ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Parejas. XXIII Certamen literario Café Compás Parejas, Daniel Carrascal Platero

           

“NESSUN DORMA”

Yolanda GÓMEZ GUTIÉRREZ

 

Acontecimientos la mar de penosos han dirigido mi vida a la observación de mis semejantes, con sobresalto por mi parte y perplejidad por la suya. Comenzó al nacer, plebeya, sobre la mesa de la cocina. “Correr es de cobardes” dijo el practicante, levantando una ceja, tras ser arrancado de una partida de mus y abandonando unos pares aparentes, por mis tíos, estibadores portuarios, para que ayudara en el parto. Cuando él llegó, mamá me tejía. “Tanta leche para esto”, sentenció el sanitario, refiriéndose a mi tamaño reducido y de aspecto penoso.

La situación no ha mejorado con los años dando lugar a un sucinto ejemplar de mujer de bolsillo. Intenté compensarlo expresando mis sentimientos con timbres de voz ascendentes y la terquedad de un piquete sindical. En mi infancia, no tan lejana como algunas difunden, encaramada en una banqueta peroraba hasta que mis parientes, seres primarios, me desplazaban con la escoba de brezo. A edad tierna escuchaba las plegarias de amá y tías para que fuera mermando mi impulso comunicador. O que, opcionalmente, se las dotara de una sordera bilateral razonable. Situaciones que menoscabaron mi autoestima de bebita en crecimiento, pero no mis dotes oratorias, que se empecinaron.

Decidieron que el disfrute de mi presencia recayera en senos mercenarios, con la contratación de cuidadores que solían colocarme los auriculares de la música con no poca dificultad en las orejas, fijándolos, con mejor intención que fortuna con un perímetro de esparadrapo desde el occipucio al tabique nasal. Objetivo: silencio que les permitiese, en ejercicio de introspección, desnucarse en el sofá.

Sus desvelos ocasionaron cierto efecto ojos/huevo duro que aún perdura y afición por la percusión con cucharas sobre elementos de la mampostería, que aún me tienta.

Tras renunciar Vanessa a mi cuidado, mis padres apelaron a la ayuda de los servicios municipales, amenazando con la inmolación de los Topillo-Martín, a cuya fecundidad se deben no pocas pedanías de nuestra tierra. Es preguntar por un Topillo y encontrar techo. Y como dijo amá al señor alcalde, con el pañuelo hecho un rebujo: “Un Topillo, un voto”.

Se ha comentado sobre el carácter montaraz de algunos funcionarios dedicados a la educación. Comprendo el deterioro que puede provocar la custodia de seres tensos como yo. No fue el caso de Fausto. Apareció en el despacho del centro, en rumbo de colisión con la maceta que ornamentaba la mesa sobre la cual se desplomó en apocalipsis de carpetas, arrancando los junquillos de la puerta.

“Aquí estamos” comunicó, por si habíamos pasado por alto su advenimiento, asomando su faz entre dos palmas de la sufrida kentia. Tenía una expresión de asombro, enmarcada por la ceja que alfombraba el espacio entre ambos ojos. Mi corazón (esa víscera que según algunas víboras sustituye en mi pecho una caja registradora) reconoció, enroscada pero indómita, un alma afín tras los ojos (verdes como la albahaca, y el verde/verde limón) de Fausto. Era enorme.

Descubrí en él una disposición natural para la escucha y un callar insigne. Su expresión de asombro, no por conocida, resultaba menos encantadora. En un momento de la conversación, un velo caía sobre sus párpados y dejaba que el piloto automático tomara las riendas. Me confesó que admiraba mi pasión. “Yo la tuve. Fui árbol” me dijo. En la función infantil del colegio. Fui un árbol apasionado y lleno de convicción. Pero mi interpretación arbórea no fue apreciada. Los aplausos se los llevó Gonza Lomas que interpretaba (aún lo sigue haciendo desde la política) al fantasma. Llevaba como espina enroscada esta y otras afrentas.

De su etapa arborícola le quedó querencia por el cosplay. Acostumbraba a encarnar en su persona elementos de vestuario, maquillaje, complementos, que le permitían convertirse en un personaje fantástico. En Japón, es una costumbre animar con su presencia las calles y son especialmente requeridos en bares y congresos. Fausto aprovechaba los ratos libres gestionando pliegos de burbujas de plástico para embalajes. A diferencia del resto que las explotamos viciosamente (¿Ud. también?) él se las ceñía al torso y extremidades con cinta adhesiva. Cromadas en azul permiten a un funcionario convertirse en mutante. Concretando, Mística, de la saga X Men.

Jamás me indicó que le era ingrata mi naturaleza de domadora de palabras. Pasé la adolescencia envuelta en un velo violáceo, como la sombra de ojos que dejó de usar amita cuando se le quedaron ojeras de mapache, como la bandera de nuestra Comunidad, como el hematoma que me ocasionó atravesar la puerta de cristal de su despacho una mañana en que creí que estaba abierta.

