ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Sueños de Eros, XV Certamen literario Café Compás

           

Psicoanálisis

Fernando MARTÍNEZ LÓPEZ

 

Nunca hubiera esperado que aquella mujer acudiese a mi consulta. La reconocí en el mismo instante en que abrí la puerta y, a pesar de su extraordinaria belleza, me produjo una inquietante mezcla de aversión y miedo similar al roce de una cuchilla por las venas. Aun así, como médico no podía desatender los requerimientos de una paciente.

Eva Günther se tendió en el diván cuando se lo indiqué. Su expresión era fría, me calaba el hielo de sus ojos. Deduje que no le habría resultado fácil recurrir a los servicios de un psiquiatra judío.

—Tengo muy buenas referencias de usted -me dijo-, que es discípulo aventajado de Freud.

Yo asentí sin decir nada, aguardando a que ella continuara. Cerró los ojos y el frío desapareció tras los párpados. Fue entonces cuando percibí el sutil olor a perfume. Sus rasgos se fueron destensando como la cuerda de un reloj.

Básicamente, me narró un sueño que se repetía cada noche en su subconsciente con la precisión con que rota el planeta, un sueño que comenzaba como una promesa de lujuria y cuyo desenlace le infligía una angustia profunda, que la despertaba en medio de la oscuridad con el corazón palpitando y un baño de sudor. Me describía en estos sueños el encuentro con un desconocido al que era incapaz de ponerle rostro; sólo podía detallar su elevada estatura. El hombre comenzaba a desvestirla pausadamente dejando que sus ropas gravitaran en un susurro. Luego la acariciaba entre los muslos con una suave pluma de ave mientras le lamía unos pezones endurecidos encendiéndole hasta tal punto el deseo que ella, arrebatada, lo desnudaba exigiéndole con la mirada que la amara con urgencia, tomando posesivamente su pene con la mano. A partir de ese momento el sueño se oscurecía como si hubieran echado el telón en el escenario de un teatro, impidiéndole adivinar nada más allá salvo esa angustia grumosa que la embadurnaba y la certeza de alguna tragedia aún por descubrir.

Eva Günther abrió los ojos. El hielo se había derretido en un reguerillo de súplica.

—¿Qué significado puede tener, doctor? Estoy preocupada.

—Desde cuándo tiene este sueño.

—Hace aproximadamente un mes, noche tras noche. Una vez que despierto me resulta imposible dormir.

Desentrañar el significado de un sueño es como arrancar las capas de una cebolla, desnudar la mente hasta alcanzar las vivencias enterradas en el subconsciente. Estaba claro que con una sola sesión no podía diagnosticar la causa de su inquietud, así que la cité para la semana siguiente. Recuerdo que mi cabeza rozó levemente el dintel de la puerta cuando la despedí.

Aquella fue una época amarga. Eran tiempos de ceniza y tristeza, de nazis y traidores. Austria había sido anexionada por Alemania con la connivencia de nuestros gobernantes y ahora sus tropas trillaban las calles de Viena con botas impregnadas de sangre. Malos vientos para los judíos. Sopesaba la posibilidad de abandonar la ciudad antes de que fuera tarde, como ya había hecho mi mentor Sigmund Freud. Fue caminando por la Ringstrasse cuando me topé de frente con un uniforme de las SS con distintivo de teniente coronel. Agarrada al brazo de Erik Günther, su esposa Eva esquivó mi mirada cuando nos cruzamos. Aquel hijo de puta ya había alcanzado triste fama en la ciudad. Si yo no hubiese sido un cobarde lo habría estrangulado allí mismo.

Los días siguientes rememoré con frecuencia las bellas facciones arias de Eva Günther. Sin tener claro el motivo aguardé con cierta impaciencia la fecha de su próxima cita, dudando que regresara a mi consulta. Me equivoqué. Apareció con puntualidad teutónica dejando tras de sí el rastro inconfundible de su perfume. No tuve que indicarle nada, con actitud arrogante ocupó el diván y volvió a cerrar los ojos para repetirme el mismo sueño, el que la visitaba insolentemente cada noche lubricándole la vagina y abocándola después a un final incierto y tenebroso. Como detalle, añadió que la noche anterior comprobó que su amante desconocido presentaba una herida en la mano izquierda

—¿Ha sido infiel alguna vez a su marido? -le pregunté a la búsqueda de algún oculto sentimiento de culpa.

—¿Cómo se atreve?

—Soy su psiquiatra, debo conocerla a fondo para desvelar el origen de su sueño. Eva relajó su actitud indignada. Luego, contesté con un hilo de voz.

