ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Sueños de Eros, XV Certamen literario Café Compás

           

Una escena pintada por Eugéne Delacroix

Daniel VILLALOBOS ALONSO

 

El duque de Orleans miró fijamente y con picardía a los ojos ya ajados, grises y vidriosos de su fiel chambelán. Al tiempo levantó con tal fuerza el pesado candelabro, que en su ímpetu derramó sobre la mesa un goteo de cera, cuajándose al instante sobre los documentos esparcidos en los que ambos acababan de trabajar. Entreabrió una puerta disimulada tras el escritorio, oculta entre los lóbregos y prietos estantes de la biblioteca, e iluminando el sombrío pasadizo abierto ante él, le dio una orden tajante.

—Ven tras de mí, ¡sígueme!, te voy a mostrar a mi amante. Podrás verla tal como la he dejado hace apenas media hora para asistir a nuestra cita de despacho.

La sorpresa dominó el rostro del asistente que sentía flaquear las piernas al escuchar esas palabras de su duque, el señor de Orleans.

—Haré lo que me pidáis, mi señor -respondió el chambelán dócil y atónito por la orden.

—Mas... debes prometerme algo, mi vasallo y amigo -advirtió el duque-. No podrás hablar durante el encuentro y ¡nunca!, ¿me has oído?, ¡nunca se lo contarás a nadie!, incluso lo ocultarás a tu propia esposa Marietta. ¡Júralo!, es muy importante.

Reimant, estimado chambelán del gran duque, con la sonrisa de deseo le devolvió una mirada bizca desde sus ojos más vivos y algo menos grises que de costumbre.

—De mi boca jamás saldrá ni tan siquiera una insinuación de esta visita, ni de lo que en ella suceda. ¡Lo juro por mi honor de caballero!

Un sudor resbalaba sobre el rostro del asistente al avanzar a lo largo del atajo clandestino e ignorado, hasta entonces, a su saber. Unía los aposentos privados del duque y señor del palacio, con los del último y más recóndito despacho ducal. Andaba agitado y nervioso, confundido y con ansiedad por lo que se le iba a mostrar. Abstraído, no era capaz de sentir el frío ni la humedad del lugar. Ante él, el balanceo de las luces proyectaba una sombra traqueteada del cuerpo del duque de Orleans. Detenido en su recorrido, la luz del candelabro iluminó tintineante una pintura, decoración situada en un entrante donde se ensanchaba el pasadizo. Era una escena pintada por Eugéne Delacroix; en ella se mostraba a un sultán en su lecho, rodeado por sus esclavas semidesnudas contoneándose ante él. Noble y servidor contemplaron la escena reviviendo todo su erotismo bajo el albor vacilante de las ceras encendidas.

—Observa la pintura atentamente, chambelán. Como a estas mujeres verás a la amante de tu señor. Está advertida de tu visita junto a la mía -y el duque añadió con un tono más confidente-, ahora nos espera agitada de deseo. Contemplarás cada rincón de su cuerpo menos el rostro; éste permanecerá siempre cubierto ante tu mirada.

Pero algo más se ocultaba en el extraño encuentro. La amante secreta no era otra que la propia esposa de Reimant el chambelán, la joven y bella Marietta. Ella tampoco estaba advertida por el duque que esa desconocida compañía sería la de su consorte.

Desde el final del corredor, y tras una puerta entreabierta, llegaba una luz cálida y rojiza de hogar bien fraguado. Dejaba entrever la estancia secreta repleta de sensualidad y misterio.

—Ante este umbral, y antes de traspasarlo -reveló el duque a Reimant-, sabrás para lo que te requiero en éstos, mis aposentos privados. Sin pronunciar palabra, el boquiabierto chambelán esperó a que se le informara sobre cuál era su misión, la más sorprende de todas las realizadas en sus veinte años de servicio al señor del ducado de Orleáns.

—No harás otra cosa que ejercer el primer oficio por el que entraste a mi asistencia, el de barbero -el duque hablaba escrutando la reacción de su servidor-; ahora puede parecer indigno a la consideración hacia ti y a toda tu valía, pero la confianza que me ofreces permitirá cumplir un deseo pedido por mi amante: dejar su cuerpo limpio como el de una niña, libre de cualquier vello. Es un anhelo del cuál yo también antojo.

El chambelán asintió con la cabeza y atendió a la última advertencia del duque.

—Espero que no te tiemble la mano, ¡va tu vida en ello! Una ligereza en este quehacer será la quiebra de mi amante y tu propia perdición. Al contrario, tu éxito estará por mi ampliamente recompensado.

Cuando en sigilo y de puntillas hubieron entrado en la estancia, el silencio cubrió toda la escena acompañado únicamente por el crujir de los leños ardientes y las respiraciones profundas y sofocadas de los personajes. Retirada en un rincón del apartado, frente a la luz y el calor del fuego, el cuerpo desnudo de la mujer se ofrecía recostado sobre un diván. Y aunque cubierto su rostro por una sábana, oculto su mirar, la mujer había sentido la entrada de los dos, su amante y el desconocido por él prometido para desnudarla en toda su intimidad. El alborozo de ser contemplada así por los dos hombres, para ella fue un cosquilleo oculto en toda la agitación febril de la sangre que se filtraba a través de sus poros a todos los sentidos.

El marido no reconocía el cuerpo de su propia esposa, como ella no sentía al extraño que la observaba como el que noche tras noche cohabitaba en el mismo lecho. La mirada del duque deslizado tras la mujer, hacia el rincón, volaba del rostro perplejo de su chambelán a los gestos de placer de la amante. Junto a ella podía oír el galope de su corazón provocado por sentirse inspeccionada por ambos. Se abandonó al placer que se le ofrecía en un delirio, agitando la respiración de su pecho, como corchos flotando en el ascenso y descenso de las olas.

