ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Agua, XVIII Certamen literario Café Compás

           

Café Renoir

Álvaro BERMEJO MARCOS

 

Lo primero que se ve al cruzar la vieja puerta art decó del Café Renoir es la mesa del billar al fondo. Pero enseguida, ya no puedes evitar esas dos copias del maestro del impresionismo -La bebedora de absenta y La camarera del Folies-Bergére-. En marcan un espejo que gasta la misma moldura dorada, y es justo ahí, en la mesa de enfrente, donde se sienta todas las tardes una mujer joven que tiene algo de la bebedora de absenta, algo de la camarera del Folies-Bergére. Parece esperar a alguien, insegura, nerviosa. De tanto en tanto, roza el borde de la taza suave e insistentemente con un dedo. Solo mira los cuadros, evita el espejo que, sin embargo, congela su imagen. Se diría que a través del azogue abre una puerta para ella, una puerta misteriosa, tal vez la cara oculta de su propia dimensión.

La gente entra y sale, los jugadores de billar hacen rodar sus bolas como obedeciendo a una extraña mecánica astral. Planetas en miniatura que dibujan sus órbitas exactas sobre el fieltro, per él no llega. Por la expresión de la mujer no resulta difícil advertir que se muere por verlo. Tal vez un día discutieron, se dirigieron esas palabras hirientes que proceden a una ruptura definitiva. Ella no lo ve así, por eso ha vuelto al Café Renoir, donde se conocieron, aquella tarde de lluvia, tanto tiempo atrás.

¿Por qué será que cuanto más violenta surge una pasión, más se idealiza? Es difícil llegar a entender la ambigüedad del punto de vista que hace que la desesperación de un ser humano pueda volver arte para los ojos de los otros. Basta reparar en dos cuadros: La bebedora de absenta, la camarera del Folies-Bergére, rebosan tristeza, desolación. La paleta del mango del impresionismo nos las presenta tan bellas como un amanecer, en un París novelesco donde, sin embargo, todo es decadencia.

Mientras espera, desviando cada tanto una mirada angustiosa hacia la puerta, la mujer no advierte que los cuadros parecen cobrar vida, los colores brillan, irradian un extraño fulgor, hasta puede respirarse su perfume a licores fuertes, a cafés antiguos. Una marina, un paisaje, a veces parecen más que cuadros, ventanas. Hay pintores capaces de crear esa ilusión. También hay personas que sin saberlo, se convierten en réplicas de los cuadros que contemplan. Esa mujer no sabe que es una de ellas. Espera a su amante, como un sueño al que se amarra sin querer despertar.

Cae la tarde y los rayos de luz de algún atardecer pintando en algún cuadro caen también sobre el Café Renoir, mientras ella pide ahora ya solo un vaso de agua que bebe despacio, a pequeños sorbos, algo más que hacer mientras continúa esperando al hombre que tanto extraña, que lo es todo, todo lo que necesita para seguir viviendo.

Le ha sobrado un azucarillo del café. Lo deja caer en el vaso y comienza a darle vueltas con su cuchara. El agua gira como un remolino en cuyo interior comienza a dibujarse un suave oleaje. Recuerda algo parecido a un mar en tempestad. Hay un barco, un velero, tal vez un bergantín, peleando contra la tormenta dentro del vaso. Ella no quiere verlo, no quiere imaginar que él viaja a bordo de ese barco a la deriva, golpeado una y otra vez por los maretazos de su imaginación. Sin haber probado ni una gota de licor, solo ese café y ese vaso de agua tan dulce que le sabe tan amarga, cuando vuelve a mirar los cuadros frente a ella puede jurar que la bebedora de absenta ha comenzado a conversar con el bohemio que ocupa la mesa contigua en el lienzo de Renoir, hasta que la camarera del Folies-Bergére atiende ahora a un escritor parnasiano acodado a la barra. Lo único que no advierte la mujer de la que te hablo, es lo que más le importa.

Allá, en el espejo alzado entre los dos cuadros, ha comenzado a perfilarse el rostro de un hombre como un vaho sobre el cristal. Sus ojos, su boca, todo en él debería resultarle familiar, pero, tal vez por el ángulo, o por la inclinación del espejo, ella no alcanza a verlo. A su espalda llueve, camina empapado bajo un sombrero flexible como sin sentir la lluvia. Agua dentro y agua afuera. Dentro del vaso y en su sueño, no lo llamemos delirio, porque ella no puede verlo, no lo siente ni lo presiente. Todo sucede como al trasluz de una fantasmagoría que no la posee, ni la alcanza. Apura otro sorbo de agua, le sabe aún más amarga, y no sabe por qué.

A su alrededor la gente no deja de entrar y salir con la misma cadencia que los jugadores de billar al fondo. No están como ella, ganados por el presagio, por el ensueño de llegar a ver en cualquier momento al ser más amado, al único, al que hace girar toda su existencia en torno a ese vaso de agua. ¿Cuánto tendré que esperar?, se pregunta. Nadie responde.

Se está poniendo nerviosa. La bebedora de absenta, La camarera del Folies-Bergére, los jugadores del billar, las parejas que matan la tarde en las mesas vecinas parecen mirarla solo a ella. Pero ello no ve el único rostro que debiera ver. Atrapado en el juego de agua del espejo, agua cristalizada, al fin y al cabo, el hombre que espera desde hace tanto tiempo tiende sus manos hacia ella, la llama – Isabel, Isabel, soy yo...-. Ella no puede escucharle, no lo ve, no lo siente salvo dentro de si misma. Solo nota las miradas de los demás, como si toda su existencia se cifrara o tuviera el sentido de existir solamente para provocar una emoción artística. Siente que todos la miran, sonriendo, ¿cómplices o complacidos? El único que no sonríe es aquel que, desde algo parecido al fondo del mar, desde el fondo de un vaso de agua, transparente y profunda, misteriosa, como el mismo mar, la llama en voz baja por su nombre -Isabel, Isabel...- sin que ella pueda oírle. Solo él sabe lo que ninguno de los otros puede imaginar. Puede ver su angustia, la ansiedad que la consume, sola, tan sola, esperando, siempre esperando.

Mientras apura un tercer sorbo la mujer evita mirar hacia el espejo para no verse la cara de martirio. Ya no puede advertir que el rostro ha comenzado a diluirse. Primero desaparecen, como vaho sobre el cristal, como agua entre sus dedos, sus manos, luego su boca. Sus ojos todavía permanecen, la miran con ternura mientras empiezan a borrarse, desvaídos, lentamente. Ella comienza a rendirse, que también es una manera de borrarse, de desvanecerse, mientras piensa que se está convirtiendo en una composición artística, como La bebedora de absenta, como La camarera del Folies-Bergére. Se le ocurre un título para su propio cuadro: expuesta a los ojos de todos, ella es la mujer que se ahoga en un vaso de agua, en un espejo de agua, en un tiempo líquido, en el Café Renoir.

Pero, entonces la puerta se abre y ella siente que su corazón rompe a latir casi a golpes. Un hombre camina hacia ella bajo la lluvia que ha entrado con él en el café. Su vaso, que ya estaba vacío, comienza a llenarse con esa lluvia, agua de la memoria, agua de la añoranza. O tal vez sean sus lágrimas, agua bendita del corazón. Su rostro es el que se había asomado al espejo, del que ha desaparecido por completo. Ya solo refleja la magia líquida de un instante donde el amor vuelve a comenzar con una sola palabra -Perdóname_. Con el sortilegio de un beso que rescata a dos náufragos en una playa de ninguna parte que, sin embargo, nunca pintó el viejo Renoir.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

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