—Jamás le he engañado. No me atrevería.

Antes de finalizar la sesión, me acerqué al escritorio y le receté con mi pluma unas pastillas para conciliar el sueño.

—¿La espero la semana que viene?

No contestó. Dejó resbalar su mirada por mi rostro y se marchó con su porte altanero. Dos días después, mientras abría la correspondencia con la mente vagabundeando por los contornos seductores de Eva Günther, el abrecartas escapó clavándose profundamente en mi mano, una herida que requirió varios puntos de sutura.

Ahora recuerdo aquellos años como cubiertos de una nieve sucia y pestilente. Tuve que haberme marchado a tiempo, como Freud, pero aquella mujer enigmática se convirtió en imán y fui incapaz de eludir su atracción. En las siguientes sesiones intenté indagar en su infancia, en sus más retorcidos pensamientos, sin encontrar mucha colaboración por su parte ya que prefería recrearse en las escenas eróticas de su sueño y en la interrogación de su desenlace, soslayando los detalles de su vida. Progresivamente iba incorporando elementos del extraño individuo que la seducía, aparecían como cuentagotas en sus noches terribles en la cama que compartía con el monstruo de las SS, como si fuese construyendo un puzzle que poco a poco revela la imagen. En la penúltima cita comentó que vestía un traje verde de lana y que, al desnudarlo, descubrió en su pecho una mancha de nacimiento ovalada. Yo la miré asombrado y me removí inquieto.

El último día con Eva Güuther manché mi traje gris con un manotazo torpe a la taza, de café. Tuve que cambiarme y recurrir al traje verde de lana que nunca usaba. Cuando ella entró en la consulta no se dirigió al diván, se plantó a un palmo de mí. Yo sabía lo que iba a decirme.

—Anoche pude ver el rostro de mi amante.

Era mi paciente, no debí hacerlo, maldita sea, no debí, pero lo hice, hipnotizado o predestinado a formar parte de una locura onírica. La desvestí pausadamente dejando que sus ropas cayeran en un susurro, la acaricié entre los muslos con la pluma de ave de mi escritorio, lamí sus pezones enhiestos mientras ella me despojaba de mis ropas y palpaba la mancha ovalada sobre mi pecho. "Tómame", me dijo atrapando mi pene con una de sus manos y recostándose sobre el diván. Entonces sentí el terror hincando sus urnas en mi estómago. Habíamos representado el sueño y ahí finalizaba, sólo restaba su oculta resolución, la que atemorizaba a Eva cada noche. En mi interior se activó un mecanismo que pareció programado con antelación y que anuló por completo mi voluntad. Ya sentía el calor vaginal de Eva, sus jadeos, cuando comprendí que estaba haciéndole el amor a la esposa de un criminal de las SS, el que había comenzado a asolar la población judía de Viena. No era yo, puedo asegurarlo, era como si el sueño estuviera desplegándose en su totalidad sin que pudiera resistirme. Cerqué con mis manos el cuello de cisne de Eva Günther, y apreté, apreté con desesperación arrancándole el último hálito de vida a sus ojos horrorizados. Cuando recuperé el control de mis actos, la bella yacía desnuda y muerta en el diván de una sórdida consulta de psiquiatra.

Hoy rememoro aquellos hechos con una mezcla de asombro y pavor, también arrepentimiento, aunque fuera el destino el que impuso su voluntad. Tuve fortuna, pude huir de Viena a punto de que el reloj de arena agotara sus últimos granos y me establecí en Londres a tiempo de abrazar a mi querido mentor antes de que el cáncer se lo llevara. Cuando le conté lo sucedido, Freud sonrió con tristeza y me dijo: "Son los riesgos del psicoanálisis. Yo también descubrí que a veces lo oculto en el subconsciente puede ser más real que lo que percibimos con los sentidos".

Sigo dedicado en cuerpo y alma a mi profesión, establecido en esta ciudad de nieblas que se ha convertido en mi hogar, inapetente por regresar a una Viena que tantos recuerdos ásperos almacena. Eso sí, cuando algún paciente me consulta el significado de algún sueño que se vuelve reiterativo en las noches, me excuso diciéndole que esos casos no son mi especialidad y lo remito a algún colega de renombrado prestigio.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

Patrocinadores:







 

Colaboradores:







©2004-2014 Asociación Literaria y cultural CaféCompás   (NIF: G47507181 . Nº de Orden en el Registro de Asociaciones: 0003305, Sección Primera)

diseño estudiogotti.com