ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Turista accidental, XIV Certamen literario Café Compás

           

Vuelo 66

Ana AYUSO SALAZAR

 

Nada más salir de la terminal llamé a mi madre para avisarla de mi muerte. Diez horas antes me había despedido de ella con un miedo muy diferente al que ahora sitiaba mi cuerpo. No me hacía ilusiones acerca del trabajo que me aguardaba en España. "Limpiadora de unas oficinas. Sin contrato de momento", me explicó el intermediario, pero yo había escuchado demasiadas historias sobre compatriotas obligadas a prostituirse. Iba al matadero sabiendo que iba al matadero. En el avión ocupé el asiento contiguo al mío, el de la ventanilla, era mi primer vuelo y deseaba contemplar la Tierra alejándose de mis pies. Entretuve la espera observando el movimiento de la pista, aviones entrando y saliendo. Una voz aterciopelada me sacó del ensimismamiento. "Perdone, ese es mi sitio". El desencanto se pintó en mi rostro, ella se dio cuenta. "No importa —afirmó—. Para mí volar perdió su encanto hace tiempo”. Le di las gracias. Desde su altura aristocrática, sonrió y me tendió la mano.

—Soy Dorinda Riquelme. No quiero morir sin conocer la madre patria, por eso voy a España. Y usted, ¿también viaja por placer?

La miré enfadada. ¿De verdad pensaba, viendo mi indumentaria, los tejanos desgastados por el uso y la chaqueta de lana barata, que podía permitirme semejante derroche?

—Marcela Cortés —le respondí altanera, estrechando su mano—. Tengo dos hijas a quienes alimentar, vestir y educar. Viajo a España para ver si lo consigo, en nuestro país es del todo imposible.

—Lo siento —respondió humilde, y yo decidí olvidar mi enfado. No supuso un gran esfuerzo. Dorinda era de natural afable, hablaba de sí misma despreocupada, revelando los entresijos de su alma con confianza infantil. Se quejó de no haber encontrado sitio en primera mientras en clase turista había tantos lugares libres y ya no paró de hablar. Me enseñó fotos de su familia y me dio detalle de todos esos rostros risueños inmortalizados por la cámara. Su padre, su hermana, un marido despegado a quien no sabía si seguía amando y dos niños morenos muy parecidos a ella que estaba segura de adorar. Me reveló cotilleos de sus conocidos adinerados, describió fiestas, vestidos de ensueño, hombre impresionantes y mujeres hermosas. Mientras la escuchaba, conseguí mantener a la rabia y el despecho a raya. La bonanza de aquella gente era un insulto hacia quienes sobrevivíamos a duras penas y nos veíamos en la tesitura de abandonar nuestra tierra para convertirnos en ciudadanos de segunda clase en otra.

Yo apenas le conté sobre mí, la charla de Dorinda me distraía de mis temores. Su cuento era de hadas, el mío de terror. Preferí soñar con príncipes azules y castillos encantados. Aun así, ella obtuvo de mi reserva la información suficiente para formarse una idea de la precariedad de mi vida. Al llegar la comida enmudeció de repente. Al principio pensé que disfrutaba de aquella bazofia, pero cuando la azafata puso ante nosotras algo mal llamado café, formuló un propuesta sorprendente y achaqué su silencio a una intensa reflexión.

—Venga de vacaciones conmigo —dijo, y se adelantó a mi negativa desplegando ante mis ojos un plan perfecto—. En realidad, no tengo mucho interés en pasarme dos meses viajando sin compañía. Puedo llamar a los múltiples contactos de mi marido en España, lo sé. Se desvivirán por atenderme. Pero no quiero más de lo mismo. Conozco su conversación, el dinero es su tema estrella. Prefiero disfrutar a su lado, Marcela. La contrato como mi secretaria particular. A cambio de un sueldo, claro.

