ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Parejas. XXIII Certamen literario Café Compás Parejas, Daniel Carrascal Platero

           

Pa.rejas.

Ángeles DEL BLANCO TEJERINA

 

Es día de partida. El primer rayo de luz que atraviesa el cristal choca contra el pecho izquierdo de Suny. Pecho joven, erguido y mulato, pura miel para la boca y las manos que le disfrutaron durante la noche y ahora le observan. La joven está desnuda, inmóvil, tumbada sobre la cama con las manos bajo la nuca. Parece una diosa africana con el pelo decolorado y rapado al dos, pelo blanco sobre piel negra, mirada ausente y dos lágrimas serpenteando mejilla abajo, bien podría ser el estribillo de una canción triste si alguien dibujara un pentagrama sobre ella.

Suny nació indómita y hermosa. Atropellada y libre desde edad temprana, o tal vez fue abandono disfrazado de libertad, tragó la niñez sin masticar, trotó la adolescencia sin bridas y al estrenar la veintena bordeaba el filo del abismo como un funambulista ciego. Cambió de continente del brazo de un hombre que le susurraba “nena” al oído mientras arrancaba sus bragas sin miramientos en los baños del aeropuerto. Su calendario no marcaba días, sólo madrugadas confusas tras horas de excesos, neón, vasos rotos y drogas. Derramó la juventud en suelos de discoteca, entre luces y vértigos, se abrían puertas de hotel y taxi a su paso y se dejaba amasar por dedos sin nombre y rostros ocultos tras una billetera. Hasta que perdió pie y tocó realidad. No recuerda si era mayo o era noche cuando esto ocurrió, tampoco sabe quiénes eran los supuestos amigos, sombras borrosas que se desvanecieron con la última raya de luz y cocaína dejándola sola con un arma en la mano, veneno en la sangre y restos de semen resbalando sus muslos, sin coartada ni salida, en un país y un idioma que no era el suyo. En realidad, Suny nunca ha tenido nada suyo.

Desde entonces comparte espacio y oxígeno con Maruja, provisional compañera de vida, que se acerca y cubre el cuerpo de la joven con una manta y un abrazo. Adosada a su espalda balancea la tristeza de la inminente despedida al ritmo de la gota del grifo que no cierra. Suny gira el cuerpo y se ofrecen la boca y el alma en un intercambio de desesperación salada. Se supone que es un día alegre, pero a veces se viven, reviven y manosean tanto los deseos que cuando se cumplen ya tienen las esquinas gastadas. La mochila abierta en el suelo espera lo poco que merece la pena llevarse: Tres cartas, una foto pegada en la pared con celofán en la que ambas sonríen a la cámara y los cuadernos escritos en horas difíciles de recordar, de tan oscuras o brillantes, porque sólo los extremos anímicos traen demonios a su cabeza y letras a sus dedos.

Maruja es gorda y huele mal, desprende el hedor de la vida estancada y los sueños muertos. Ha acumulado grasa, paciencia y ternura suficiente para ofrecer a la joven el afecto que ninguna de las dos ha tenido, y la pasión de quien ama a cambio de nada. Pura supervivencia. Suny es la última oportunidad para creer en la vida, con ella rellena la brecha que atraviesa su corazón y su vientre, la que dejó el hijo roto en plena gestación, porque al macarra de turno le venía mal ensuciar su apellido. Agradece al diablo que haya cruzado a la joven en su camino porque cuidar de ella es lo único decente que recuerda haber hecho. La protege de miradas y tactos hambrientos, amortigua huracanes y batallas campales, recoge babas, insultos y vómitos, amansa a las bestias que habitan sus noches, y cuando los temblores de la abstinencia son insoportables, atusa su cabello, besa y reza. A Satán.

Suny intenta nacer cada día en ese un mundo ordenado y estricto, el parto es doloroso porque su cuerpo está ávido levantarse, ducharse, vestirse de monotonía y esperar. Esperar al sol y a la luna, a la comida, a los paseos y los ejercicios pautados, a desgastar horas que se alargan, a vivir y morir con horarios. Aprendiz de todo agradece que alguien seque su espalda cada mañana y ejerza de brava amante nocturna, recibiendo y regalando caricias desconocidas para ella. Es agradable dejarse acunar cuando nunca mecieron tu infancia, aunque sea la mano de una mujer de mirada áspera y alma hecha añicos. Se pregunta en qué punto de su enorme cuerpo esconde la dulzura que derrocha con ella. Su existencia es un inmenso interrogante rojo, una dirección prohibida, tal vez nunca fue bebé ni tuvo cuna, tal vez la engendró la violencia y no un arrebato amoroso, todo eso se pregunta y responde la joven en sus noches sin sueño, mientras custodia la respiración agitada de Maruja.

