ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Sueños de Eros, XV Certamen literario Café Compás

           

Primavera

Ana AYUSO SALAZAR

 

Es mayo y en lugar de flores tenemos bombas. Desde hace semanas, la alarma suena cada noche, siempre a la misma hora. Chirriante, odiosa. Una cantinela de desasosiego convocándonos a todos en el sótano, dispuestos a soportarnos una noche más. Los ronquidos de quienes se lo toman con calma y duermen tranquilos, seguros de que pasará solo lo que tenga que pasar. Los lloros de los niños, asustados por el rugir de los aviones y el ruido a veces apagado, a veces ensordecedor, de las explosiones. El sollozo entrecortado de los que temen por su vida y la de sus seres queridos. Los rezos de los creyentes, las maldiciones de los ateos y los gemidos de quienes prefieren apurar los que acaso sean los últimos minutos de su existencia. Nos conocemos desde hace tiempo, éramos vecinos en la paz y somos compañeros en la guerra. En ocasiones se nos une algún desconocido. Pillado por sorpresa en la calle, corre a refugiarse al primer agujero que encuentra. Es así esta noche. Además de los habituales, hay un soldado de ojos azules y rostro adusto, dos hombres que de momento tienen la suerte de pertenecer a una quinta no llamada a filas, y una señora vestida de luto que mordisquea un mendrugo, como un roedor aburrido y molesto. Se verán obligados a dormir abrigados tan solo por su capote o su mantón, y serán los primeros en marchar cuando la sirena avise del final del peligro. El resto, los acostumbrados a hacer campaña nocturna en la madriguera, hemos ido bajando catres, mantas y velas para hacer más soportables las noches de infierno. En el fondo, nos gusta pasarlas juntos, nos sentirnos protegidos y arropados por el infortunio de tantos y ese absurdo consuelo parece darnos fuerza para levantarnos al día siguiente y subir la escalera, dudando si nuestro hogar se mantendrá aún en pie.

Como cada noche, doña Eulogia propone rezar el rosario y me mira con fijeza. Como cada noche, niego con la cabeza, me doy la vuelta en mi catre e imagino su cara de desaprobación. Si llegara a ocurrir lo peor, me considerará culpable por mi desidia, pero hace tiempo que no cuento con Dios para nada y prefiero dudar de su existencia a suponerle la maldad de sometemos a esta vida cotidiana devastada y arruinada. Me cubro la cabeza con las mantas, no quiero escuchar el runrún de sus santamaríamadrededios, a ellos les tranquiliza, a mí me asusta, me parece cargado de presagios funestos. La señora se acercará a los devotos y se unirá a los rezos, los civiles también, pero el miliciano seguirá fumando apoyado en un pilar, absorto en las manchas de la pared de enfrente. Ha debido de ver demasiadas atrocidades, destila una tristeza de otro mundo como el reino del dios a quien van dirigidos las oraciones. Me giro sigilosa en el catre para evitar atraer la atención de doña Eulogia y sus secuaces, me destapo hasta la mitad de la cara y compruebo satisfecha lo acertado de mis especulaciones. El soldado permanece ajeno al coro de ángeles pedigüeños. Le observo sin disimulo. No se parece a Ernesto y sin embargo, la imagen de mi esposo me invade. Otra vez. Ahora y siempre, pienso, por los siglos de los siglos, amén. Sorprende mi mirada que ya no le está dirigida, pero tampoco se aparta de él. Me prendo de sus ojos con descaro y conciencia. Debajo de su aspecto hosco se adivina una dulzura conmovedora y siento el impulso de levantarme y abrazarlo. Me contengo.

Las avemarías se agotan y todos vuelan a sus catres. Algún alma caritativa presta a la visitante una manta raída. Soplan las velas y la noche nos envuelve, el soldado se pierde en la negrura y me arrepiento de haber dado muerte a mi impulso. Entonces él enciende un cigarrillo y me duermo acunada por el vaivén de su rostro alumbrado a segundos por la brasa. Se ilumina, se apaga, se ilumina, se apaga y el sueño me vence.