“Piénselo”, me pidió. Luego cerró los ojos, alegó estar cansada y se durmió. Quise imitarla, sin embargo el inopinado giro que acababa de experimentar mi viaje no me dejó conciliar el sueño hasta mucho después. Desperté sobresaltada. La cabeza de Dorinda reposaba sobre mi clavícula de un modo extraño y doloroso. Había decidido aceptar su ofrecimiento, en el fondo era una especie de milagro que tal vez me permitiera dar esquinazo a ese porvenir vitando que me esperaba al aterrizar. Procuré acomodar a la durmiente sin despertarla pero su cabeza se desmoronó en mi hombro. Me asusté. Algo le ocurre, pensé, e intenté despertarla con suavidad. Fue inútil. Toqué su cara. Por debajo del calor se percibía un soplo frío. Estuve a punto de gritar pero un torbellino de ideas me detuvo. Busqué el pulso en su muñeca, no lo encontré, tampoco el latido de su corazón. Estaba muerta. Las lágrimas desbordaron mis ojos. No sentía pena por ella, sino por mí, por la brevedad del milagro y por ese despertar tan brusco del cuento de hadas. Durante un tiempo eterno permanecí conmocionada. La voz del piloto me espabiló. Dentro de dos horas llegaríamos a nuestro destino. Fui rápida. Como mejor pude, coloqué el cuerpo en una posición que no denunciara su estado y lo tapé con la manta. Por suerte, el pasaje dormitaba y no había ojos indiscretos observando mi maniobra. Saqué de mi bolso las fotografías de mis hijas y las guardé en el de Dorinda. Busqué su maletín y lo abrí. Dentro encontré unos zapatos de tacón, una blusa y un pañuelo de seda, maquillaje, perfume del caro y un talonario de cheques de viaje. En el lavabo, cambié mi camiseta por la blusa, me pinté los ojos y los labios, y me coloqué el fular. Nos parecíamos, había reparado en ello desde el principio. Las dos lucíamos una melena corta, negra y rizada y una cara de rastros armoniosos y nariz pequeña. La elegancia del atuendo acentuó la semejanza. Regresé a mi asiento, la manta había resbalado dejando al descubierto la mitad derecha del rostro de Dorinda. Reparé en el brillo de la esmeralda engarzada en oro en el lóbulo de su oreja. Una joya fuera del alcance de Marcela Cortés, si la dejaba allí, podría delatarme. Me asusté, mi cerebro funcionaba ya como el de una avezada delincuente o tal vez era solo una exageración de mi mente excitada. No quería arriesgar. Solté con disimulo el pendiente y me lo puse. A continuación, intenté desenganchar el de la oreja izquierda. La operación entrañó más dificultad de la prevista. La cabeza caía a plomo sobre el reposabrazos. Desde mi posición, resultaba complicado hacer fuerza para levantarla sin llamar la atención, y al mismo tiempo, soltar el adorno. En ese momento, la azafata pasó ofreciendo un tentempié. En mi aturdimiento, le pedí un güisqui. “Debe usted abonarlo aparte”, informó. “Entonces un zumo”, le dije intentando abreviar un encuentro solo alargado por mi torpeza. Lo sirvió solícita.

—Ha perdido usted un pendiente —dijo cuando yo empezaba a respirar de nuevo aliviada por su marcha—. ¿Le ayudo a buscarlo?

Maldije mi ineptitud. “Una avezada delincuente —pensé—, seré pendeja”. Salí al paso dándole las gracias. “Ya lo busco yo. Si no lo encuentro la llamo”, añadí.

El redoblar de mi corazón debía de oírse hasta en la cabina. Por fin logré desenganchar la esmeralda de la oreja de Dorinda. Con los nervios se deslizó entre las butacas. Decidí darlo por perdido, ahí no sería tan delator como en el lóbulo de mi compañera.

La luz de aviso del cinturón de seguridad se encendió. El piloto nos comunicó el inminente aterrizaje y las azafatas recorrieron el pasillo comprobando que el pasaje estuviera en la posición adecuada. Al llegar a mi altura, la misma empleada de antes, se dirigió a Dorinda — Señora, despierte. Vamos a aterrizar. Debe sentarse bien y abrocharse el cinturón.

Ante la falta de respuesta, al sacudió enérgica. Yo miraba por la ventanilla intentando permanecer ajena al drama.

—Señora. ¿Señora? —Su voz dejó entrever cierto tono de pánico—. ¿Lleva mucho rato durmiendo? —me interrogó al fin.

—Bastante —mentí.

—¿Cómo se llama?

Dudé. ¿Cómo se llama, quién? ¿Ella o yo?

—Marcela Cortés, creo —respondí temblando.

Se marchó y regresó al momento junto a otra azafata que portaba una lista de pasajeros. Marcela Cortés, confirmó comprobando el listado. Tras muchos cuchicheos repararon en mi cara de alarma y, muy profesionales, me anunciaron el fallecimiento de la señora, y me rogaron silencia para evitar asustar al resto de los viajeros. Asentí sin palabras.

El avión estaba a punto de tomar tierra y yo de transmutarme en una delincuente. Todavía existía la posibilidad de elegir. Podía abandonar el avión llevando mi bolso en la mano o el de Dorinda. Ese simple gesto lo cambiaba todo. De optar por lo segundo, mi sino consistiría en eludir a esa familia desconocida y abandonada a miles de kilómetros. Escapar, esconderme, reunir todo el dinero posible siendo Dorinda Riquelme y empezar una vida de sobresaltos en algún lugar que nunca sería mi país. Tenía miedo, mucho miedo. No me libraría de él si no cejaba en el empeño de convertirme en esa turista que la muerte de mi frustrada amiga me servía en bandeja. Y sin embargo, el miedo también sería mi acompañante si acataba el destino que en realidad me correspondía. Las ruedas rozaron el suelo y poco a poco fuimos perdiendo velocidad. Una azafata nos agradeció haber elegido su empresa para viajar y nos recomendó asegurarnos de no olvidar nuestros efectos personales antes de bajar. “Mejor turista por accidente que inmigrante ilegal”, decidí. Me levanté del asiento, eché una última ojeada al cuerpo de Dorinda, cogí su bolso y su maletín y me dirigí a la salida con la cabeza alta.

Al otro lado del teléfono, la voz asustada de mi madre me bombardeó con una andanada de preguntas “Ahora no puedo contarte más —le contesté—, tú solo compórtate como si estuviera muerta de verdad, asegura reconocerme si te mandan identificar un cadáver y llórame mucho en el entierro”. Me dijo a todo que sí.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

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