Un velo que me cobijó varios años escolares, por más que se susurré sobre cierta profesora con trastorno de ansiedad. No me impliqué en la plaga de cucaracha autóctona que infestó el centro, por más que este artrópodo siempre ejerció fascinación sobre mí. Nada cierto sobre la introducción de un robusto escarabajo cornudo en el portafolios de una maestra pusilánime.

Tras graduarme, decidí entrenar mi músculo más contundente (la bífida) para labrarme un futuro. Me matriculé simultáneamente en Derecho y Ciencias Políticas, en una universidad lejana. Costearon los gastos familiares y vecinos, incluso el coro parroquial participó, en solidaria emoción. Regresaba cuando podía y compartía con Fausto tardes y té matcha. Le cosía escudos para sus trajes, cuernos para sus atavíos y pespuntes a sus capas (la distancia de aquí a Logroño). Bordaba sus petos de batalla. Le confesé que salía con especímenes que lucían cinturones de cabra macho, todólogos, rapaces fornidísimos. Hombres que frente a la televisión, lo más sensato que decían en una tarde era: “Métela, mamón, métela”. Y se referían a la pelota de fútbol.

Ambos nadamos en un mar de hormonas. Cada uno en el suyo. Buscamos el amor, por el método clásico. Hicimos senderismo, pernoctamos en bares y nos pelamos los dedos con el Tinder. Supimos que avanzar en una relación es como abrirse paso a machetazos en la jungla. Y que, cierto período en la vida del humano, puede incluir echarse al hombro todo lo que anda, vuela o salta.

El día que ingresó en el hospital me dirigí a visitarlo a la caída de la tarde. Me recibió con alegría. Sus ojos destellando en una cara que limitaba con pelos en todo su contorno. Y que, cuando se alzaron sobre su metro noventa y uno, para achucharme, dejando los míos a la altura de su epigastrio, se me antojaron faros de perdición muy razonables para naufragar. Driblé durante dos semanas los gemidos de sus compañeros de la 127. Susurrábamos hasta el amanecer. La última noche sus compañeros me indicaron que estaba en el lavabo. Inocentemente llamé y me invitó a pasar.

Salí gritando por el pasillo. Nada te prepara para algo tan enorme.

Súbito me interceptó una enfermera con las manos en las caderas y cara de estar expulsando una piedra del riñón. ¿Sabía yo que era la sala de partos?

Esas alas membranosas brillando en la oscuridad sobre la taza del inodoro. Solo quería enseñarme su versión de primer dragón de la rubia de JdT. Tan tierno.

Una cosa lleva a otra. Cuando caminamos le hablo como si fuera sordo, él me sonríe, estoy segura de que le cuesta distinguirme entre las rayas de los pasos de cebra. En el cine nos sentamos detrás, con otras parejas de altos y amables.

Opositamos para ser feliz pareja de cohecho en un apartamento ideal de las dimensiones de un sello de correos. Ahora suelto las palabras durante el día, nada más. Por las noches las recojo en su jaula, justo detrás de la lengua. Allí se quedan disciplinadamente, cogiendo fuerzas. Y me limito al roce. Si se reúne con cosplayers yo ejerzo de complemento. He sido elfa de Rivendell, llavero de vikingo y bichito de Aquaman. Sonrío como coneja en el autobús y en el bar libo cerveza sin rubor. Adoro confundirme con el decorado.

Me pongo mascarilla de aguacate para cuidar mi piel. Si él la unta en pan y la disfruta ¿debo impedírselo? Encuentro salvaslip como plantillas en sus deportivas. Es apasionado, tendré que sustituir los botones de la ropa por velcro. Él se retira la suya como serpiente, dragón o sireno mudando de piel y pasa toreramente por encima, ignorándola en el suelo.

Sigo con la flauta. Ocasionalmente algún vecino se persona demandando “que pase el Cóndor de una puta vez”. Somos felices. Nos cuesta separarnos cuando me lleva al trabajo (pilota como un ninja) y hacemos juntos el Carrefour. Cuando le digo “compra mayonesa”, noto como mis palabras entran por su oreja izquierda. Antes de que penetren en su cerebro, una pequeña protuberancia, ¡ping! las hace rebotar. Es el desviador de la atención. No me importa si es una anomalía del universo. A Fausto le veo ideal, tirando a perfecto.

Rebulle en este momento en la cocina trajinando spaguetti. Cocina para 123.000 y al terminar la cocina luce como coliseo en hora del bocadillo de los gladiadores. Pero lo que hace con los cachopos no tiene nombre. Mientras, servidora, apagada su voz por una molesta faringitis, escribe nuestra historia para el certamen del Café Compás.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

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