amistad en la niñez, de lanzar con él notas al aire como si fueran fuegos artificiales y encandilar al auditorio.

Sí, estaba furioso a pesar de aliviar sus problemas financieros. Lo estaba con frecuencia desde que la sordera le privó del placer de escuchar la belleza de sus composiciones: la música tenía que imaginársela, traducirla de las vibraciones que transmitía el piano a través de su estructura y del suelo, aunque para un genio como él no era obstáculo interpretar marcando los tiempos con exactitud sin necesidad de oír. Pero ahora estaba especialmente irritado porque aceptar el ofrecimiento de la Emperatriz implicaba tragarse su orgullo después del encontronazo con Su Majestad dos años atrás, en el balneario de Teplice, el desaire que fue la comidilla de la Corte. Beethoven comenzó a rememorarlo con la fidelidad con que se graban en la memoria los sucesos extraordinarios: él caminando junto a Goethe por la alameda, de frente aproximándose la Emperatriz con su familia y corte, Goethe haciéndose a un lado para saludar con una servil reverencia. El se negó a semejante muestra de sumisión; le reventaban la altivez y la indiferencia de esa clase de parásitos que para él representaban casi todos los nobles. Se caló el sombrero y mantuvo altaneramente su paso por el sendero incrustándose en el séquito como un barco que separa las aguas al navegar, ante el gesto atónito e irritado de María Luisa y sus acompañantes que tuvieron que apartarse. Cuando Goethe lo alcanzó de nuevo, Beethoven le recriminó su comportamiento lacayo. ¡Qué ironía! ¡Comportamiento lacayo el pobre Goethe! ¿Y qué estaba haciendo él ahora si no plegarse a la voluntad de la Emperatriz, verse obligado a interpretar un instrumento que tenía postergado por completo?

El organero Klaus Grenzing contemplaba el perfil irregular de las últimas casas recortadas en el horizonte conforme abandonaba Viena. No podía seguir allí, no sin que la vergüenza y una reputación fulminada fuesen sus perpetuas vestimentas cada vez que salía a la calle. Rememoraba el día de año nuevo con escozor. Su conciencia le impelió a asistir a la catedral de San Esteban antes de que lo retorciera por dentro como una cuerda de reloj. Abarrotada, la nobleza no pudo reprimir un murmullo de asombro cuando Ludwig van Beethoven apareció en escena. ¡Un sordo! ¡Y además enemistado con la Emperatriz! ¿Cómo es posible? ¡Pero si no es organista! María Luisa suspiró aliviada después de que dudara mil veces que el compositor apareciera. Luego, dibujó una sonrisa pérfida: la venganza estaba servida.

Beethoven, hierático, tomó asiento en las alturas sin saludar al auditorio, dándole la espalda. Sus dedos entrenados comenzaron a teclear con maestría, con ritmo estricto, los compases de la Tocata y fuga del genial Bach. Sin embargo, los tubos del órgano no emitían sonido alguno. La estupefacción inicial de la concurrencia se trastocó en risas tímidas y sonoras carcajadas después, dirigidas por una complacida Emperatriz que cumplía su deseo de mofarse en público del orgulloso músico. "El tonto no se da cuenta de que no se escucha nada", dijo María Luisa como remate. Grenzing, abochornado en cuerpo ajeno, huyó de la catedral con un nudo en la nuez, arrepentido por haber manipulado la noche anterior, después del último ensayo clandestino del maestro, las correderas para que impidieran que el aire escapara por los tubos.

Sin que nadie le advirtiese, Beethoven cumplió con la primera pieza. Al finalizar, se irguió con rapidez y, tras descender, se encaminó directamente hacia la Emperatriz, encarándola.

-Majestad -le dijo con mirada acerada-, mis oídos son sordos, pero mi cuerpo aún puede vibrar con la música. Le aseguro que nunca he tocado el órgano mejor que hoy. Lástima que Su Majestad y la concurrencia no hayan podido apreciar mi magistral interpretación.

Luego, frunció el ceño, se giró y abrió una brecha entre la marea humana sin doblegarse a reverencia alguna, dejando a la Emperatriz con los labios descolgados.

El organero Grenzing miraba a través de la ventanilla de la carroza. Los árboles desnudos le devolvieron a la realidad. Se imaginó como Judas, arrepentido, colgándose de uno de ellos por haber contribuido al vilipendio del maestro, el rostro azulado, la lengua obscenamente fuera y el pene erecto, pero era demasiado cobarde para ello. Eso, sí, cuentan algunos que aquella carroza fue dejando un rastro de ducados de oro por el camino, monedas que algún pasajero se entretuvo en dejar caer una a una como las cuentas de un rosario que sirviera para expiar los pecados.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

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