Reimant acercó aún más el candelabro pudiendo disfrutar de ese palpitar tembloroso de la mujer y de su respiración tras la sábana que ahora ocultaba tanto la mirada de ella, como la de su amante. Depositados sobre la poyata del hogar, eligió uno de los afeites templados por el fuego; desprendía un olor a magnolia, aroma siempre excitante para sus sentidos. Tan cerca se acomodó que el roce de su brazo erizó la piel desnuda de Marietta, y al verter Reimant unas gotas templadas de la mixtura sobre su pelo íntimo, pudo aspirar las esencias de su sexo reunidas con los olores del ungüento. Con suma suavidad comenzó a tocar la suave piel para extender con sus dedos el afeite perfumado. Su cuerpo se estremeció plegándose el sexo como una flor. La flor, a cada masaje fue abriéndose para ofrecer todos sus pliegues al agrado de la caricia.

Al otro lado, tras la sábana, los alientos de los amantes se fueron acercando hasta respirar el mismo soplo de deseo. Ella sentía el paraíso en su cuerpo recorrido libremente, él de repente la besó absorbiendo toda su pasión, bebiendo ese placer de dejarse tomar sin impedimento por dos hombres, ambos se deleitaban en un silencio encantado y cómplice, con Reimant ejecutando con sosiego su trabajo. Los tres probaron de un goce hasta entonces desconocido para ellos.

Venida de otro aposento contiguo, una música de laúd, tamizada por la solidez de la puerta, irrumpió en la escena. Encubrió el jadeo femenil apenas disimulado cuando sentía un escalofrío de placer en un cuerpo ya no suyo, tornado por su amante y el desconocido, abandonado sin ninguna limitación a los besos apasionados del duque y al tacto de su sexo a cada instante más desnudo y ardoroso. Concluida la labor de navaja, el chambelán-barbero lavó con delicadeza y agua tibia a la mujer, secando con suavidad el agua que escurría entre sus piernas. Tomó otro afeite perfumado con rosas y jazmín y comenzó a verterle sobre la piel enrojecida por fuera y apasionada por dentro. Lentamente suavizó todos los pliegues extendiéndolo hasta sobrepasar los límites visibles de su cuerpo. Desde su boca, húmeda por los apasionados besos del amante, salían exclamaciones de satisfacción y complacencia que llegaban al otro lado de la sábana armonizadas con las notas pasionales del laúd. Ellos, también entregados, sentían del mismo modo un goce intenso al comprobar cómo ese cuerpo se ofrecía libre al placer, desatado de todo pudor, estremecido a cada movimiento de los dedos de uno y de los labios del otro.

Fue al sentir el aliento cálido de ambos sobre la boca y el sexo, rozando todos sus labios, cuando Marietta llegó a alcanzar el último placer de su cuerpo joven. Se desmoronó sobre el lecho, abatidos los músculos por un éxtasis distinto, voluptuoso y dulce, impúdico e inocente a la vez, de amante audaz y de esposa sumisa. Pero esta vez, al contrario de la regla, había sido obediente a su querido y llegó a ser atrevida con su esposo oculto. Así terminó la tarde de la amante del duque de Orleans y esposa de su fiel chambelán. La tarde de un día en el que ella cumplía veintidós años, y el regalo de cumpleaños pedido a su querido, era el que acababa de recibir.

Salía de la estancia el obediente ayudante ducal, rehaciendo el camino de la entrada, cuando apartando el candelabro volvió su mirada hacia la puerta entreabierta. Siguió sin distinguir el rostro de Marietta, pero observó la pasión encendida que la escena vivida en primera persona había provocado en el duque. Al llegar a la cavidad donde a la ida se le mostró la pintura de Delacroix, pudo examinar otra del mismo pintor; en ella se reproducía la escena que acababa de ocurrir. Se reconoció a sí mismo y al duque, aunque no llegó a advertir el parecido de la mujer con el rostro de su esposa Marietta: tanto deseo había llegado a tener el duque de Orleans de mostrar su amante al propio marido, su chambelán de palacio, que antes de suceder encargó al artista reflejarlo en una pintura.

A la noche, el esposo esperaba ardiente de pasión a su mujer. No tardó. A su llegada, los dos se abrazaron, se cubrieron de besos desnudándose con avidez, despojando cada uno las ropas el otro con la ansiedad de la primera vez. Él alargó sus dedos hacia el sexo de ella, lo acarició limpio de todo vello. No le sorprendió encontrarle suave y perfumado, ¡había hecho un gran trabajo! En brazos la subió hasta el lecho. Sobre la mesilla de noche, estaba aún la carta que antes de ir a palacio había dejado escrita para su esposa en el día de su veintidós cumpleaños; ése era también su regalo. Así decía la carta:

"Esta tarde, hacia las cinco, llegaré a palacio a despachar con el duque. Antes, le habrás demandado como regalo el deseo de satisfacer su pretensión de contemplarte desnuda en lo más íntimo, como tenías el sexo cuando niña. Asimismo, le rogarás que sea este mismo día, el de tu veintidós cumpleaños. Yo acudiré a complacerle en su pretensión, sin saber él que ese regalo es, además de suyo, el de tu esposo".

Esa noche hicieron el amor apasionadamente, como amantes ávidos de caprichos, locos de lujuria. Entre ambos sólo intercambiaron palabras de amor y de deseo. Jamás salió de sus bocas una sola mención a lo sucedido durante la tarde; además, nunca el fiel chambelán rompió la promesa jurada a su duque por honor de caballero, la de no contar a nadie lo acaecido en sus aposentos privados, y... ¡mucho menos a su esposa Marietta!

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

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