Cada despertar, Suny se viste de docilidad, disimula, respira, rabia y asiste al taller de peluquería por la mañana y al de escritura por la tarde. Practica mansedumbre y sosiego. Día a día, mes a mes, suelta la muda de espinas y se tapiza de fingida sumisión aunque las púas crezcan hacia dentro y a veces pinchen. Se las clava apretando dientes, recoge las canicas que rebotan por su cabeza, corta pelo, tiñe, escucha, calla, lee, escribe, a veces se esconde y llora, pasea, ordena, ordena, ordena ideas y las escasas pertenencias porque el espacio físico y mental es mínimo. A su alrededor todo es feo, los muebles y la comida son grises, hay mugre, grietas, desconchones y huele a rancio, pero Maruja abraza, sosiega y todo lo envuelve con una pátina blanda que amortigua. Tras los horarios y la actividad impuesta llega las horas flojas revestidas de desgana, entonces Suny se rinde y desploma en la cama, mirando a un punto fijo del techo buscando mares y nubes azules donde solo habitan manchas amarillentas, hasta que Maruja pierde los nervios y grita: “¡Levántate de ahí y escribe, niña, escribe! Mata esa víbora que te está creciendo dentro antes de que te envenene el alma, tienes que hacer algo por tu vida que “pa” desgraciada ya estoy yo…”

El primer día, el siguiente y varios cuadernos después Suny sangra tinta sobre el papel: “Esto es una puta mierda y necesito un chute de algo”. Lo repite una y mil veces para desgastar la necesidad y las palabras, hasta que un día brotan frases nuevas, incoherentes, preguntas, recuerdos desdibujados que mete en un sobre y envía a la dirección de su infancia, la única que recuerda, con el íntimo deseo de que al otro lado del mar los buzones estén sellados y nadie lea sus delirios. Pero los deseos de Suny jamás se han cumplido y este no iba a ser la excepción, un mes después tiene respuesta, es la primera carta de su vida y de su madre. Ni siquiera conoce su letra, suponiendo que sepa escribir y sea la autora de aquellos párrafos desordenados. Las dos dicen disfrutar de una existencia maravillosa, un buen trabajo y un hombre que las cuida. Las dos fingen creer a la otra sin saber si son imagen o espejo. Cansadas de leerse entre líneas y saberse hundidas en el mismo barrizal, estiran la correspondencia hasta que se rompe, tras la tercera carta vuelven a cortar el cordón umbilical, y al igual que en el anterior nacimiento no hubo cariños, ni amagos de ternura, sólo sensación de fracaso compartido.

Suny debe despedirse de Maruja y no sabe cómo afrontar la liturgia del adiós. Convivir con ella ha sido un brebaje, a veces dulce, a veces amargo pero siempre eficaz. Ha sobrevivido a tres años de cárcel gracias a ella, al sucedáneo materno, a la generosidad de una mujer sin futuro que lucha por el suyo. Ella sabe que vivir sin pensar ni tomar decisiones ha sido un oasis vital que ha desfigurado la realidad exterior, donde suceden las cosas y habitan alimañas, hoy tiene que volver a la intemperie, a los semáforos en rojo, las jeringuillas cargadas y a un futuro incierto. Maruja busca la mano mulata bajo la manta que las cubre y coloca en su muñeca una pulsera. — La he trenzado para ti, preciosa Venus, “pa” algo tienen que servir estos putos talleres— ata los hilos alrededor de la muñeca con una calma infinita, alargando el momento, como quien ata promesas verdes, deseos rojos, súplicas blancas, consejos multicolores… sin levantar la vista para evitar que tropiece lágrima con lágrima, después huye al patio a gritar la herida que ya duele. Otra más. Ella que había domado memoria y pulsiones, que había encallecido el alma, siente un desgarro desconocido que sospecha tiene que ver con el amor, nunca debió ceder a ese fuego que todo lo arrasa, no debió sucumbir a las emociones. Ahora que había conseguido un simulacro de hija, de pareja, con rutinas y besos, palabras y silencios, ahora que tenía un motivo para despertar, va la maldita asistente social, el celador, el psicólogo, el director y toda esa gentuza uniformada y colocan alas a su niña, empujándola hacia una libertad herida de muerte, porque de sobra sabe Maruja que no está preparada para volar. Debería alegrarse pero no puede, sus días ya están mutilados y las noches huecas, su cuerpo volverá a recorrer pasillos y celdas como un perro hambriento buscando a quien entregar la rabia y el cuerpo, alguien que lime el dolor y cubra la ausencia.

Suny saca de la mochila la fotografía y apenas se reconoce en esos labios tan rojos y sonrientes, ni siquiera recuerda cómo y de qué se reían, todo eso piensa mientras garabatea unas líneas al dorso de la foto y la deposita sobre la almohada de Maruja. Recoge la documentación: D.N.I., cartilla del seguro, historial médico donde hablan de trastornos, ira, inestabilidad emocional, impulsividad, de pronto todo solucionado por obra y gracia de una ayuda inexistente, de mucha teoría y ninguna empatía. Recoge los cuadernos, diplomas de talleres: Peluquería, macramé, escritura creativa... Y el papel donde dice que es libre aunque ella sienta lo contrario, porque tras numerosos programas para incentivar emociones positivas, palabrería, canalizar la energía, humo, la buena conducta y la cooperación, mierda y más mierda, inclusión, exclusión, reinserción, más humo… pero nadie le ha enseñado a ser libre, porque sólo el abrazo y la palabra de Maruja la libera. El pasillo y el miedo son interminables, el pelo corto, los pasos lentos e inseguros. Las puertas se van abriendo a su paso, dejando atrás muros, cámaras, cerraduras, más puertas, detectores de movimiento, Suny no quiere mirar a los ojos que sabe la observan, ni al celador que pulsa el último botón. Cruza el cristal frontera con la libertad. Demasiado sol, excesiva luz, no ve nada, ni a nadie. Está sola. Está niña. Niña mala. Mala. Desea retroceder, volver al otro lado de la reja, al olor a berza hervida, a la rutina, al micro mundo creado en una celda compartida, lo más parecido a un hogar que ha tenido en sus 24 años. Un frío polar recorre sus entrañas y se tranquiliza repitiéndose el mensaje que acaba escribir en el dorso de una fotografía: “Volveré pronto a tu abrazo Maruja, no es época de muda.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

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