ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Turista accidental, XIV Certamen literario Café Compás

           

Policromía Apócrifa

José Luis BRAGADO GARCÍA

Segundo accésit

 

Ahora, cuando el cielo anuncia cárdeno el nacimiento de un nuevo día, vuelvo a relatar por enésima vez los hechos, al policía que, sentado ante la mesa, teclea con estupor y se altera a medida que yo narro lo acontecido. Nada le convence y, exasperado, me solicita una explicación racional para desentrañar la aparición de los cuatro cadáveres.

Apenas han transcurrido cuarenta y ocho horas, desde que yo transitara feliz por la angosta carretera de este recóndito valle. Y, lo sobrevenido, me fustiga la mente, llevándome a los umbrales de la locura, a pesar de tener muy presente lo ocurrido.

Viniendo desde Riaño, antes de entrar en Cantabria, observé en la lejanía la espadaña de sillería. Conduje el coche hacia las ruinas de aquel cenobio sin premeditación, con un gesto inconsciente que me hizo encontrarme de pronto sorprendido y confuso. Debía estar en Santander el lunes por motivos de trabajo y, aunque era sábado, cualquier incidencia meteorológica podría atraparme en este lugar de los Picos de Europa.

Me adentro por un camino estrecho y angustiado, por el hecho de subsistir que, discurre por una subida penitente, obligando a mi coche a ir tan lento como si cargar con una cruz a cuestas. Al final, convertido ya en vereda, agoniza mucho antes de llegar a su destino, entre unas hayas ascéticas que sufren bajo el cilicio de sus ramajes. En una mochila meto una linterna, agua, y comienzo a caminar, soportando una brisa norte bastante fresca, acompañada por una espesa niebla fantasmagórica que aparece y desaparece. A ambos lados tengo la gloria blanca de las cumbres nevadas; cimas abrumadoras con caídas verticales; arroyos enfurecidos como almas en condena. El paisaje parece el perfecto marco para la más heroica de las óperas wagnerianas, aunque yo soy más de Vivaldi.

Atravieso un robledas, bajo la seducción de la floresta, y siento el embrujo del bosque pleno de colgantes líquenes grises. Oigo un aleteo. Observo unas huellas extrañas. La escarcha chasquea. La niebla sube y baja para entregarse a las ramas desnudas, atormentadas y ansiosas de primavera. Camino, y mi espíritu se va impregnando de la respiración del bosque. Aunque en ocasiones creo haberme perdido. ¡Al fin!, hallo en antiguo monasterio de Temple. Tan sólo se conserva en pie la espadaña aventada. A sus vanos saqueados les faltan las campanas. En sus pies yacen los sillares descarnados de la iglesia, con unas naves que muestran su osamenta, su cuerpo agusanado intentando ahuyentar con sus gritos de abandono, los miedos del paisaje aterido.

En mi largo viajar he conocido decenas de iglesias y eremitorios, capillas y monasterios, dedicados a vírgenes y santos por muchas razones venerados, que incorporan su presencia a bosques, peñas, cuevas y manantiales milagrosos y benditos. Yo conocía la leyenda —ahora sé que es verdad— de ese pasadizo que comunica el priorato con suntuosas dependencias soterradas. Túnel, en cuyos muros, comentan los escribanos, que no sería difícil descubrir hasta un cementerio de hombres emparedados, en cumplimiento de no se sabe qué justa o injusta condena.