Despierto sobresaltada. Noto la presencia de alguien en el catre, acostado junto a mí. Ernesto ha vuelto de todos sus frentes, pienso, y el corazón me da un vuelco. Me engaño, lo sé. Pero, durante el breve instante que mi cabeza tarda en vencer a mi anhelo, la euforia me invade. Es el miliciano, adivino. Me abraza por la espalada, hunde su cara en el hueco de mi hombro y se aprieta a mí. Permanezco muy quieta, no quiero asustarlo. Tal vez, si correspondo a sus caricias, al saberse descubierto se aleje de mí. Mi respiración me traiciona. Hace tanto tiempo que no siento una caricia recorriéndome. Imagino a Ernesto y ansío el calor del soldado, sus manos fuertes en mi piel desierta. Desde la marcha de Ernesto, nadie ha transitado los caminos de mi cuerpo y en esta soledad agrandada por la guerra, su deseo es un bálsamo. Se ha dado cuenta de que estoy despierta y sin embargo no huye de su atrevimiento. Al contrario, sus manos se tornan más audaces. Se cuelan por debajo del vestido y trepan por mis piernas. Buscan el centro exacto de mi placer y yo las dejo hacer, impaciente y silenciosa para evitar ser escuchada por los insomnes. También él calla, sus jadeos mueren aprisionados en su boca y mi cuello. Asedia mis calzones, los asalta y los vence para enseñorearse del tesoro oculto: mis nalgas flacas que tantas veces besó Ernesto antes del hambre, cuando aún lucían redondas y llenas. Me asalta un soplo de vergüenza por mi delgadez. Apenas noto la falta de alimentos. El estómago se me cerró de pura tristeza, hace semanas. A él no parece importarle la prominencia de mis huesos y se aferra a mis nalgas como si fueran la única certeza de su naufragio. Su sexo busca el mío, se funden y el calor me invade. Es tan breve y tan intenso. La urgencia de la escasez no alcanza para más. Pero es suficiente. Mi cuerpo se abandona y rompe a llorar. Lloro por esa pérdida que comenzó mucho antes de la guerra y solo me mostró la fiereza de sus garras cuando Ernesto, instantes antes de salir para el frente, me anunció que no iba a regresar. No digas eso, protesté yo, volverás. Pensaré en ti a todas horas y eso te protegerá. No me has entendido, aseguró él. Volveré del frente, sí, pero no a esta casa. El nombre de Ernesto clama por escapar de mi boca. Su traición me duele. Es una de esas bombas que en lugar de estallar afuera, explota en mi interior. El desconsuelo es una sima que me tienta con su negro abrazo. El soldado me estrecha con firmeza, me acaricia el pelo y me llama mi niña. Y yo le agradezco su lenitivo sin preguntas. Y así, acunada por esas dos palabras con categoría de verso, me duermo.

El ruido de los refugiados al levantarse me despierta, una claridad brumosa se cuela por las ventanas. El miliciano ya no está a mi lado. Sentado en el mismo lugar que anoche, me contempla. Su rostro esboza una sonrisa y en su mirada percibo un destello cálido. Recojo con calma el catre, sacudo el colchón, extiendo las sábanas y las mantas hasta que ninguna arruga las afea. Ahueco la almohada y consigo quedarme la última de esa fila de desarrapados que retorna asustada a su casa. Los rezagados alcanzan el recodo de la escalera, solo entonces camino hacia la salida. El soldado me detiene. Sus ojos azules son dulces, su cara desde esta distancia ya no parece adusta. Me besa, y en ese único beso caben todos los que no nos dimos anoche, mientras nuestros cuerpos se encontraban. Estoy tentada de preguntarle su nombre pero me freno. No quiero ir a buscarlo un día y otro en las listas colgadas en la puerta del Ayuntamiento. Ya lo hice con Ernesto. Hasta que lo encontré y me asaltó un pensamiento horrible, aún conservo en mi memoria el regusto de la culpa: no quisiste ser mío, tampoco serás de ella. Las lágrimas resbalan de nuevo por mis mejillas, los dedos del soldado recorren el mismo camino y marcan un surco liberador en mi cara. Volveré, dice y me besa apasionado. Sus pasos resuenan firmes en los peldaños.

Mi casa sigue en pie. Erguida y completa. En el balcón del comedor el geranio ha florecido por fin. Entre el verde asoma, roja y brillante, la primera flor de mi primavera.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

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