ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Turista accidental, XIV Certamen literario Café Compás

           

Viajes imaginarios

Ángel A. ÁLVAREZ HURTADO

Primer accésit

 

Cuando el cuerpo oscilante de Simon Hope fue descolgado pendiendo de su cinturón de la barra de ducha de la celda, el rumor de su muerte ya se había propagado como un reguero de pólvora por todo Sing-Sing y el impacto que la noticia ejerció en la mente de todos y cada uno de sus habitantes ya fueran éstos funcionarios o huéspedes forzosos fue tal que ni los octogenarios condenados a perpetua recordaban jamás una jornada presidida por un silencio tan espeso e incómodo. A las ejecuciones, la población reclusa se terminaba acostumbrando, y lo del motín del 83, quién más quién menos, sabía que terminaría como acabó. Por supuesto, no se trataba del primer suicidio en la historia de Sing-Sing ni, obviamente, sería el último, pero dos factores contribuían poderosamente a convertir el luctuoso suceso en un hecho realmente excepcional; a saber: la fascinante personalidad del finado y el insólito hecho de que apenas le quedaran dos semanas para cumplir una condena que en su momento había sido fijada en veinte años y un día.

Y es que nadie se explicaba cómo un tipo que había dado con sus huesos en la trena a los veintitrés años podía haber acumulado tal cantidad de conocimientos sobre los más recónditos y variopintos rincones del planeta, pero lo cierto es que no había ciudad, monumento o maravilla natural que Simon no asegurase conocer de primera mano o, al menos, haber estado meridianamente cerca. Por más que la concurrencia dudase de sus historias, era tal la prolijidad de los detalles y la vehemencia del narrador que resultaba impensable, después de escucharle, dudar de la veracidad de sus viajes, ya versasen éstos de sus vacaciones en China, su luna de miel en París o sus safaris en Kenia. Como era imposible pillarle en un renuncio relacionado con sus historias se llegó a aceptar cual dogma de fe su autenticidad, pese a no entrar en cabeza humana que pudiesen caber tantas experiencias en tan poca vida, igual que una bañera no podría albergar el contenido del océano, tal era el compendio de lugares que afirmaba conocer Simon. De ahí que a los dos años de su ingreso en prisión y de haberse defendido más que convincentemente de los que lo acusaban de fantasioso o directamente de mentiroso patológico ya fuese conocido por todo el mundo en Sing-Sing como Míster Turismo, o Don Ubicuo, apodo que se prefería en los círculos más desconfiados.

A medida que la fama de sus fabulosas historias crecía, el círculo de asistentes a su corrillo en el patio se multiplicaba, y es que de la mano de Simon cualquiera podía en una sola sesión de recreo saltar de hacer trekking en el Perito Moreno a asistir a una representación de “Los Miserables” en Picadilly, pasando por una emocionante travesía por el Danubio navegando por Centroeuropa; y eso era mucho viaje para una concurrencia que no contaba con otra forma de hacerlo. Había quien decía que Simon había trabajado para el National Geographic, otros afirmaban que había sido un trotamundos sin oficio ni beneficio hasta que la policía se había interpuesto en su camino durante el asalto a mano armada de un banco en Cleveland.

Cuando los funcionarios procedieron a registrar meticulosamente su celda no encontraron nada sospechoso, excepción sea de un telegrama del abogado de Simon hecho un gurruño en una papelera, que rezaba:

“¡Maldita sea, Simon!, ¿Qué has estado fumando? Estuve contigo el sábado por la tarde y te puedo asegurar que no estábamos en ningún Fiordo de los Sueños ni nada por el estilo. No pierdas la chaveta. Solo quedan dos semanas”.

Si esa apostilla tenía algo que ver o no con el suicidio de Simon parecía en cualquier caso un misterio que éste se había llevado consigo. No había cartas de despedida ni nota de confesión o expiación alguna que pudiese ayudar a construir una lógica cronología de los acontecimientos. Sea como fuese, una cosa era clara, Simon había resuelto hacer caso omiso de los consejos de su abogado y decididamente había perdido la chaveta.

A la mañana siguiente cuando el alcaide Cliver estaba peleando furiosamente con una pila de expedientes y libros de contabilidad , un súbito sudor, como si un gélido líquido punzante le recorriese los huesos, le intranquilizó. De repente tuvo la certeza de que algo no iba bien y aguzó el oído. Y ahí estaba la respuesta. Nada, prácticamente no se oía nada. Miró por la ventana, y excepción hecha de tres negros lanzando unos tiros en la cancha de básquet, cada cual paseaba ensimismado sin hablar con nadie. Jamás en lo casi treinta años que llevaba de alcaide en Sing-Sing algo había sido tan estruendoso. Sólo una vez había experimentado un silencio parecido y fue cuando Simon Hope le había descrito aquella ocasión en que había acompañado a un grupo de científicos a la falda del volcán Erebus, allá en el corazón de la Antártida.