Por espacio de dos horas, recorro sin prisa las ruinas que zigzaguean igual que rayos de tormenta fosilizados y que, pese a su silencio, son como aullidos de lamas en pena. En un recoveco, entre un laberinto de sillares, la luz del mediodía golpea la aldaba de una trampilla produciendo un silencio de colores. Es raro, pero evidente, que no hace mucho ha sido movida. La abro con precaución. Ante mí una escalera se arremolina en forma de caracol. Con el haz luminoso desciendo por ella. La pila de la linterna lleva puesta bastante tiempo pues produce una luz muy tenue y titubeante. Me detengo y compruebo que el silencio es absoluto; se puede pensar que lo tenebroso del lugar está constituido de silencio. Recorro el estrecho y largo pasillo. Al caminar, noto la gruesa capa de polvo que amortigua mis pisadas. Un polvo denso, gris, depositado lentamente durante centurias y, sobre él, descubro asombrado un grupo de huellas, quizás recientes, que se pierden tras una puerta. La traspaso. El aposento adereza lo muros con una artística anaquelería de madera de nogal donde reposan una enorme cantidad de albarelos de procedencia talaverana. Estoy en lo que fue una botica. El aroma de hierbas y polvos de siglos me envuelve con una embriagante sensación. La estancia se alarga para dar cobijo al laboratorio. En él, se hallan varios alambiques de cobre rodeados de matraces, crisoles, hornillos, peroles, cazos, pildoreros, clisteres, espatuleros y demás útiles usando para realizar fórmulas químico-galénicas.

El frío arrecia casi tanto como en la calle. La linterna apenas es un hilo de luz amarillenta. Emocionado por el descubrimiento me dispongo a salir, cuando escucho voces airadas en la escalera. Un miedo atroz me empuja hacia los cuartos del fondo, buscando dónde esconderme. Tropiezo con un numeroso grupo de imágenes religiosas amontonadas. La luz se vuelve temblorosa y parece dar vida al lugar. Casi a tientas, encuentro una oquedad entre los sillares que, antaño, debió servir como depósito, y me escondo en ella. Las voces retumban y sacuden sillares. Se abren algunas puertas, repican algunas pisadas. A medida que se acercan, tirito de miedo en la oscuridad. Les siento próximos. Discuten entre ellos, buscando a un culpable. Sus gritos de abren paso y me acosan. Alguien olvidó cerrar la trampilla y la encontraron abierta. No fue ninguno de ellos, fui yo. Varias linternas inundan la estancia donde me hallo, de luz. Un sonido de cerámica al romperse les distrae, y me permite ver cómo tres hombres gesticulan y entrecruzan acusaciones. “Vamos a ver qué es lo que contenía· —dice uno— aquí pone “Kuavioúxo”. ¡Qué horror! Sé lo que es. El olor que desprende el veneno liberado huele a rastrojo quemado y, la luz, bajo el artesonado mudéjar, me descubre las esculturas de un Nacimiento esculpidas a tamaño natural, labradas y envueltas en un vaho de gritos y luces.

Uno de los tres hombres habla con fuerza, casi con rabia. Caen sus órdenes en ramalazos grises. “¡Envolved las imágenes con los plásticos!” Huele a silencio de piedra, a humo aromado de siglos, a alquimia en busca de la piedra filosofal. El hombre que se ha detenido junto a las imágenes, asiente a todo cuanto le ordena su compañero. Lleva un rato en plena faena cuando de pronto exclama: “¡La mula ha movido la cabeza!” Las risas del compañero y el enfado del jefe rebotan en las paredes centenarias y producen un ruido de colores. Siguen sesenta segundos de silencio, interrumpidos por un “¡Me ha mordido!” Un brazo desnudo muestra unas incisiones rojizas y dramáticas. Al soltar la imagen de golpe, el compañero da un traspiés, y cae sobre la cabeza del buey. Sus largas y afiladas astas penetran por la espalda y asoman sobre su pecho. Entre estertores, ejecuta la danza de la muerte. Un silencio mortal ha solidificado a los dos compañeros. Las linternas destellan y zigzaguean en una maraña de rayos bajo la tutela del terror. El jefe del grupo, entre blasfemias, con irisaciones de codicia, ordena subir a la pared al compañero para descolgar un antiquísimo cuadro del Misterio de los Reyes Magos. “Tiene buena firma, haremos con él dinero, y volveremos para enterrar a Miguel; después, seguiremos sacando”. Entre temblores, obediente, asciende por unos estantes, va ciñendo el talle a la pared. Trepa con torpeza hasta descolgar el cuadro, pero el polvo acumulado y el miedo, hacen que se le escape de sus manos. Al intentar recogerlo, cae sobre la imagen de San José. Un alarido de dolor sigue a una profunda congoja. Se oye un trémulo castañear de dientes. Soy yo. Un haz ilumina las lamentaciones compungidas del caído que, en el suelo, abraza boca abajo la escultura. La vara del santo se ha roto y asoma por la espalda del accidentado, es obvio que ha entrado por su pecho. La realidad se torna áspera, agria, y oscura. El jefe se aproxima, agachándose incrédulo ante lo que acaba de ocurrir. Yo lo he visto todo desde el lugar en que me escondo, como veo una enorme cruz sin el Cristo. Cruz alzada que espera a que alguien inicie una procesión, parece una monumental cruz de cementerio, que ha abandonado el campo de los muertos para buscar la vida entre la muerte de esta botica.