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Hasta los catorce años, Mary Dawson había creído ser hija de madre soltera por mucho que su madre se hubiese afanado siempre en contarle que su padre había fallecido al caerse de un andamio estando ella encinta de Mary. Pero la pequeña Mary no era tonta, y de ser cierta la versión de su madre no tendría sentido que ambas compartieran apellido. Por eso cuando el día de su decimocuarto cumpleaños recibió una carta sin remite con una postal de la catedral de San Basilio en sus interior que aseguraba estar escrita por su padre, no fue del todo una sorpresa, pues algo bullía desde hacía tiempo en su interior que le hacía desconfiar de la historia oficial. Tanto la caligrafía como el contenido eran confusos, dando la impresión de haber sido escritos en un furioso ramalazo. En ella su padre daba a entender que desavenencias con su madre no hacían conveniente por el momento un encuentro, que si hasta ahora no había tenido noticias suyas era porque hasta muy recientemente le había sido imposible dar con su paradero, que él viajaba mucho por motivos profesionales pero que siempre la tenía en sus pensamientos, y que a partir de ahora intentaría mantener contacto con ella, si bien se temía que éste tuviese que ser unidireccional habida cuenta que para él mismo resultaba en ocasiones imposible saber dónde pernoctaría al día siguiente.

Esa de Moscú fue la primera de una inacabable sucesión de postales de los más diversos puntos del globo: Ámsterdam, Nápoles, Ciudad del Cabo, Melbourne, Tokio, Cardiff, Salzburgo, Alejandría, Bagdag, Ulan Bator, Islas Marquesas (ésta fue en decimoctavo cumpleaños y llegó con un paquete envuelto en papel de regalo que incluía un disco de Jacques Brel y un facsímil del cuadro de Gauguin Jinetes en la playa), Tortuguero, Maracaibo, Honolulu, Anchorage y una variopinta lista de lugares más. Mary coleccionaba todas y cada una y fantaseaba con cómo serían todos esos sitios, a la vez que especulaba con cuál sería su próximo destino. Todas las postales tenían algo en común. Todas le decían lo mucho que a su padre le gustaría que ella lo estuviese acompañando en su visita a tal o cual palacio, o glaciar, o teatro o...; y por supuesto todas tenían el matasellos del estado de Nueva York. Cada noche se acostaba deseando soñar que estaba con su padre en una inmensa playa, aunque no fuera Acapulco ni en Isla Mauricio, aunque fuera aquí al lado, en Long Island.

Cuando Mary consiguió el acceso a la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia no le pudo contar a su madre la verdad sobre el origen del dinero que faltaba para pagar la matrícula. Tampoco su madre quiso indagar mucho más. No le costó mucho esfuerzo a una avezada periodista en ciernes averiguar con un sencillo trabajo sobre el magnífico funcionamiento del Servicio Postal del Estado de Nueva York que la procedencia de todas esas tarjetas no era otra que el mítico correccional de Sing-Sing. Al año siguiente se matriculó en la opcional Metodología de investigación y contrastación, y tras contactar con el alcaide Cliver, al que los ojos le hicieron chiribitas ante la posibilidad de que su nombre figurase en una publicación de Columbia, obtuvo todo tipo de facilidades para una tesis que llevaría el sugerente título Flujos de información en una población reclusa. Fue pan comido saber que la persona que le había llevado de viaje a tantos sitios no era otra que Simon Hope, bibliotecario en Sing-Sing, condenado a veinte años y un día por robo a mano armada, al que solo faltaban unos meses para cumplir su pena.

Por eso, cuando Mary recibió una carta de su padre que no contenía postal alguna se extrañó mucho, y tuvo que releerla varias veces antes de comprender qué podía haber ocurrido.

“Mi muy querido abogado: no puedo ocultar que no me supone lástima alguna el inminente cese de nuestra relación profesional. Agradeciéndole la ayuda prestada en todos los recursos interpuestos durante estos largos años, me despido adelantándole que si alguna vez vuelve a tener noticias mías seguramente será con una postal de la mezquita de Djangareyber en Tombuctú, lugar maravilloso que me avergüenza reconocer que aún no conozco, error que pienso subsanar en cuanto dé por concluida mi estancia en mi actual alojamiento”.

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Me preparaba un lingotazo de whisky en mi despacho de la pequeña y por qué no decirlo, manirrota editorial que regento en Houston Street, cuando me fijé en el paquete que había recibido esa misma mañana y que había abandonado debajo de un cúmulo de papelotes y facturas. Me había llamado poderosamente la atención el remitente: ni más ni menos que el alcaide de Sing-Sing, así que ahora, a solar en mi despacho, no pude esperar al día siguiente y, azuzado por la curiosidad, me dispuse a abrirlo. Una hoja de papel precedía a un gran cuaderno manuscrito; la hoja rezaba así:

“Nadie conoce mi secreto. Todos van a dormir a sus celdas. Gruñen un saludo y se encierran a esperar que estos tabiques, que son mis aliados, les roben otro día. Yo me escondo bajo las sábanas y como cada noche preparo mi fuga. Estos muros transparentes conspiran en mi ayuda y al poco de cerrar los ojos ya los estoy atravesando. Ni una legión de ángeles custodios me podría parar, tal es la fuerza de mi determinación. La pequeña Mary me espera con la ventana de su habitación abierta tal y como hemos acordado. ¿Dónde llevarla esta noche? Da igual. No tiene sentido darle muchas vueltas; nunca habrá suficiente vida para tanto mundo. Quizás hoy le enseñe cómo soplan los vientos allá abajo, en el cabo de Buena Esperanza”.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

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