Sobre las imágenes, por cuya policromía resbala en grumos la sangre de las víctimas, se desliza la mirada del capo que parece acostumbrado a ella. Es como si no viera o escuchara nada. No pierde su calma, no reniega de su seguridad. Sus manos musculosas, como de barro seco o de piedra agrietada, apartan a la última víctima para recoger el cuadro caído. Yo, en mi escondrijo, inquieto, no puedo inventar más posturas, hacer más escorzos para estar sereno. El aire comienza a oler a fiebre. A almendras amargas. No puedo más y me levanto con intención de escapar pase lo que pase. Desconcertado al verme, el jefe debe de pensar —por su cara de terror— que soy una gárgola que cobra vida y surge tras la niebla o desde las entrañas de un albarelo. La linterna cae de sus manos y retrocede hasta tropezar con imágenes y cadáveres. Retumban unos ruidos como truenos encadenados que se multiplican en ecos con pavor. La botica ahora es un reloj sin engranajes que intenta detener el tiempo, pero el tiempo ha dejado sus arañazos, su sedimento, sus posos. Sobre la cabeza del jefe que yace en el suelo, la enorme cruz ya no puede ocultar el creciente charco de sangre que mana de su cabeza.

Se oyen unos pasos que se acercan, y arrugan de pronto, el remanso de la estancia. Permanezco inmóvil, recostado sobre el polvo centenario. Las voces y los pasos se detienen en el pórtico del infierno. Y, me encrespo en un oleaje de histeria por la que ralea el pánico. Pero no soy el único. El nuevo visitante, que llama por sus nombres a las víctimas, comienza a pasear la luz de su linterna por las imágenes que se empequeñecen, tratando de pasar inadvertidas, diluyendo sus perfiles, suavizando sus aristas, proclamando su inocencia sobre un horizonte de sangre. Y de pronto, como si hubieran disparado unos arcabuces con pólvora de rebotica, levanta el vuelo en desbandada, tropezando en su huida y rebozándose con el contenido del gran albarelo que rompieron los hombres a su llegada.

Desfallecido, salgo al exterior con dificultad después de haber vencido a a muerte, aunque para ello me apoye en la nitidez de la locura. Emprendo el regreso, quebrando albores desde la grisura de la tarde rasgada por lo vivido. Nada entre las ruinas se mueve. Todo conserva su seriedad y realidad. Pero al enfilar el camino, me topo con un cadáver impregnado en un polvo blanco, dijérase que es un ser escapado de un sepulcro, pero no, es un cuerpo rebozado en cianuro. Atrás, el cenobio vuelve a jugar a lo irreal, para desconcertarme, e inventa con su silueta un monasterio que naufraga hacia el crepúsculo.

Todo ha sido una pena si pausa y, ahora, maldigo con pesar, la amarga decisión de desviarme de mi ruta. Y, aquí yago, en el calabozo de un pueblecito perdido de los Picos de Europa, solicitando a la divina providencia una explicación que no me llega. Mientras, los policías ordenan mis declaraciones. Ensamblan las enigmáticas piezas de colores variados, cual si quisieran reconstruir una sacra vidriera rota. A su vez, en el exterior, la nueva mañana intenta transformar en azul, el morado de unos cielos todavía dormidos, de unos cielos que conservan, como una pesadilla, los terrores recientes de la noche.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

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